Visiones desde la cuarentena: Barcelona (segunda entrega) | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Matthias Oesterle/ZUMA Wire

Visiones desde la cuarentena: Barcelona (segunda entrega)

Trastocada la vida cotidiana por la pandemia, no queda más opción que volver a casa. Reunimos en esta serie testimonios de la cuarentena más extensa de la historia.

Después de saborear la duda e incertidumbre unas cuantas semanas, decidí regresar a México. Tomé esa decisión desde mi cuarto en Barcelona, al ver que durante el resto de abril todos los trayectos a México se extendían a más de 50 horas entre tantas escalas. Aunque me pude imaginar el esfuerzo de cargar las maletas, el temor de que alguien me contagiara de covid-19, y la pereza de esperar 11 horas en el aeropuerto, le di clic a comprar el vuelo. “Ni modo”, me dije. Espero regresar pronto a Barcelona y continuar con mis estudios, si estos alguna vez se retoman presencialmente.

Fueron semanas de reflexión, asoleadas de ventana y tocadas de clarinete. Semanas que fluctuaron entre una sensación de cercanía y de distancia. La ciudad se sentía a un alcance íntimo, honesto, pero se perdía cada día más en la lejanía bordeada por el confinamiento. Mis últimos días ahí fueron más de lo mismo. La relación entre los compañeros del piso fue profundizándose a medida que el frío de la soledad del confinamiento se adentró en nuestros huesos. Para ese momento solo quedábamos tres en el piso: yo, el español José Carlos y el argentino Agustín, ambos tipos sencillos, interesados en sus propios campos y cada uno con sus peculiaridades.

José Carlos es serio, sedentario, conocedor de la historia de España y sin dotes en la cocina. Agustín es relajado, fuerte y delgado pero con un bagaje cultural más reducido, con la costumbre de pasearse por todo el departamento en sus calzoncillos de leopardo, todos los días a todas horas, con frío o lluvia. Aunque denotaba una clara fijación narcisista, debo de confesar que no entendía completamente las razones detrás de tal comportamiento. ¿Era porque estar semidesnudo era su digno estado natural? ¿Acaso era una declaración silenciosa de una supuesta superioridad masculina? ¿Cumplía cierta fantasía sexual? Todas estas preguntas rodeaban mi mente cuando lo veía cruzarse de una manera tan despreocupada por el departamento.

José Carlos no se paseaba en calzoncillos a todas horas, más bien desfilaba con el mismo pijama por tantos días que me preguntaba si alguna vez lo lavaba. Comía constantemente tortillas de patata empacadas del supermercado, acompañadas de un pedazo de pan. “Es la comida típica de España”, decía. Agustín, en cambio, era un amante de cocinar constantemente. Pasaba todo el día en la cocina: veía series, hablaba con sus familiares, escuchaba la radio de su poblado en Buenos Aires, jugaba videojuegos, todo en la cocina.

Durante el confinamiento realizó varios experimentos gastronómicos: todo tipo de “facturitas” (pan dulce) y, en un momento memorable, dulce de leche casero. Pasó más de tres horas batiendo la leche, “si se te pasa, se endurece y lo tenés que tirar a la mierda”. Fui parte de la elaboración del dulce de leche, en el sentido que le compartí de mi comida para alimentarlo con el fin de mantenerlo enérgico en la ardua tarea de batir la leche. Al final quedó muy bueno, dejé el bote que me dio a medio acabar.

El momento más crucial de la cocina era la hora de la cena. Agustín decidía los menús, cocinaba todo tipo de preparaciones de pollo y cerdo –a la cerveza, a la sal, a la patata– y era inflexible a la hora de escuchar sugerencias. A la hora de conversar durante la cena, la parte más jugosa de la conversación se daba entre José Carlos y yo, mientras Agustín asentía y mostraba rostros de asombro ante cualquier afirmación histórica o cultural a la que llegáramos. José Carlos tenía un especial interés sobre la mezcla de palabras que usamos los latinos y como ellas se diferencian con las palabras que se usan en España. Era un euroescéptico declarado, con cierto desdén hacia la comunidad alemana por su “superioridad arrogante”, y cree que la crisis del covid-19 es el “último clavo” en el ataúd de la Unión Europea.

Durante las cenas llegaba el momento en que me preguntaban por mi país, en particular por el narco mexicano, tema que le fascina a medio mundo y es, en mi opinión, la principal percepción que se tiene de México en el extranjero. Daba el mismo discurso que siempre doy: uno de aceptación, tristeza y franca desesperanza hacia al futuro.

Las cenas terminaban siempre con la misma frase de Agustín: “como dice el dicho, el que cocina no lava”. Pensaba que, un dicho como tal no es, aunque bien que se amparaba tras él para no lavar. ¿Será que por eso se enfocaba tanto en cocinar? No lo sabremos. Así fueron los días hasta que decidí tomar el vuelo, y dejarlos a su suerte en Barcelona mientras partía de regreso a mi patria.

