Un singular éxito, o cuando el público se compone de una sola persona | Letras Libres
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Un singular éxito, o cuando el público se compone de una sola persona

Ser el único espectador de una conferencia, una obra de teatro o la presentación de un libro es una situación incómoda tanto para expositores o artistas como para el unipersonal público. En este texto, algunas escenas de la ficción y de la realidad y algunos apuntes sobre tan particular circunstancia.

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A mi amigo Octavio Echevarría le gusta decir que su libro de cuentos, publicado hace algunos años, obtuvo un singular éxito. “Y digo singular porque lo leyó una sola persona”, aclara. En el mismo sentido, hay muchos espectáculos que alcanzan un éxito singular: obras de teatro, conferencias, presentaciones de libros y otros acontecimientos cuya convocatoria no supera la unidad. ¿Qué pasa cuando el público no se compone más que de un único espectador?

Hay un pasaje de Rayuela en que Horacio Oliveira asiste a un concierto de piano brindado por una mujer llamada Berthe Trépat. Lo hace sobre todo para protegerse del mal tiempo de París. La concurrencia es escasa desde el principio, una veintena de personas, pero con el correr de la interpretación de Trépat el auditorio se va deshilachando, hasta que el único que queda es el propio Oliveira. El patetismo de la pianista (y el cinismo de Oliveira) hace de este capítulo –el número 23– uno de los más conocidos de la novela de Cortázar, y ha inspirado artículos en blogs, textos académicos, obras de teatro e incluso un mítico fanzine creado por Roberto Bolaño y Bruno Montané en 1983.

Cuando Trépat concluye su presentación, Oliveira comprende que “el aplauso hubiera sido incongruente” y por ello no hace palmas, sino que le dice: “Bravo. Bravo, madame”. Azorada, la pianista le pregunta: “¿Quién es usted, señor?”. Si la presencia de escasos espectadores crea entre ellos y el artista o expositor una intimidad y una familiaridad impensables en convocatorias masivas, la presencia de un espectador único puede tornarse en turbación e inquietud. O una confianza mayúscula. Hace poco escuché una anécdota atribuida al gran humorista gráfico argentino Landrú: iba a dar una charla a la que había concurrido una sola persona, y comenzó diciendo “respetable público”, a lo que el único asistente replicó: “Llámeme Pedro, nomás”.

 

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Un público compuesto por un único espectador puede tomar forma por dos caminos. Uno de ellos es el que experimentó la pobre Berthe Trépat: que al comienzo de la función haya más gente, pero que se vayan retirando hasta quedar una sola persona. Otra anécdota que escuché alguna vez, en este caso atribuida a García Márquez: estaba dando una charla y, ante la constante “huida” de espectadores, le dijo a uno que se iba: “Trate de no hacer mucho ruido, así no despierta a los que se han quedado dormidos”.

Que el público se quede dormido, por cierto, también debe ser muy frustrante para quienes están sobre el escenario. Más aún, cuando se ejecuta esa exteriorización tan flagrante del sueño llamada ronquidos. ¿Quién no ha experimentado una obra de teatro o la proyección de una película con la compañía terrible de unos ronquidos a sus espaldas? Se me ocurre que, para un conferenciante, lo único más turbador que advertir que alguien del público ha caído en los brazos de Morfeo sería que desde la cabeza del dormilón empezaran a brotar zetas que, como en los cómics, se elevaran hasta perderse en el techo de la sala.

Cuentan que Mark Twain en una ocasión se presentó a dar una charla en Tasmania. El lugar había sido preparado para recibir a cientos de personas, pero solo se ocuparon las tres primeras filas. Y a poco de empezar su exposición, la gente comenzó a marcharse. Un cuarto de hora después ya quedaba un único oyente. Ante tal situación, Twain interrumpió su presentación e invitó al hombre a tomar una cerveza en un bar. El hombre terminó confesándole que no sabía quién era: los organizadores, le explicó, avergonzados por la escasa convocatoria, les habían pagado a algunos transeúntes para que entraran a escucharlo.

