Dejarse engañar | Letras Libres
artículo no publicado

Dejarse engañar

Me pregunto qué harían ustedes, teniendo en cuenta las blandas fechas. En el correo que cada mes me envía la Editorial Alfaguara, recibo hoy —cosa insólita, y bien que las he visto raras a lo largo de mi vida— una carta desde Kampala, capital de Uganda. Es el matasellos del 17 de noviembre, ha tardado lo suyo en alcanzar su destino: "Marías Javier", de "Españo". Escrita en inglés, a mano, sobre papel colegial rayado, la firma Elizabeth Namakula, que se dirige a mí como "Querido amigo" y, tras un saludo en nombre de Dios, de su paz o de su salud, me relata lo siguiente: tiene quince años; ella, una hermana y un hermano menores han tenido que abandonar sus estudios al no poder pagarlos. Tanto su padre como su madre murieron "de una peligrosa enfermedad (sida/VIH)" hace dos años. Una abuela campesina y muy vieja recogió a las muchachas y las ha mantenido, pagándoles los estudios y el alquiler de la casa de dos habitaciones en que viven o vivían las tres. Porque ahora la abuela ya está sin blanca y el casero las ha echado. "Por tanto he decidido contactar con usted y pedir su posible y amable ayuda para pagar el colegio y seguir, y así poder conseguir un trabajo con el que ayudar a mi familia". La matrícula, dice, cuesta doscientos cincuenta dólares por term (no sé si será aquí curso o semestre). Se despide con un preocupante "Suya en Cristo" (preocupante para mí, que soy agnóstico).
     No hay una sola palabra que explique la pregunta inmediata que desde luego me he hecho, y acaso ustedes también: "¿Por qué yo?" Quiero decir que la joven no me singulariza en absoluto: no hace referencia a mi condición de escritor, no dice que me haya leído, en español o en inglés, es imposible saber por qué ha "decidido" dirigirse precisamente a mí, entre todos los individuos del mundo, en busca de apoyo. Mi primera reacción ha sido llamar a Alfaguara y preguntar a la gentilísima Marta si acaso habían llegado sobres parecidos (esto es, de Uganda) para Pérez-Reverte Arturo (lo dudo, con su bien ganada fama de duro), Muñoz Molina Antonio, en fin, si la remitente puede haber escrito a la plantilla entera de novelistas, a ver cuál caía y mandaba unos dólares al apartado de correos indicado. Pero aún no me ha contestado la eficacísima Marta, cuando escribo esto.
     Si no fuera yo el único (el encabezamiento sería el de una carta-tipo, válido para cualquier destinatario; pero entonces, ¿por qué escribirla a mano... cada vez?), me sentiría menos responsable, aunque no del todo irresponsable. Si sí lo fuera, no sé exactamente qué me haría más responsable, pero sí que así sería. ¿Cómo podría negarle esos dólares a una niña de quince años que me ha "elegido" desde Uganda? Tendría que enviar para ella y para el hermanillo y la hermanilla, no iba a dejar a los otros sin estudiar este año, ¿no? Y algo para la campesina abuela, que, según entiendo, ha sido expulsada también. En fin, qué menos que mil dólares, unas ciento sesenta mil pesetas al cambio actual.
     Pero claro, me llegan muchas cartas con remite falso (para insultar; o hay unos obsesos puristas de la lengua que odian cuanto escribo y no se lo pierden). Y no es la primera vez que se me dirigen supuestas niñas. Recuerdo a una de nueve que decía leer mis libros hace ya años (los tenía su madre y demás), y que, al cabo de un par de respuestas mías, resultó contar treinta y uno y haber recurrido al engaño en la creencia de que no tendría yo corazón para no contestar a una cría —inverosímil y algo monstruito, pero en fin—, y a una adulta tal vez sí. Dadas las fechas, lo de la niña Namakula huele algo a estafa. Verán, la letra demasiado formada; alguna frase un poco cinematográfica ("Amigo, en verdad es triste que ambos progenitores murieran..."); alguna un poco chantajista ("Rogaré a Dios que me ayude a través de usted a tornar nuestra desgracia en felicidad"). El problema, ay, siempre es saber, y ver. Nadie ignora que en los países del África casi todo el mundo está en las últimas, y que nuestra capacidad de ayuda al conjunto, en abstracto, es muy limitada. Pero si la petición se hace concreta, con historia y nombre individual; si uno "ve" a las niñas y a la campesina abuela, y al hermanillo, entonces está a merced del cuento, por tópico y pobre que sea, de la literatura y de la ficción. No sé qué harían ustedes, pero yo ya estoy viendo Kampala con mi imaginación, y pienso: "Quien quiera que esté allí, aunque sea un bandido disfrazado de niña, necesitará esos dólares, para emborracharse o comprarse un buen traje, qué más da..." Y si me permiten una frase anticuada (de algo ha de servirme la Navidad), creo que ya una vez les confié uno de mis lemas: "A veces un caballero debe dejarse engañar". -