Trabajar en casa | Letras Libres
artículo no publicado
Imagen: flickr.com/photos/thehenryford / CC BY-SA 2.0

Trabajar en casa

A lo largo de la historia, el hogar había sido el centro del trabajo; eso cambió con la llegada del automóvil. Pero la pandemia impuso, sin plan ni preparativos, un experimento social insólito: volver al trabajo en casa.

En el siglo XX, el hogar se redujo a dormitorio. El tiempo dedicado al trabajo fuera de casa y los viajes de ida y vuelta ocuparon la mayor parte del día.

El hogar había sido productivo. Los artesanos vivían en su taller, los panaderos en su panadería, los comerciantes en su tienda, los médicos en su consultorio, los notarios en su notaría. Casi todos andaban a pie. La alternativa de lujo era el caballo.

El gran invento del siglo XIX fue el caballo sobre ruedas: la bicicleta. Era menos costosa y más limpia y eficaz que el caballo. Tuvo tal demanda que, para atenderla y bajar el precio, se estandarizó y produjo en serie.

El automóvil se inventó como un lujo para paseos dominicales por el campo. Se encargaba y se construía sobre pedido, como una casa de campo o un yate, para gente con dinero. Henry Ford tuvo una idea generosa y lamentable: imitar el éxito de la bicicleta. Estandarizar el automóvil, producirlo en serie, bajar el precio y pagar a sus obreros tanto que pudieran comprarlo. Ganando 5 dólares diarios, un Ford T de 360 dólares costaba 72 días de trabajo. Vendió 15 millones.

El auto para todos resultó un desastre urbano. Cuando todos eran peatones, las ciudades no podían crecer mucho. El auto y la gasolina barata favorecieron el gigantismo del siglo XX.

La Revolución industrial empezó contratando campesinos que aprovechaban los tiempos muertos del ciclo agrícola. El empresario repartía materiales, recogía productos y pagaba. La concentración estaba en el mercado, no en el lugar de producción. Concentrar personal y maquinaria en un lugar de trabajo era poco común y de escala modesta. Max Weber cuenta en su Historia económica general que, a mediados del siglo XVI, una fábrica inglesa de 200 telares (que hoy sería nada) "era presentada como una maravilla del mundo".

Antes del siglo XX, nunca se vio lo que hoy ni llama la atención: a la Torre de Pémex (95 mil metros cuadrados de oficinas) van diariamente unas 20,000 personas (a trabajar, vender, comprar o gestionar). Y la mayoría no vive cerca, sino a kilómetros. La mayor parte de las poblaciones del planeta no llega a 20,000 habitantes. Algunos Estados miembros de la Naciones Unidas no tienen 20,000 habitantes.

La pandemia impuso, sin plan ni preparativos, un experimento social insólito: volver al trabajo en casa. Con cambios importantes. Antes, la vivienda se construía con espacio para trabajar. El área de trabajo estaba al frente, y permitía recibir a clientes y proveedores sin que entraran al hogar. Pero la vivienda actual no está prevista para eso, lo cual provoca interferencias.

Llamadas a la puerta de vendedores, carteros, mensajeros, distribuidores, encuestadores y otros preguntones. El teléfono. Necesidades o travesuras de los niños, los animales. La tele, la radio. Observaciones y comentarios de los que conviven. Sobreponerse a las interrupciones, sin afectar la cantidad y calidad de la producción, cuesta.

El arquitecto y urbanista Ludwig Karl Hilberseimer propuso alguna vez torres híbridas, con pisos de oficinas, pisos de vivienda y planta baja comercial. Eso mantendría la separación entre el trabajo y la vida doméstica, pero reduciría el tráfico en la calle.

El confinamiento improvisado para reducir los contagios ha puesto en evidencia que el teléfono móvil reduce la importancia del automóvil. Es el invento del siglo, la nueva bicicleta democratizante. A esto hay que añadir el desarrollo de la computadora portátil, programas como Skype, Zoom y Chat, diademas telefónicas que dejan las manos libres.

Trabajar en casa reduce radicalmente los tiempos y costos de transporte, personales y sociales. Permite trabajar a personas impedidas de salir, por cualquier razón: invalidez, edad, apariencia, necesidad de atender a niños, enfermos y personas mayores. También a las personas que viven en lugares remotos.

Requiere disciplina personal, adaptación empresarial, regulaciones (laborales, municipales, sanitarias, fiscales). También requiere mejorar los servicios telefónicos y de internet.

Si el trabajo en casa no es independiente, lo práctico es que el patrón sea dueño del equipo y pueda monitorear horarios, lugar, cantidad y calidad del teletrabajo. Y reconocer los gastos adicionales en la casa. No es práctico poner un medidor de luz aparte.

Cuando pase la pandemia, permanecerá el trabajo en casa modernizado como una buena opción.

 

Publicado en Reforma el 27/IX/2020.