Poca y mala fe: el Fonca | Letras Libres
artículo no publicado

Poca y mala fe: el Fonca

La absorción de las funciones del Fonca por la Secretaría de Cultura no es un mero cambio administrativo. Con él desaparece la autonomía de los creadores para determinar el rumbo de la alta cultura.

La palabra “fideicomiso” proviene de la expresión latina fidei comissun, es decir, “confiado a la fe”. Durante décadas, el Estado mexicano confío en la fe de los creadores en su propio trabajo y en el de sus colegas, lo cual permitió un sistema de estímulos a la creación que hizo de México la envidia no sólo del resto de América Latina, sino de los Estados Unidos, para no ir más lejos. La desaparición del Fonca y la absorción de sus funciones por la Secretaría de Cultura no es, me temo, un mero cambio administrativo. El origen de los fondos será el mismo –el erario– pero lo que desaparece es la autonomía de los creadores para determinar el rumbo de la alta cultura. Sí, dije alta cultura.  

No es otra cosa la que hacen o hicieron –para hablar sólo de literatura– poetas como Elsa Cross, Coral Bracho, Gerardo Deniz, David Huerta, Antonio Deltoro, Fabio Morábito, José Emilio Pacheco, María Baranda, Jorge Esquinca o narradores como Pablo Soler Frost, Salvador Elizondo, Hugo Hiriart, Ana García Bergua, Fernando del Paso, Elena Poniatowska, Sergio Pitol –ofrezco solo una muestra representativa de treinta años de talento– que fue estimulado por gobiernos de diverso signo, los cuales jamás pretendieron imponerle criterio alguno a los creadores porque les tenían eso que el gobierno actual les ha retirado: la fe.

Y para tener fe en la alta cultura –cuya existencia es compatible con el apoyo a esa otra cultura, muy distinta, la popular– los gobernantes necesitan tener el temperamento liberal que les prohíbe hablar de lo que ignoran, como lo han hecho los funcionarios del actual régimen populista, mintiendo como lo hicieron hace menos de un año, cuando sus gacetilleros señalaron a quienes nos reelegíamos como creadores artísticos –yo deje de serlo en 2017– como una banda de mafiosos apestados. Las reglas de operación, sin duda perfectibles, permitían la reelección, como la permite el Sistema Nacional de Investigadores, a quienes cumplen con éstas y las honran. ¿Por qué un químico podía reelegirse y hasta subir de nivel en el SNI y no un dramaturgo, por ejemplo, en el Fonca? ¿Acaso estaba mal que los propios creadores se reuniesen como jurados? Sin duda el dinero público y su distribución equitativa son materia de discusiones bizantinas, pero a final de cuentas yo prefiero que a un Juan Rulfo lo juzgasen un Juan José Arreola y un Antonio Alatorre y no un funcionario cultural, por más que los haya excelentes en México.

Se nos acusa de compadrazgo conservador. ¿Están enterados nuestros “jueces instantáneos” –como diría Carlos Monsiváis, quien murió hace diez años como creador emérito del Fonca– que en 1994, cuando se rebeló el EZLN, concurrieron a sus marchas y convenciones no pocos becarios, quienes en ningún momento vieron conculcada su libertad de creación o expresión, ni tocados sus estipendios por apoyar una guerrilla que se proponía derrocar al régimen? Nadie fue “cooptado” por tener una beca.

En toda lista hay omisiones –seleccionar es excluir­–, pero en las de los becarios –quienes tomamos del PIB una cantidad microscópica­– están los mejores escritores mexicanos del cambio de siglo, la mayoría de ellos premiados y traducidos urbi et orbi. Algunos pocos nunca pidieron la beca porque no la necesitaban, otros porque ganaban mucho dinero en el mercado o por un admirable celo liberal, y sin duda hubo algunas pocas omisiones en un sistema que los estados de la República, además, replicaban. Pero quien haya sido jurado del Fonca sabrá que en aquellas reuniones hoy degradadas a tenidas de compadres, imperaba, por encima de los grupos, el ánimo de recompensar, justamente, al rival. Cuando hubo compadrismo, la propia comunidad impuso reglas que lo impidiesen, y así quedó regulado; cuando hubo abuso e incumplimiento, los jurados hicieron su trabajo. Iletrados que consideran gran científico al desmañanado autócrata habrían de revisar las listas de libros de poemas, novelas, cuentos y ensayos que se publicaron durante ese periodo. Algunos amigos les quedarán para señalarles la excelencia de las élites y la imposibilidad de que, sin ellas, persista en libertad el arte y la cultura.

Las becas, sin duda, no van a desaparecer. Les concedo el beneficio de la duda a los eficaces funcionarios públicos que permanecen en la Secretaría de Cultura y ojalá ellos impidan que lo que fue el Fonca se convierta en una ventanilla más para munificar con dinero fresco a los propagandistas del régimen, porque ellos saben que las democracias modernas –unas más, otras menos– financian la alta cultura, sin distinción de partido, no solo en la edición de literatura, sino en la promoción de la música clásica y contemporánea, las artes escénicas y el cine o la pintura, así como el trabajo de actores, intérpretes e instrumentistas. Pero el populismo tiene otra agenda y otra clientela. No faltara quien estire la mano y represente a aquel tipo que Benito Pérez Galdós abominaba: el escritor como mendigo.

A la comunidad cultural, y en especial a la literaria, le queda lo más difícil: la autocrítica. Nos fiamos –excepción hecha de un grupo de editores independientes de libros y revistas a quienes hoy debemos mirar con admiración y humildad– a que el llamado welfare state de la cultura en México sería eterno. Nos acostumbramos a esperar casi todo del Estado, posponiendo las iniciativas privadas o públicas ajenas al presupuesto gubernamental, al grado de que las becas hicieron brotar algunos hongos venenosos, aspirantes que querían ser artistas para ser becados y no creadores necesitados de un estímulo decoroso para trabajar en mejores condiciones. Por fortuna, esos mediocres resentidos, alejada la beca de sus anhelos, desaparecerán como aparecieron, sin que nadie lo note. En tanto, los verdaderos escritores de hoy, como los de ayer, seguirán escribiendo, sean cuales sean sus condiciones materiales de vida. Estamos obligados a defender el mecenazgo estatal, en su pluralidad, porque la red de organismos culturales y educativos autónomos, es una conquista de la democracia liberal, resultado de su fe en la eficacia de sus pesos y contrapesos. Ese poco dinero dedicado a las artes y letras no tiene un origen pecaminoso, viene de nuestros impuestos y durante décadas lo recibieron quienes lo merecían.

Algunos de quienes hoy protestan contra la destrucción o desecación de los organismos autónomos –y el fideicomiso del FONCA lo era– le entregaron en julio de 2018 su voto a quienes habían demostrado, con plausible y persistente franqueza, su horror por la sociedad liberal. Pero la historia que leyeron nuestros amigos del México contemporáneo fue otra y, queriendo cambio, agraviados por tropelías que solo la eficacia de las instituciones democráticas corrige, instalaron el retroceso, y hoy estamos más lejos que nunca de castigar la corrupción, la impunidad y la violencia criminal. Y todo esto ocurre en medio de una pavorosa pandemia, el pretexto perfecto para deshacerse de unos cuantos organismos autónomos que le acarrearán escasos fondos a la rapiña populista. Los recursos para salvar de la muerte y de la enfermedad a millones de mexicanos están bajo llave en los proyectos fósiles, antiecológicos y anacrónicos que el gobierno, en su fuga hacia el pasado, preserva contra las advertencias, nacionales e internacionales, de toda clase de especialistas, que lo urgen a adoptar verdaderas medidas de salvación nacional. Lo del Fonca es poca y mala fe.