Por supuesto, pagar a personas para que asistan a algún espectáculo no es tan extraño. La televisión y la política lo hacen todo el tiempo. En el mundo de la cultura no es tan común, o no está tan aceptado; hace un par de años fue noticia en España la circulación de un anuncio (por correo electrónico y por wasap) que buscaba gente que asistiera a la presentación de un libro de Trinidad Fuentes a cambio de dinero. “Buscamos personas para hacer de figurantes (relleno)”, decía textualmente el mensaje. Ante la trascendencia que cobró el asunto, la presentación se canceló. Pero quién sabe cuántas veces hemos estado en lugares en que el público estaba compuesto de actores y actrices que hacían de público…

 

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El otro camino que lleva a un público unipersonal consiste en que al lugar de la presentación acuda un único interesado. Podríamos arriesgar que este es el éxito singular más genuino, pues no depende de la deserción de nadie más. El espectador está solo desde el primer momento. Me cuenta gente del teatro que en ese caso se plantea la disyuntiva: ¿hacemos la función o no? Las aguas se dividen entre quienes pretenden una cantidad mínima de asistentes y quienes están convencidos de que deben actuar aunque sea para un público individual.

En la comedia web argentina La obra de mi vida (hermana del exitoso canal de YouTube Te lo resumo así nomás), una compañía de teatro atraviesa esa situación. Está todo listo para la función, pero la única persona que ha llegado al centro cultural donde tendrá lugar es Quique, el vecino de enfrente, “que viene siempre, pasa gratis”. Entonces Natalia, la protagonista, da un discurso motivador:

La vamos a hacer igual. Si tenemos que actuar para una persona, actuamos para una persona, porque esa persona se tomó el trabajo de venir hasta acá para vernos a nosotros. Es más: hagamos la mejor función de nuestras vidas. Que esa persona se vaya feliz y contenta y que diga “qué geniales estos pibes, los voy a recomendar”. O capaz que es un productor y por eso vive enfrente, y después nos lleva de gira. Y si es una persona común, actuamos para una persona común. ¡La vamos a hacer igual!

Pero entonces el encargado del centro cultural le avisa: “Como quieran, eh… Quique se fue. Le dio vergüenza ser el único y salió corriendo”.

 

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Algunas veces fui espectador único, pero en el cine. Ahí no es tan embarazoso porque lo que hay delante no son personas de carne y hueso, sino una pantalla con luces y sonido. Pero sí hay personas atrás. Hace unos cuantos años, yo salía con una chica que trabajaba en un cine. Me explicó que la empresa empezaba a proyectar todas las películas, incluso aunque no hubiera ni un solo espectador; si no había nadie, a los veinte minutos la interrumpían. En una ocasión, ella fue a la sala de proyección (en esa época las películas todavía eran rollos de celuloide que venían metidos en latas) y el encargado de pasar las cintas le señaló: “Por culpa de ese boludo tengo que seguir acá”. “Ese boludo es mi novio”, le informó ella. El momento incómodo, esa vez, fue para el proyector.

Pero suele ocurrir al revés. Ser el único espectador de un acontecimiento preparado para recibir a más gente es una situación incómoda, extraña. Como si se invirtiera la carga de la prueba –para decirlo en términos jurídicos– y en vez de quien está arriba fuese quien está abajo del escenario quien tuviera que preocuparse por estar a la altura de las circunstancias. Además, ¿cómo hace un espectador único si quiere irse antes de que la presentación termine, cuando sabe que toda la maquinaria se ha puesto en marcha, o sigue funcionando, para él? Me lo imagino poniéndose de pie con timidez, agradeciendo, pidiendo disculpas. Y también me imagino los lamentos del orador por no poder exponer sus conclusiones, o los de los actores que no llegarán a resolver el conflicto de la obra… Otra vez será, se dirán, tratando de encontrar el lado positivo a su éxito singular.