Siempre hay dos bandos (no importa cuándo leas esto) | Letras Libres
artículo no publicado
Imagen: German Gallego Digital Press Photos/Newscom/EFEVISUAL

Siempre hay dos bandos (no importa cuándo leas esto)

Todo conflicto debe reducirse a dos partes siempre, enseñaba un periodista argentino. Aunque en el mundo real casi todo es de algún tipo de gris, ciertas situaciones límite obligan a elegir entre el blanco y el negro, sin ambages.

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El rol natural de los periodistas es contar historias que les suceden a otras personas. Sin embargo, algunos periodistas tienen vidas tan curiosas y excepcionales que terminan siendo ellos mismos los protagonistas de historias contadas por otras personas. Es el caso del argentino Jacobo Timerman, que ocupó un lugar central en el periodismo de su país entre las décadas de los sesenta y setenta, a partir de la creación y dirección de medios muy innovadores como las revistas Confirmado y Primera Plana y del diario La Opinión. El año pasado se estrenó en Buenos Aires —con éxito de crítica y público— la obra teatral J. Timerman, escrita y dirigida por Eva Halac, cuyas acciones se desarrollan en 1971 y permiten pintar un retrato del personaje principal.

El texto de Halac abreva de muchas fuentes. Una de las más importantes es el libro Timerman. El periodista que quiso ser parte del poder, una valiosa biografía escrita por Graciela Mochkofsky, publicada en 2003. Según cuentan sus páginas, allá por 1960, “Timerman se paseaba por la redacción de El Mundo fumando sus habanos y dando clases a los jóvenes periodistas […] Tenía sus protegidos entre los más jóvenes, a los que, casi paternalmente, intentaba formar. Les recomendaba lecturas y películas, los orientaba, siempre en su tono ácido”.

Una de las más destacadas anécdotas narradas en el libro forma parte de la pieza teatral de Halac. En cierta ocasión, un redactor escribió un artículo en el que describía que, tras un congreso, en un partido político se había producido una división en ocho líneas internas. Timerman desconocía esa situación específica, pero se lo rechazó. “Está mal —le dijo—. Son dos líneas internas”. El periodista protestó. Sabía perfectamente que las líneas eran ocho, y podía demostrarlo. Timerman lo interrumpió: “Siempre son dos”. “Ocho era demasiado, confundía al lector —escribe Mochkofsky—; todo conflicto debía reducirse a dos partes siempre”.

 

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El cantante español Nacho Vegas publicó en 2012 una canción titulada “Dos bandos”, en la que, a su manera, dice más o menos lo mismo que Timerman, aunque no desde una mirada periodística sino política. “Siempre hay dos bandos y ahora tienes que elegir —afirma la letra—, no digas eso de que entre el blanco y el negro hay más de un gris”.

Lo que sucede es que no solo hay más de uno: entre el blanco y el negro, los grises son innumerables. Se podría decir, de hecho, que el mundo real consiste en una gran escala de grises en la que el blanco y el negro en estado puro no se encuentran en ninguna parte. Y en torno a esos grises podemos plantear discusiones interminables. Cuanto más fino hilemos, más fácil será que no estemos de acuerdo: nuestra cosmovisión también se define en los detalles.

Supongo que es por eso que a menudo incomodan las críticas contra los “tibios”. Esos tibios que son vituperados incluso desde la Biblia (“por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”, amenaza el Dios del Apocalipsis), y mucho más ahora que las redes sociales se han erigido en las tribunas de doctrina de nuestro tiempo y parece obligatorio tener opiniones y posturas tomadas acerca de todo. La duda —esa “jactancia de los intelectuales”, como la definió célebremente un militar argentino— cotiza a la baja desde hace tiempo: te hace parecer débil, blando, temeroso, tibio. No dudes, gritan los haters de Twitter, no me vengas con eso de que entre el blanco y el negro hay más de un gris. O estás conmigo o estás contra mí.

