Mi amigo Daniel | Letras Libres
artículo no publicado
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Mi amigo Daniel

En una cultura que tiende o bien a convertir los bienes en commodities o bien a volverlos fetiches, Goldin no sitúo su preocupación en el objeto, sino en la sociedad y en los sujetos a los que construyó como interlocutores de un diálogo incesante.

Conozco a Daniel Goldin desde hace 39 años. Soy su amigo desde hace 39 años. Fue el primer amigo que hice al llegar a México, en 1980. Nuestra amistad no transcurrió solo por la vida privada, la de los afectos y pensamientos compartidos, sino también por la profesional: cuando dejé Fondo de Cultura Económica en México para instalarme en Argentina, en momentos en que, como tantas veces, el Estado había congelado el número de plazas de la administración pública, la que yo dejé vacante en la editorial le fue otorgada a él. Durante los veinte años siguientes recorrimos juntos el mundo de la edición de libros, haciendo de modos diversos algo común: dar de leer.

A pesar de que Daniel Goldin tenía ya experiencia en el mundo editorial cuando ingresó en el Fondo, Jaime García Terrés lo hizo iniciar el cursus honorum desde abajo: durante largos meses se dedicó a hacer fichas para el catálogo de la editorial, como si fuera un pasante llegado de la escuela.

Pero fue durante el breve período en el que Enrique González Pedrero dirigió el Fondo cuando nació la idea de comenzar una colección de libros para niños y jóvenes. Daniel cuenta la historia como una forma de homenaje a nuestra amistad. Según ese relato, que solo está en mi recuerdo por las tantas veces que se lo escuché, luego de la reunión en que le propusieron hacerse cargo de esa colección él me dijo que no sabía nada del tema. “Inventa”, fue, según relata, la respuesta que le di. Seguramente no fui yo quien le sugirió que hiciera lo que no dejó de hacer desde entonces: inventar, imaginar, proponer, indagar, invitar, compartir.

Los verbos con los que se puede describir la tarea que desde entonces lleva a cabo Daniel son, a la vez, adjetivos que califican lo que ha hecho: todos subrayan una voluntad por compartir, por implicar a los otros, por abrir mundos con y para los demás. Ninguno es un verbo que designe pasiones tristes: su ambición no ha sido acumular poder ni riquezas, ni dominar ni permanecer. Todo se ha dicho, en estos días, en la inmensa cantidad de artículos publicados en la prensa y en el infinito número de intervenciones en las redes sociales: Goldin ha sido el creador de la más innovadora y original colección de libros para niños y jóvenes de, cuando menos, el último medio siglo en nuestro idioma. Eso no es solo resultado de una sutil labor de selección de títulos, de promoción de los libros y de creación de lectores: es el resultado de un trabajo fundado a la vez en la reflexión, en la sensibilidad y en el respeto. Por detrás de su trabajo como editor y promotor de la lectura hay una filosofía cuyo fundamento es el reconocimiento: el otro es merecedor de la interlocución más sofisticada y exigente, no importa si se trata de un niño, no importa si es alguien que ha vivido rodeado de carencias. Más aún: si es un niño, si ha vivido rodeado de carencias más merece ser reconocido como individuo pleno, como un sujeto autónomo, cuyo derecho primero es el derecho al lenguaje y a la imaginación.

Daniel Goldin trascendió las fronteras de la edición porque supo convertir un oficio, la artesanía de hacer libros, en una política y en una poética. En una cultura que tiende o bien a convertir los bienes en commodities o bien a volverlos fetiches, Goldin salió por arriba del habitual laberinto en el cual el libro es pura mercancía o puro signo de distinción: su preocupación no estuvo puesta en el objeto, sino en la sociedad y en los sujetos a los que construyó como interlocutores de un diálogo incesante. Michael Oakeshott escribió que el mundo está hecho de múltiples, variadas conversaciones, y que la educación consiste en aprender a participar de muchas de ellas. Daniel lo hizo –lo hace– con niños y adultos, con ricos y pobres, con académicos y con gente del pueblo. Quien lo haya visto en una feria del libro voceando alguno de los títulos que publicó, o en un taller contándole una historia a un niño que jamás en su vida había tenido un adulto sentado junto a él con un libro en la mano, o a una señora campesina deslumbrada por el modo en el que ese tipo desgarbado la introducía en mundos desconocidos por completo para ella, quien lo haya visto no puede no haber notado que no se trataba de un editor, ni de un promotor de la lectura, ni de un vendedor de libros, sino de un misionero, de alguien convencido de que la palabra es el verdadero recurso de una humanidad humillada. Un misionero, sí, pero sin otro dogma que la confianza en la palabra misma.

Nuestros países –México, Argentina, América Latina en general, aunque no en todos lados del mismo modo– viven, desde hace mucho tiempo, un proceso de politización de la burocracia que resulta inmensamente dañino para la sociedad. Hay países en los cuales el Estado es mínimo, hace pocas cosas y no interfiere con la sociedad civil, como Suiza. Hay otros, como Francia o Alemania, en los cuales el Estado es grande, pero sus intervenciones son provechosas para el interés general. Entre nosotros, un Estado grande es cada vez más incompetente porque cada gobierno destruye una capa más de los saberes técnicos que permiten que el Estado funcione. En algunos países, un nuevo jefe de gobierno puede designar a sus ministros y a sus viceministros, pero nada más: no solo no puede, sino que sabe que no conviene reemplazar a una burocracia weberiana por amigos políticos cuyo mérito, si alguno, es la lealtad, pero en ningún caso el saber ni las competencias. Entre nosotros, el poder tiene un efecto performativo, por el cual miles de personas mediocres, que nunca pensaron en prepararse para una determinada tarea, que nunca imaginaron que podrían desempeñar esa tarea, en el momento en el que, por lealtades, amistades o deudas políticas son designados, de inmediato se autoconvencen de que su designación obedece a sus capacidades intelectuales y profesionales, y no a la lealtad, la amistad o los favores prestados. La designación, ese hecho administrativo, se convierte entonces en un proceso mágico, que vuelve capaz al incompetente, experto al ignorante, hábil al inútil.

Una vez más, eso es lo que estamos viendo: echar a Daniel Goldin de la Biblioteca Vasconcelos solo puede ser resultado de la inmensa confusión mental de sujetos que piensan que porque han recibido un cargo son ahora portadores de un saber. El problema es indudablemente grave: aun muchos de los mejor intencionados, de quienes han levantado su voz en defensa de Daniel, han reconocido que un presidente “tiene el derecho” de designar a sus equipos. Eso prueba lo naturalizado que está el patrimonialismo en la cultura latinoamericana: el director de una biblioteca pública no es parte “del equipo” de un presidente, sino de un cuerpo profesional de expertos al servicio del Estado y de la sociedad. Conceder un cargo de esta naturaleza –no ministerial, no político– a un conocido por el solo hecho de que lo sea es una manifestación de la extendida apropiación de bienes públicos por parte de los que ejercen el poder, y explica buena parte del fracaso de nuestros países.

Tan grave como esos comentarios son aquellos que sugieren que el relevo de un funcionario es correcto porque “los cargos no son vitalicios”. No se quiere sugerir así que los cargos no son de quien los ocupa ocasionalmente, sino más bien indicar lo contrario: que los cargos son un poco de cada uno de nosotros, y que pasarlos de mano en mano es el modo en el que todos ejercemos nuestro derecho a disfrutar de uno de tanto en tanto. Evidentemente, es un comentario ignorante y estúpido, si no maledicente. Los cargos no son ni vitalicios ni transitorios, salvo los cargos electivos cuya limitación es constitucional. Los cargos deben ejercerse en función de la capacidad, y evaluarse en función de los resultados. Algunos ejemplos: Tony Marx es director de la Biblioteca Pública de Nueva York desde 2011; antes que él, Paul Le Clerc lo fue durante casi 18 años. El actual director ejecutivo de la Biblioteca Británica, Roly Keating, lo es desde el año 2012. Los dos directores que lo precedieron estuvieron en el cargo once años uno (Sir Harry Hookwa) y doce años su sucesora, Dame Lynne Brindley (2000 a 2012). Jean-Noël Jeanneney asumió como director general de la Biblioteca Nacional de Francia en el año 2002, y aún hoy, 17 años después, permanece en el cargo. La actual bibliotecaria de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (primera mujer y primer afroamericano en esa posición) fue designada en 2016. Su antecesor, el decimotercer bibliotecario, James Hadley Billington, estuvo en ese puesto desde 1987 hasta 2015, es decir durante ¡28 años! Daniel J. Boorstin lo fue por doce años, entre 1975 y 1987. Y L. Quincy Mumford lo fue durante veinte años, desde 1954 hasta 1974. Yo no sé si los cargos son o no vitalicios, pero lo que es evidente es que no deberían ser sexenales. No deberían serlo, sobre todo, cuando quien lo ejerce ha resultado ser posiblemente la persona de México mejor calificada para hacerlo.

Soy amigo de Daniel Goldin. Escribo estas líneas con indignación y con tristeza, pero no por ello sin razones. Una vez más, como ocurrió cuando Daniel debió dejar el Fondo de Cultura, la arrogancia de la burocracia interrumpe un proyecto cultural, pero también político y social, de inmenso valor. Ahora como entonces, la ignorancia triunfa sobre la inteligencia, la prepotencia sobre la razón, la mezquindad sobre el bien común. Ahora como entonces, quienes deberían proteger lo público vienen a destruirlo. Evidentemente, los fracasos reiterados de nuestros países no son resultado de la ideología de quienes los conducen, sino de los vicios de una cultura política compartida por todos. Una cultura política mediocre, patrimonialista, dominada por la incompetencia y por la estupidez.

 

Buenos Aires, 2019