Quino, artista de la condición humana | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Francesco Mollo/IPA via ZUMA Press

Quino, artista de la condición humana

La muerte de Quino ha ocasionado una tristeza que atraviesa las diferencias ideológicas y políticas. Mafalda, su hija dilecta, trascendió las fronteras de su país y de su tiempo para convertirse en un personaje universal.

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“Se murió Quino. Toda la gente buena en el país y en el mundo lo llorará”. De esa forma lo anunció en Twitter, el miércoles por la mañana, el editor Daniel Divinsky, responsable de publicar los libros del creador de Mafalda desde hace más de medio siglo. Por supuesto, no se equivocaba: a partir del momento en que se conoció la noticia, los medios y las redes sociales se poblaron de homenajes, recuerdos y expresiones de tristeza. Fue una multitudinaria despedida virtual.

No era para menos. Son muy pocos los personajes tan universales como Mafalda, esa niña entrañable que –a fuerza de ternura y lucidez y una inagotable capacidad para cuestionar y rebelarse contra los males del mundo– trascendió las fronteras de su ciudad y de su tiempo para integrarse en la cultura popular de decenas de países a lo largo de generaciones.

Hay quien dijo –creo que con razón– que Quino se merecía más el Nobel de Literatura que Bob Dylan. Pero ya se sabe que la Argentina parece destinada a no tener ningún Nobel de Literatura. Hay también quien lamenta que mucha gente recuerde a Quino solo por Mafalda y no por el resto de su obra, que es enorme. Y quizá sea un lamento justificado. Pero Mafalda es tan grande que eclipsa todo lo demás. Mafalda es como sus adorados Beatles: nació a principios de los sesenta, duró menos de diez años y ahora es eterna. Lamentar que casi todo el mundo recuerde a Quino solo por Mafalda es más o menos como lamentar que recordemos a Cervantes solo por el Quijote. Es lo que sucede, para bien y para mal, cuando alguien crea a un personaje de ficción más verdadero que la mayoría de la gente que habita esto que solemos llamar el mundo real.

 

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Joaquín Salvador Lavado nació en Mendoza en 1932. Para diferenciarlo de uno de sus tíos, que también se llamaba Joaquín, desde niño lo llamaron Quino. Murió a sus 88 años de edad, 56 años y un día después de publicar por primera vez a Mafalda. Su vida y obra lo llevaron a formar parte de una élite muy selecta: la conformada por esa escasa gente a la que todo el mundo quiere. Como casi nunca en estos tiempos en que internet ha visibilizado y multiplicado la crispación, el odio y los agravios, el fallecimiento de una persona zanjó grietas (al menos durante un día, unas horas) y tendió puentes entre signos políticos opuestos e ideologías enfrentadas.

Tal vez eso debiera ser lo normal ante la muerte de un genio de la talla de Quino, “uno de los artistas más grandes de la historia de nuestro país”, según lo calificó en un tuit el presidente Alberto Fernández. Tal vez sea lo normal en otros países. Pero “en Argentina no idolatramos por mayoría absoluta. No existe personaje adorado por muchos que no soporte un contrapeso importante de descrédito. El Che, Evita, Borges… Cuando alguien los nombra con amor, siempre hay otro que salta con un pero, con una chismografía, con una bajeza. Nuestros ídolos suelen ir a ballotage; ganan nuestro corazón o lo pierden, pero siempre en segunda vuelta. Hasta anoche. Ayer, por fin, se nos ha muerto alguien por unanimidad”.

Eso lo escribió Hernán Casciari en 2007, el día siguiente de la muerte de Roberto Fontanarrosa. ¿Cuántos otros de esos casos hubo desde entonces? Muy poquitos. Casi ninguno. Ni siquiera sucedió con Marcos Mundstock, cuyas opiniones políticas provocaron más de un pero en los comentarios tras su muerte, ocurrida en abril. Fueron solo dos, en los últimos tiempos, las “muertes por unanimidad”: la de Daniel Rabinovich, también miembro de Les Luthiers, en 2015, y ahora la de Quino.

 

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Todo eso puede sonar contradictorio, casi incomprensible. ¿Cómo es que Quino logró atravesar las grietas si su obra es tan notoriamente política? La clave radica en que su modo de trabajar con la política era más amplio: no se centraba en la coyuntura, en las minucias del día a día, todo eso que quedaría desactualizado poco tiempo después. Lo que a él le interesaba era hablar del ser humano y sus males, esos que atraviesan las épocas y las culturas.

En una entrevista a finales de 1972, meses antes de que Quino dejara de dibujar a Mafalda, Osvaldo Soriano le preguntó si aludiría en la historieta al regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina, por entonces el episodio más trascendente en la política nacional. “No, creo que no –respondió Quino–. Mi drama es que yo no tengo ideas políticas. Me sentiría muy feliz de poder creer en algo. Hay gente que dice que soy marxista, pero jamás leí a Marx, me da vergüenza decirlo, pero es así. Y no creo en nada”.