 

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Pero también es cierto que, como dice por ahí alguna otra canción, también es cuestión de lugar y de momento. Incluso aunque sea cierto que el blanco y el negro en estado puro no existen en el mundo real, tampoco hay puntos ni rectas ni planos euclidianos, y sin embargo organizamos nuestra vida en función de esas idealizaciones. En determinadas situaciones resulta imperioso tomar partido, porque —como diría Timerman— los conflictos se reducen a dos partes siempre. Quienes ven en estas semanas los últimos capítulos de Game of Thrones lo saben perfectamente, pero está claro que no es imprescindible ir a la ficción para encontrar pruebas de ello: basta recordar las históricas fotos de Roosevelt, Churchill y Stalin sentados a una misma mesa para apreciarlo.

Sin llegar a situaciones tan extremas que podrían acabar con el mundo conocido (una afirmación que vale tanto para la ficción situada en Westeros como para la Segunda Guerra Mundial), en muchos otros casos nos vemos ante el imperativo moral de tomar partido. Las elecciones en que son fuertes la ultraderecha o partidos que promueven que los ricos se vuelvan más ricos y los pobres más pobres son un buen ejemplo de ello. La tibieza y la duda no son, en tales casos, una alternativa, pues el pretendido gris terminará volcándose hacia el negro o hacia el blanco. Aun si se tiene claro que la opción por la que es necesario decantarse no es buena: en ocasiones basta con que sea la menos mala, siquiera la menos peor.

 

Hace tiempo hablamos aquí de los intentos por esquematizar y clasificar todos los tipos de historias posibles. Se ha dicho que son 36, que son veinte, que son siete, incluso menos. “He estado en esa habitación mirando por la ventana todas las noches y pensaba en que hay solo una historia, la más antigua de todas”, le dice el personaje de Mathew McConaughey al de Woody Harrelson en el final de la primera temporada de True Detective. ¿Cuál es esa historia? “Luz versus oscuridad”. “Bueno”, dice Harrelson, “me parece que la oscuridad ocupa mucho más espacio”. McConaughey primero le da la razón, pero luego se corrige. “Hubo un tiempo en que sólo había oscuridad —explica—. Para mí, la luz está ganando”.

 

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Jacobo Timerman, como escribió Graciela Mochkofsky, quiso ser parte del poder, y durante varios años de algún modo lo fue. Eso lo llevó a la desmesura y a la desgracia: confió en que, en virtud de su trayectoria, su popularidad y su prestigio, los militares que derrocaron al gobierno democrático argentino en 1976 no se meterían con él. Pero un año después del golpe, Timerman fue secuestrado. No fue asesinado, como les ocurrió a miles de sus compatriotas, pero sí torturado, y permaneció desaparecido durante tres años, hasta que, gracias a la presión internacional, obtuvo su liberación y se exilió en Israel (donde escribió su testimonio, el libro Preso sin nombre, celda sin número, de 1981). Había dos bandos, sin dudas, y probablemente Timerman haya subestimado al contrario.

“Solo hay dos bandos y ahora tienes que escoger —dice Nacho Vegas en su citada canción—: para que uno gane el otro ha de perder”. Y agrega: “Puedes creerlo o no, pero esta es mi única canción real de amor”.

A modo de coda: cuenta Mochkofsky que Timerman, maestro de periodistas, “enseñaba que los artículos debían ser suficientemente claros para que los entendiera cualquier lector, hasta el menos informado, pero tenían que incluir también un párrafo incomprensible para que el lector, aun el más informado, se quedara con la sensación de que el periodista sabía más que él”. Me parece un consejo fascinante, digno de su genio y figura. Pero aclaro a mis lectores que si en alguno de mis textos, incluido este, encuentran algún párrafo incomprensible, no será fruto de haber querido hacerle caso a Timerman, sino de mi metódica torpeza.