En mi última noche en Barcelona, caminé una cuadra a la Sagrada Familia y me senté en una banca para observarla algunos momentos en solitud pandémica. Durante los meses anteriores, cada vez que la observaba surgían en mi varios sentimientos encontrados. El fantasma del cliché siempre estaba ahí, como si agarrarle mucho cariño y admiración demostrara cierta mezquindad de mi parte. La burda presencia de la comida rápida y el turismo desmedido tampoco ayudan mucho para sostener el misticismo y misterio en sus paredes. Tengo también una confusión estética, no saber si en realidad es bella o solo son incontables elementos desparramados eclécticamente sobre unos cuantos pedazos de cantera.

Sobre todo, la Sagrada Familia me provocaba un sentimiento de desarraigo. Era la iglesia de mi colonia, a dos cuadras de mi casa, y a la cual tenía la gracia de ver varias veces al día. Pero a la vez no lograba conectar con ella, no lograba sentirme identificado con ella de verdad, tal vez porque no soy ni español ni catalán. Quizás es porque sabía que tarde o temprano iba a regresar y dejarla atrás, como a un perro callejero con el que te encariñas en un pueblo pero sabes que pronto tu camino partirá de él. Esa última noche en Barcelona me senté frente a la Sagrada Familia con esa reflexión en mi mente y la observé. Como un milagro (o una obviedad sentimental), ese último rato a solas con el templo fue de solidaridad, de identificación y melancolía. Ya sabía yo que el último día en verla iba a ser el bueno, en el cual me sentiría en casa frente a ella, y así lo fue.

Al subirme al taxi camino al aeropuerto y recorrer por primera vez en semanas las calles de Barcelona, cayó sobre mi el peso de la cuarentena. Todas las calles, que hasta hace poco recorría despreocupadamente estaban vacías: la Gran Vía de les Corts Catalans, Sant Pere, Las Ramblas, Paseo de Gracia. Fue tal vez mi momento más sobrio de melancolía. Había pasado tanto tiempo encerrado en el mismo departamento y en las mismas cuadras que se me había olvidado lo bella que es esta ciudad y lo bien que me la pasaba recorriendo sus esquinas a placer en bicicleta.

En las cercanías del aeropuerto había un retén policial en el que verificaban que todo desplazamiento fuera esencial. Al llegar me recibió una larga fila de compatriotas mexicanos, respetando a “Susana Distancia”, a la espera de documentar sus equipajes. La mayoría eran casos como yo: jóvenes estudiantes a quienes no les quedó de otra que regresar antes de tiempo. Delante de mi había una pareja de chicas mexicanas, cada una en compañía de cuatro maletas grandes. “Yo ya me iba a quedar a vivir aquí, güey”, escuché decir a una.

 

Hicimos escala en París para esperar un vuelo nocturno a la Ciudad de México, y parecía que éramos los únicos en todo el aeropuerto. Teníamos todo para nosotros solos: tiendas, baños y restaurantes cerrados. Toda la tripulación en espera se esparció a lo largo del aeropuerto, tomando secciones enteras de asientos para cada quien. En algunas zonas había camillas naranjas de emergencia, colocadas en el piso para ser usadas como camas. Cuando llegamos nos abrieron una tienda de recuerdos con un surtido de sándwiches empaquetados, papitas y chocolates para nuestra hambre durante la espera. La terminal tenía varias zonas de interés: un piano, un área de fumar, unas maquinitas en donde se podían jugar videojuegos de antaño.

Después de una toma exprés de temperatura, ingresé finalmente al avión rumbo a México. Fue un viaje nocturno, atónito, con un aire de muchas preguntas y pocas respuestas. A medida que el tiempo pasó, los pasajeros se empezaron a quitar los tapabocas para poder dormir cómodamente. Creo que así será el desenlace con el famoso covid-19: llegará un punto en que no nos quedará de otra que salir del confinamiento para retomar poco a poco la tan codiciada normalidad. Conforme se fue acercando el momento para aterrizar, los tapabocas volvieron a sus puestos. En México nos recibió un equipo sanitario para tomar temperaturas y filtrar a cualquier contagiado antes de pisar la sagrada tierra azteca. Cuando los vi vestidos de blanco, con todas las prendas y gadgets de un epidemiólogo de película de zombis pensé: “chin, mano... somos un peligro para la sociedad mexicana”

Aún así, pronto me encontré en el taxi de camino a mi hogar en la Ciudad de México. De camino noté esos pequeños cambios, detalles en el micro paisaje urbano que evolucionaron durante mi ausencia. A la llegada a mi casa me sorprendió el nivel de desautomatización casera que alcancé durante mis meses fuera: tuve que recordar poco a poco la posición de los apagadores eléctricos, las direcciones de las llaves de mi regadera, el número de pasos para llegar a las escaleras. Aquellas nociones empíricas que olvidamos a medida que nos adentramos en la cotidianidad de un hogar.

Fue en ese trayecto y llegada a México que realmente percibí la magnitud de la crisis del covid-19, que se ha expandido alrededor del mundo sin importar fronteras, idiomas y sociedades. Nuestro papel como diminutos engranajes en el inmenso aparato social, estatal y económico que nos rodea es tratar de hacer una sutil contribución a la mejora de esta pandemia, nuestra parte, como dicen. Con un poco de suerte y paciencia, nuestras contribuciones se sumarán en un cambio verdadero que nos regresarán nuestras calles, escuelas, restaurantes y conciertos. Tarde o temprano, la fiebre mundial del covid-19 se disolverá en el tiempo y en nuestras mentes, como todo bajo el sol.