–Sin embargo en sus dibujos asoma una ferocidad tremenda contra determinadas formas políticas –replicó Soriano.
–No. La ferocidad está dirigida contra la condición humana. La explotación del hombre por el hombre es inherente al ser humano y se ha desarrollado a través de cinco mil años. No veo que pueda cambiar.

Por eso la obra de Quino (por fuera de Mafalda) está llena de opresores y oprimidos. Hombres vestidos de traje negro que miran desde arriba a otros más pequeños. Es una obra que coloca al lector todo el tiempo en esa risueña incomodidad: le arranca una carcajada o al menos una sonrisa mientras lo obliga a reflexionar sobre los horrores cotidianos.

Quino compartía con Bioy Casares su condición “de mente pesimista pero de temperamento optimista”. Lo preocupaba, por ejemplo, la vejez. “La siento como un problema político –dijo en una entrevista hace veinte años–: la falta de libertad absoluta, una dictadura. Eso de que uno quiera hacer algo y le digan: ‘No, abuelo, el médico dijo que no puede’”. ¿Usted es obediente?, le preguntó el periodista. “Les hago caso en algunas cosas, en otras no. No me importa morirme, pero sí dejar de tomar vino”.

 

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Mafalda es uno de esos fenómenos culturales con los que casi todos tenemos alguna anécdota, el recuerdo de cuándo o cómo la leímos por primera vez, una frase recurrente, algún episodio vivido con alguien más. Mi primer recuerdo de ella fue leerla en un librito que me prestó una compañera de la escuela primaria, uno de esos ejemplares de formato apaisado que Ediciones de la Flor (dirigida por el citado Divinsky) vendió por millones. De aquella lectura inicial, recuerdo en particular una de las tiras: el globo terráqueo aparece como un enfermo, acostado en una cama y, cuando Susanita pregunta qué síntomas tiene, Mafalda responde: “Le duele el Asia”.

A mis once o doce años, la edad que tenía en ese momento, me pareció gracioso el hecho de que al mundo pudiera dolerle un continente. Y nada más. No sé cuántos años tardé en descubrir que en los años sesenta, con la guerra de Vietnam y demás conflictos, aquel “dolor de Asia” tenía un significado mucho más profundo. Esa es una de las grandes características del mejor humor: funciona en distintos niveles, divierte a variados públicos.

Cuando fui a vivir a España me sorprendió el amor que sienten también allí por Mafalda, como si ella fuera una española más. Fue mi descubrimiento, quizá tardío también, de la universalidad de aquella niña y de la obra de Quino. A veces cuesta dimensionar la verdadera magnitud de un artista cuando uno tiene el privilegio de encontrar su obra en las páginas del diario o de las revistas.

En 2012 Quino recibió la medalla de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras de Francia. En 2014, el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Ese mismo año –en ocasión del cumpleaños número 50 de Mafalda– se inauguró un mural en el subte (el metro) de Buenos Aires en el que ella señala el globo terráqueo y plantea: “¿Sabés por qué es lindo este mundo? Porque es una maqueta. El original es un desastre”.

Ella habla del mundo y por eso el mundo la entiende. Ese es el poder de la obra de Quino: uno abre cualquiera de sus decenas de libros por cualquiera de sus páginas y descubre que sus viñetas podrían haber sido escritas ayer. Y la recuerda en las situaciones más dramáticas, como cuando ve que la policía reprime manifestaciones con “el palito de abollar ideologías”, o en las más inocentes, como cuando alguien dice que no le gusta la sopa. Y así seguirá siendo, aunque ahora su autor se haya ido a dibujar a alguna otra parte.

 

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Para los turistas que llegan a Buenos Aires, la foto con la estatua de Mafalda es casi obligatoria. Está en la esquina de las calles Chile y Defensa, en el barrio de San Telmo, a veinte metros de la casa donde su autor vivía y la dibujaba. Y el día de la muerte de Quino se convirtió en un conmovedor santuario con velas y flores. El espíritu de Mafalda, en cambio, no se limita a una esquina o a un barrio: sobrevuela la ciudad y, a su manera, está presente en cada lugar del mundo donde alguien, con ojos de niño o de niña, se declara en rebeldía contra todo lo que anda mal, contra todo lo que genera desigualdad, tristeza, desolación.

Quino dibujó a Mafalda durante solo nueve años, entre 1964 y 1973. Dejó de hacerlo cuando se sintió cansado, y salvo escasas excepciones (a pedido de Unicef o de gobiernos argentinos) no reincidió nunca más. “A veces siento que la gente me reprocha como a un criminal de guerra que mató a nueve personas”, contó alguna vez. “Yo digo que Mafalda es un dibujo, no una persona de carne y hueso, porque a veces me tratan como si fuera un asesino…” Es cierto, Mafalda no es alguien de carne y hueso. Y esa es su mayor ventaja: va a vivir para siempre.