Visiones desde la cuarentena: Queens, NY | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: John Nacion/NurPhoto via ZUMA Press

Visiones desde la cuarentena: Queens, NY

De la noche a la mañana, miles de trabajadores pasaron de ser "ilegales" a "esenciales". Pero ni el gobierno de su país adoptivo ni los de sus países de origen hacen nada para ayudarlos a sortear la crisis. En esta serie reunimos testimonios sobre la cuarentena más extensa de la historia.

A casi dos meses del principio de la pandemia del COVID-19, la vida de cientos de miles de mis vecinos se ha transformado por completo, en un abrir y cerrar de ojos. Al principio había mucha incertidumbre por parte de muchos residentes. Nadie quería creer. Algunos decía que esto era algo mediático o solo un juego, pero la realidad nos golpeo cuando Queens, y específicamente Corona, se convirtió en el epicentro de la enfermedad en Estados Unidos. Queens es conocido por ser el condado mas diverso del mundo. Se puede decir que aquí viajas en cuestión de minutos por el planeta entero si te mueves solo de una cuadra a otra. Ese pequeño mundo se paró por completo hace semanas. Un enemigo invisible nos lo quitó.

Los primeros días fueron muy difíciles. Desde que el gobernador Andrew Cuomo declaró estado de emergencia, las ambulancias se oían desde mi ventana como si estuviéramos en guerra, los internados por covid-19 pasaron de docenas a miles en cuestión de horas. El sistema colapsó en días, lo cual dejó en claro la necesidad de fondos públicos a nuestros hospitales y la precariedad en la que viven los que menos tienen en una ciudad como esta.

La mayoría de las personas que residen en Corona son inmigrantes, personas indocumentadas que viven amontonadas y sin mayor espacio por los altos precios de la renta en Nueva York. La desigualdad económica hizo que el covid-19 nos golpeara de una manera diferente. Mientras a personas que trabajan en oficinas les dieron una semana o dos para prepararse, nuestra gente trabajó hasta que la ola de contagios fue declarada una emergencia. Para entonces, nuestra vida, sin espacios para respirar en trenes o sitios públicos, concluyó en lo inevitable: nos convertimos en el epicentro de la enfermedad en el mundo. En esos apartamentos que albergan dos o tres familias era imposible no contagiarse: si alguien estaba contagiado simplemente no había manera de no exponerse. ¿Cómo evitar un contagio cuando decenas respiran el mismo aire en un cuarto pequeño o comparten un solo baño después de largas jornadas yendo y viniendo por una ciudad enferma?

A la crisis de salud ha seguido una quizá peor. Muchos perdieron sus trabajos. La mayoría labora en restaurantes hoy cerrados o hacen limpieza en casas donde ya no les permitieron entrar. La angustia llevó a muchos a buscar trabajos alternativos como repartidores de comida en aquellos restaurantes que buscaban hacer deliveries o en supermercados que contrataron personal adicional para apoyar la alta demanda. Algo curioso empezó ocurrir. De la noche a la mañana hemos pasado de ser llamados "ilegales" a "trabajadores esenciales". La pandemia, por increíble que parezca, nos ha dado el lugar que siempre merecimos. La tragedia es que a muchos les ha costado la vida misma.

Hay en todo esto una paradoja triste. La comunidad indocumentada ha sido abandonada por el mismo gobierno que la ha denominado esencial para el rumbo del país. Nadie que no sea residente permanente o ciudadano puede recibir ayuda por parte del gobierno federal o estatal. Mientras millones recibieron 1,200 dólares del estímulo económico desde Washington, nuestra gente no recibió ni un centavo. Al mismo tiempo que el sistema explotaba el esfuerzo de nuestros "trabajadores esenciales", el gobierno decidió dejarlos a su suerte. Y eso es muy cruel. Más de quinientos mexicanos han fallecido por el virus en esta área. El gobierno de México tampoco ha hecho nada por los mexicanos, que luchan por mantenerse con vida. Las migajas de dinero enviado al exterior son nada comparadas con la magnitud que se necesita en estos momentos.

Nadie puede decir que ya salió de la pesadilla. Sabemos que hasta no tener una vacuna en contra de este virus, nadie realmente estará a salvo. Quizá, como dicen, después de la tormenta vendrá la calma. Pero para nuestra comunidad inmigrante o las comunidades de color, esa calma tardará meses y meses en llegar. El virus destrozó la economía de estas familias. Ya desde antes de la epidemia lo suyo era ir día por día. Hoy, allá afuera, en la calle que veo desde mi ventana, miles hacen fila para recibir una bolsa de comida que les ayudara a sobrevivir por algunos días o, si hacen raciones, una semana. Sin ayuda de gobierno alguno. Ignorados allá y acá.

Pero nos levantaremos una vez más. Como dice el proverbio mexicano: "quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas".