Patricios del boxeo | Letras Libres
artículo no publicado
Boxeadores, de Eadweard Muybridge

Patricios del boxeo

La victoria de Saúl "Canelo" Álvarez sobre Julio César Chávez junior fue un espectáculo deslucido pero dio pie para pensar en la relación del boxeador y de estos dos boxeadores, con la historia, la memoria, y la posteridad.

Los hombres se han liado a golpes desde tiempos inmemoriales. Lo han hecho por la defensa de la agricultura, que a final de cuentas fueron las justas por la defensa de la propiedad privada; por la idea retorcida de lo que el poder representa, significa y otorga a ojos de los gobernados; también por razones más sencillas, como ganarse la vida, por gusto y obtener prestigio, ser el débil (aunque en un principio nadie quiera hacer este rol), o ser aquel que logra poner los puntos sobre las íes.

Esto último es lo que hacen los peladores del presente. Arrebatados por la idea de una trascendencia oblicua y canónica (que se construye antideportiva), representan el imago romano de la jurisprudencia y legalidad patricias, a partir del aquí y el ahora quieren ser explicados por su estilo, forma y fondo bajo los signos de un arte del boxeo, y de la historia del boxeo, que no es sino la suma de procesos inevitablemente puestos en marcha por sus propios genios (dígase Floyd Mayweather jr.)

Ambos peladores son gloriosos al pisar el encordado. De entrada muestran a la élite del deporte que están ahí por las razones que sean. Y de entrada también muestran a los plebeyos que están ahí por sus méritos deportivos. Y lo creemos, la mayoría de las veces. Lo que resulta descorazonador es que en muchas ocasiones los peleadores llegaron por motivos extraboxeo. Pesos pactados, aunque permitidos, por ejemplo (soy de la idea de que estas soluciones pueden ofrecer espectáculos únicos); véase también el rechazo del cinturón manufacturado con arte wirrárika que sirve de manto para pagar cuotas discursivas: hoy un hombre pelirrojo y carismático ejerce el gozo del ius connubii, ius commerci, ius actionis.

Saúl el “Canelo” Álvarez es un patricio en el desierto de la élite.

Julio César Chávez junior es el exiliado que no podrá volver con los suyos.

La historia que se relata en el boxeo poco ayuda a tejer el entendimiento de aquello que los aficionados pretendemos construir en tierra más firme. Las reliquias que conforman esta narración en nuestro presente constituyen parte del foco perfectamente reconocible al que apuntan los medios de comunicación y los negocios: construir historias veloces y veraces, construir figuras hechas a base de carne y sangre que estén dispuestas a desangrarse por nada (o por millones de dólares); construir historias subalternas en la que los derrotados de antemano, los derrotados y posderrotados, formen parte del escalón macizo pero deforme que lleve al peleador en turno a la punta de la pirámide.

¿Cuántas veces no hemos leído el argumento de esta ficción? ¿De qué otra manera podemos argumentar que los peleadores de hoy no son sino objetos anacrónicos de las comisiones, confederaciones, consejos, asociaciones de boxeo, o en el peor de los casos, de sus propios familiares? La totalidad de las fotografías y/o selfies tomadas, la totalidad de los golpes lanzados en un episodio multiplicados por doce, la totalidad de los ingresos por las entradas pagadas, la totalidad de las pantallas encendidas en Rusia, Inglaterra, Estados Unidos, México, se suman para llegar a la cifra de la eternidad imperfecta. Los peleadores son sólo una parte del entramado del lenguaje neoliberal en el deporte.

Saúl el “Canelo” Álvarez pretende ir a contrapelo de su indiferencia por el otro. “Humilde”, no olvida a sus cercanos “huicholes” que le confeccionaron el manto de miles de chaquiras unidas a sus ropas.

Ese otro que es el otro, Julio César Chávez junior, élite desde las entrañas, quiere desde ya su rostro en cera para el museo de los inolvidables.

Y ambos lo han logrado: exponerse al peligro de los puños y los golpes, elegir el entrenamiento deportivo como variante del ejercicio intelectual también requerido para subirse a un ring, cabalgar como los hermosos caballos que son sobre las piedras para romperse los cascos y no detenerse. Álvarez y Chávez junior son todos los hombres que se han liado a golpes desde tiempos inmemorables. Representan a los Pacquiao, a los Golovkin, a los Mayweather, a los Clay, a los insobornables prospectos, “Canelo” y “Julito” son ahora de la misma estirpe, sólo que al primero le alcanzará el tiempo para intentar subir el siguiente escalón amorfo de la pirámide, y al segundo, el hijo del ídolo mexicano, se le acabó la carrera en un impasse que para él, por desgracia, debió haberse resuelto quizá cinco años atrás.

Así son las historias y subhistorias de este deporte, maltratan con fuerza al derrotado para vaciar sobre él todo el yeso de la historia. El rostro de Chávez junior está en el cielo de los que miran a la historia desde la justicia y la estética, a diferencia de los puños de Álvarez que se mantienen aún vigentes con nosotros. Los tiempos obtusos y caóticos que vivimos pueden hacer que el rostro del “Canelo” se borre, es un riesgo, y él mejor que nadie lo sabe.