Visiones desde la cuarentena: Santiago de Chile | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Fernando Lavoz/NurPhoto via ZUMA Press

Visiones desde la cuarentena: Santiago de Chile

Como toda América Latina, Chile se administra, pero no se piensa a sí mismo. Es posible que el encierro forzado sea lo que necesitaba para detenerse a hacerlo. En este serie reunimos testimonios de distintas latitudes sobre la cuarentena más extensa de la historia.

¿Dónde quedó el mañana?

Así como hace unos meses Chile perdió su noción de futuro, a partir de la explosión social de octubre de 2019, cuando nuestras calles se llenaron de millones de indignados con lo que ese modelo de porvenir ofrecía, con su lista infinita de créditos hipotecarios y de consumo por pagar; pensiones de vejez muy por debajo del promedio de los países de la OCDE –organización que antes nos había situado al borde del mundo desarrollado–; un sistema de salud público lleno de ineficiencia, burocracia y precariedad; una educación escandalosamente cara y una clase política centrípetamente mediocre encabezada por el gobierno y la oposición de turno. Así, nosotros, que desde hace veinte años o más hemos vivido en la cornisa, en el sueño del primer mundo, ya no sabemos nada, ni siquiera qué es el presente.

Desde la aparición del Covid-19, nuestras ciudades, día a día, se vacían de transeúntes, gritos, rabia, marchas, demandas y esperanzas. El tsunami del populismo que se nos venía encima con acusaciones constitucionales semanales, discursos grandilocuentes, soluciones fáciles, Asamblea Constituyente, proyectos de nacionalizaciones varias, fascismos de izquierda y derecha por doquier y la promesa de la satisfacción sencilla e inmediata de la infinita lista de deseos de un ciudadanía adolescente y voraz, ha quedado petrificado, suspendido en el aire, porque a la vuelta de la esquina están la enfermedad, el dolor, la pobreza y la muerte.

Somos un país telúrico que, como toda América Latina, se administra, pero no se piensa a sí mismo. En el pasado siempre hemos sido capaces de reconstruirnos bien, hemos podido sobreponernos a destrucción y tragedia, a golpes de estado, dictaduras, errores y horrores.

Pero hoy estamos alcanzando, muy probablemente, el punto cúspide del desamparo. Es posible que sea lo que necesitábamos, para que desde la perplejidad del futuro seamos, de una buena vez, capaces de detenernos, en enclaustramiento, y pensar; eso, simplemente, pensar.