Daniel Sada (1953-2011) | Letras Libres
artículo no publicado

Daniel Sada (1953-2011)

 

A Daniel lo conocí jugando ajedrez. El primero que me habló de él fue Alberto Madero, en Madrid. Lo había conocido en Torreón, donde Daniel pasó una temporada coordinando talleres literarios. También fue jurado en un concurso de poesía, y el resultado causó tal controversia entre los poetas jóvenes que un periódico local publicó réplicas y contrarréplicas. Por varias semanas, la poesía fue asunto de primera plana.

En Torreón, Alberto me regalaría un ejemplar de Juguete de nadie y otras historias y, ya en la ciudad de México, me topé con Daniel en un evento literario. Al saber que yo jugaba ajedrez me retó a una partida en un café de la Roma. A partir de entonces nos reuníamos con frecuencia a jugar, ya fuera en su casa o en la mía, o en el café La Selva, de la Condesa.

Me regaló Registro de causantes, el libro con que ganó el Xavier Villaurrutia, y a lo largo de los años me iría regalando ejemplares firmados de cada uno de sus libros. Los leí todos, los disfruté y también los sudé, porque no es fácil hincarle el diente a una prosa que combina de manera tan peculiar el habla cotidiana con vocablos cultos; una prosa audaz, tan innovadora y única que con justicia puede afirmarse que Sada inventó un nuevo lenguaje, el suyo. Presumo de haber leído en tiempo récord, de la primera a la última palabra, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe; fui uno de los presentadores, en Tijuana.

Cuando hablaba de su obra, Daniel se refería con cariño a la novela Albedrío, sobre los gitanos que recorrían en otros años los pueblos del desierto. Esa novela –mi favorita, por cierto– lo había rescatado de una etapa desenfrenada de su vida. Se levantaba a escribirla todos los días a las cuatro de la mañana, para más tarde ir a su trabajo.

Pronto entré a su célebre taller de novela, donde estuve tres años. Aparte de la literatura y el ajedrez, teníamos otras afinidades, como el beisbol. En el fut, le íbamos a las Chivas. Además, ambos éramos norteños. Sada nació en Mexicali, pero vivió su infancia y adolescencia en Sacramento, Coahuila. Una vez que coincidimos en la Feria del Libro de Saltillo, lo acompañé en un rápido viaje a Sacramento. Se trata de uno de esos pueblos que crecen a la orilla de la carretera: unas cuantas casas, una plaza, una escuela, un par de fonditas y nada más. Jugamos ajedrez con un primo suyo, ya entrado en años, que durante la comida se puso a contarnos historias de aparecidos para terminar hablándonos de ovnis.

A principios de los noventa nos reuníamos a jugar ajedrez los sábados, en la cafetería de la Gandhi, con otros amigos escritores. El grupo fue creciendo, y empezamos a organizar torneos, los jueves, en la casa de alguno de nosotros. Daniel pronto dejó de asistir. Él era muy amigo del gm Marcel Sisniega –quien llevó al cine Una de dos–, y él le decía que para aspirar a la élite ajedrecística había que comenzar a los cuatro años, y dedicar quince o más horas diarias al estudio del juego ciencia. A nuestra edad, nosotros ya no teníamos posibilidades de llegar a ninguna parte.

Inolvidables aquellas tardes en que íbamos al viejo parque de beisbol del Seguro Social. Daniel era todo un experto, y le gustaba citar viejos dichos: “Las carreras que no hagas, te las harán a ti”, así como alguno de su propia invención: “Casa llena, corazón contento.” Decía que no quería escribir del tema, aunque uno de sus mejores cuentos recrea, con deliciosa ironía, un juego llanero. En la Liga Mexicana, le iba a los Diablos; en las Grandes Ligas, a los Yanquis. “Me gusta tanto el beisbol que hasta me da miedo”, confesaba. Mientras el juego avanzaba, ingería sin remordimientos todo lo que ofrecían los vendedores: taquitos de cochinita pibil, habas con salsa, semillitas, capuchinos, refrescos, una cerveza.

En nuestras pláticas sobre literatura mexicana, a Daniel le divertía muchísimo lanzar dardos envenenados; solo de vez en cuando, entre risas, elogiaba a un narrador vivo. A veces, por ejemplo, reconocía que tal nueva novela era buena, pero comentaba al final: “Tampoco es la gran cosa.” A quien más admiraba era a Rulfo, que había sido su maestro en el Centro Mexicano de Escritores. “Tiene grandeza”, decía. “Nos hace falta otro Ibargüengoitia”, decía también, aunque al guanajuatense, en su opinión, le faltaba misterio. De los clásicos, veneraba a Dante. Entre Joyce y Proust, votaba por Joyce.

Según él, los narradores que hoy en día están dando la pauta a nivel mundial son los estadounidenses, pero no todo era de su agrado. Entre Auster y DeLillo, prefería al segundo. Escritores ingleses muy en boga como Ian McEwan y Martin Amis no acababan de convencerle. El japonés Murakami tampoco.

Su memoria prodigiosa era bien conocida y apreciada por sus colegas. Muchas veces lo oí recitar de memoria versos de grandes poetas mexicanos como López Velarde, Paz y Rosario Castellanos. En cuanto a la música, le encantaban los boleros. Era gran admirador de El Piporro; conocía todas sus canciones y dichos ingeniosos, y había visto todas sus películas.

A sus amigos nos contaba una y otra vez las mismas anécdotas, y nos reíamos a carcajadas junto con él como si nos las estuviera contando por primera vez.

Los últimos meses de su vida fueron muy difíciles. Padecía insuficiencia renal crónica, provocada por la diabetes. Yo iba a jugar ajedrez con él todos los lunes, en la sala de su casa. Tenía problemas para jugar porque su vista ya no le ayudaba, y cometía errores que en otros tiempos no hubiera cometido. Pero yo me daba cuenta de que se divertía. El último lunes que lo visité ya no pudo jugar. Pasé a su cuarto. Daniel estaba acostado, y respiraba con la ayuda de un tanque de oxígeno. Platicamos alrededor de una hora. Tocamos diversos temas, al azar. Fue una charla muy cordial, serena, entre dos amigos de muchos años. En cierto momento me dijo que necesitaba dormir un poco, y me despedí de él. Fue la última vez que lo vi.