Sara Montiel aplaza su boda | Letras Libres
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Sara Montiel aplaza su boda

Refiriéndose a las revistas frívolas, un personaje chejoviano se lamentó de vivir “en una región en la que nadie lee, o en la que cuando se lee, se lee de tal modo que más valdría no leer”. El lamento se explica hasta nuestros días.

Cuando me enteré de que una de las revistas de mayor circulación en España se llama Lecturas, salté muy pronto a conclusiones y dije: “Qué bien”. Imaginé que se trataba de una publicación dedicada al libro y a la lectura, con ensayos varios sobre arte y algunas entrevistas a escritores, creadores y críticos. Hasta que la vi en el quiosco: una vil revista del corazón.

Cuando nació, hace 103 años, Lecturas sí le hacía honor a su nombre. Su esencia estaba compuesta de cuentos y de novelas por entregas. Publicaban textos de autores contemporáneos y clásicos, buenos y regulares, y también artículos sobre arte y cultura. Incluían obras de teatro pues, más allá de que el teatro siempre pueda leerse, en aquel entonces era costumbre hacer representaciones domésticas o entre amigos.

Al paso de los años, en tanto se detenía y reanudaba su publicación, la revista fue girando hacia el mercado femenino. Para la década de los treinta, las portadas mostraban casi siempre dibujos de mujeres atractivas, se publicitaba moda, maquillaje y talco para bebé. Los artículos de arte se fueron trocando por consejos de belleza, y los cuentos estelares ya tenían títulos sospechosamente amorosos: “Las lágrimas de la Trini” o “Un corazón burlado” o “Dulce nombre de Concha” o “El anillo de esmeralda”. Sin embargo se mantenía algo del espíritu original. Los números de abril y octubre de 1932 anunciaban: “La española inglesa, novela ejemplar de Cervantes” y “La gitanilla, novela de Cervantes completa”, si bien se trata de dos novelas cuyo final es el feliz matrimonio de las protagonistas.

La deformación de la revista se sigue dando de la mano con la deformación de sus leyentes, que pasan a gustar más de la televisión que de la lectura. Para los años sesenta, ya encontramos otro tipo de ganchos en la portada: “Las vacaciones interrumpidas de Marisol” o “Sofía Loren ya tiene quien la llame mamá” o “Sara Montiel aplaza su boda”.

Mientras tanto, el título de la revista no se modifica de acuerdo con su contenido, pues no se llama Babosadas ni Chismes para gente sin oficio ni beneficio.

La edición más reciente nos promete un interesantísimo reportaje: “Todos los detalles de la exótica boda de Isa Pantoja”, en exclusiva, por supuesto. Un artículo de fondo informa que “Tom Brusse se decantó por Sandra Pica, de quien está profundamente enamorado y juntos llevan más de cuatro meses de amor”.

La involución de la revista Lecturas sirve como alegoría del mundo de la incultura. Se sabe que el género del chisme es el más popular en todo el mundo. El caso de España es dramático. Este tipo de revistas alcanzan a ocho millones de insustanciales lectores por semana, y a eso hay que agregar las páginas que los periódicos “serios” dedican a eso mismo.

Algunas fuentes dicen que la revista más vendida en España es ¡Hola!, otras que Pronto. La primera tiene protagonistas más sofisticados y adinerados que la segunda, lo cual demuestra que si el dinero no hace la felicidad, mucho menos hace la sabiduría. Para esta semana, el reportaje estelar de la primera es: “La verdadera Georgina nos descubre su pasión por la familia, sus planes de maternidad y su historia de amor”, mientras que la segunda ofrece un drama muy viril: “Kiko acusa a Isabel Pantoja de abandonarle en su peor momento”.

Chéjov armó una obra que, luego de más de cien años, sigue explicando nuestro mundo. En uno de sus cuentos, un hombre se cuestiona en qué consiste la fama, pues hay personas “vacías, insignificantes y hasta perversas… no hicieron nada del otro mundo, ni brillaron por su talento… ¡Y ahí las tiene usted! Sus nombres aparecen todos los días en los periódicos y se pronuncian en las conversaciones”. Habla de “una cantante de mala muerte… una corista simple y ordinaria, como hay miles; una moza huera, caprichosa, avara y, para colmo de males, idiota”, pero que despierta sumo interés entre la gente. ¿A qué se debe?, se pregunta el protagonista, y responde sin dudar: “La popularidad se debe casi exclusivamente a los periodistas”. El hombre se lamenta de que tanto espacio le den a esa mujer y en cambio se pregunta: “¿Conoce nuestro público a los pintores, a los escultores y a los literatos rusos?”.

En otro cuento, refiriéndose a las revistas frívolas, el personaje chejoviano se lamenta de vivir “en una región en la que nadie lee, o en la que cuando se lee, se lee de tal modo que más valdría no leer”.

Muchas veces me han preguntado si es mejor “leer cualquier cosa que no leer”. Es una pregunta tramposa, pues tal disyuntiva solo se presenta en un consultorio médico. Carlos Fuentes decía que sus abundantes lecturas le servían para sostener interesantes conversaciones consigo mismo. Supongo que eso acostumbraba hacer mientras esperaba en un consultorio. Pienso en su novela póstuma Federico en su balcón, y puedo imaginarlo en conversación con Nietzsche. “¿Cuál es el límite moral del crimen?”, se preguntaría Fuentes, y exploraría las posibles respuestas mientras aguarda la salida del paciente que va delante de él. Ahí en la sala de espera hay una persona que sigue el ejemplo del escritor y, en vez de leer, conversa consigo misma y profundiza en sus inquietudes: “¿Qué zapatos se pondrá Isa Pantoja en su boda?”.