Visiones desde la cuarentena: Venecia | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Giuseppe Cottini/NurPhoto via ZUMA Press

Visiones desde la cuarentena: Venecia

Hacer ver a la humanidad que la memoria de la peste no es toda la memoria era, hasta hace algún tiempo, el reto y el sello del escritor de rango. Esta es una serie que ha reunido reflexiones y testimonios sobre la cuarentena más extensa de la historia.

 

El debut de una sociedad posthumana

No creo que nadie que tenga un mínimo de sensibilidad necesite de ninguna pandemia para entender que la única religión que nos ha quedado es la del progreso técnico-científico. Digamos que la pandemia actual ha acelerado la Historia, o sea ese callejón sin salida en el que entramos en el verano de 1945 cuando estalló la primera bomba atómica en Hiroshima.

En Hiroshima se acabó el sueño humanístico y empezó el sueño posthumano. De hecho, después de Hiroshima, el hombre ha podido comprobar el poder de su conspiración contra toda forma humana y contra toda forma de vida. Ha podido constatar que está hecho de la misma sustancia que las sombras. Como la que todavía hoy se puede observar impresa en un muro en las ruinas de la ciudad. El hombre no es nada, es solo una sombra. ¡Y aquí está la prueba! Y habiendo constatado fehacientemente que podía desaparecer físicamente de la faz de la tierra, el hombre empezó a creer que la única salida para no volver a encontrarse frente a la catástrofe era la de desaparecer en tanto que individualidad, en tanto que individuo inigualable… Hiroshima fue el ensayo general del fin de la sociedad humana.

Esta pandemia es el gran debut de una sociedad posthumana que ha sustituido la libertad individual por la seguridad de masas. Y mover una ceja. Con una docilidad propia de rebaño. Sin ningún tipo de remordimiento. Sin lanzar una mirada crítica a la Historia. Asustada, más que del contagio, del miedo a contagiarse. Alain decía que ningún peligro provoca miedo si no lo vemos reflejado en un rostro. Bien, aquí en Italia yo no he visto miedo en los rostros de los políticos, de los periodistas, de los científicos que, de manera obsesiva, durante más de sesenta días, han invadido nuestras casas a través de la televisión. Los he observado detenidamente. Pero no he visto el miedo. En sus rostros he visto el kitsch del miedo, o sea, el miedo como absoluto. He visto el sentimiento del miedo elevado a cuestión de Estado. Y he visto y probado el kitsch de su remedio, es decir, el sentimiento humanitario elevado a propaganda. Ninguno de ellos, en cualquier caso, me ha parecido que fuera capaz de aprender la lección que la naturaleza nos estaba dando.

Se me podría decir que habría sido demasiado esperarse de esos burócratas algo distinto. Sin embargo, los escritores no se han mostrado menos conformistas. Desde respetables lacayos de políticos, proclives a su vez al diktat de la tecno-ciencia, ni siquiera han hecho un intento por decir que tal vez la peste no venía solo para hacer daño sino para darnos una oportunidad histórica, la de reducir el ritmo de la producción, la de abandonar de una vez la economía de la abundancia, la de probar una forma de vida donde la valentía y la libertad no se vieran comprometidas en nombre de la llamada verdad científica.

El caso es que para ellos la Historia ha dejado de ser, desde hace mucho, un laboratorio en el que el hombre se pone a prueba. Primero porque, de hecho, el propio hombre se ha convertido en el laboratorio para poner a prueba su superación. Segundo, por una razón menos propia de los tiempos pero mucho más difícil de confesar: más que del contagio de la peste, la mayoría de los escritores temen ser tratados como traidores de la sociedad. Por otro lado, ha sido así durante siglos. Desde tiempos de Boccaccio. Pero en el Decamerón no solo se describe la peste negra y su terrible realidad, sino sobre todo todo el abanico de posibilidades de la vida de los que deciden que hay algo mucho más importante que la peste. Hacer ver a la humanidad que la memoria de la peste no es toda la memoria era, hasta hace algún tiempo, el reto y el sello del escritor de rango. Nada más.

 

Traducción de Carmen Ruiz de Apodaca.