Masculinidad, política y cultura pop | Letras Libres
artículo no publicado

Masculinidad, política y cultura pop

Es paradójico que quienes temen verse sobrepasados por el acontecer actual se refugien en fantasías heroicas protagonizadas por hombres fuertes que se enfrentan a la democracia liberal, un orden no absoluto que permite el cambio.

Los grandes éxitos de público de la cultura audiovisual pop han reaccionado a los cambios culturales propiciados por la democracia liberal con el típico olfato despierto del mercado. Se aprovechan del éxito universal de la figura del héroe (ahora también abundan las heroínas) en muy diversas sociedades y eras para empaparse del espíritu de la época. Pantera negra, Los juegos del hambre y Capitana Marvel incluyen temas como la raza, el género y las sexualidades no convencionales, dejando intocada la superioridad esencial del héroe o la heroína. La bondad titánica es una necesidad de nuestros espíritus ateridos por la frialdad del mundo real, pues el heroísmo señala que para la especie humana sobrevivir siempre ha sido cuesta arriba, una temeridad biológica y cultural que se nos cobra con un catálogo inacabable de desgracias personales y colectivas. La presencia de los hombres y mujeres heroicos es un triunfo sobre la supervivencia inmediata, terreno en que tendemos a convertirnos en egoístas, básicos y crueles. La ficción es la vía de la catarsis, la vivencia profunda de otro estado de humanidad que nos devuelve a nosotros mismos, más tontos o más inteligentes.

Desde luego, los significados culturales y políticos de la ficción –como los de las religiones– pueden sufrir las más diversas apropiaciones, orientadas todas ellas por la necesidad de sentido en un mundo que no lo tiene más allá de la supervivencia. Las apropiaciones políticas de la figura del héroe cuentan con la bendición de teóricos tan conspicuos del marxismo como Antonio Gramsci y, que me perdonen los amantes del inteligente italiano, el realismo socialista del siglo pasado no hizo otra cosa con novelas y películas cuya realización se orientaba a la construcción del “hombre nuevo”. La tiranía de Mao Zedong se lució con cómics en los que la figura del camarada padre, así llamado por “el pueblo”, se constituía en el ideal absoluto de humanidad, en franca correspondencia con el pensamiento del Che Guevara, ícono pop, que apreciaba en el revolucionario un superior estado de la especie. Figuras como Miguel Díaz-Canel, Daniel Ortega, Nicolás Maduro –portador del espíritu de Hugo Chávez– y el inefable Kim Jong-Un fomentan un culto revolucionario al que apelan constantemente. El más estelar entre todos es Xi Jinping, imperial y poderoso, situado más allá del bien y del mal como líder de un Partido Comunista que promueve el capitalismo más allá de la política, invención digna de la nación más antigua del planeta. No cabe duda, fundar mitologías ha sido el triunfo cultural e ideológico más preciado del titanismo político que prolonga el ideal de la masculinidad patriarcal desde ideologías políticas antiliberales.

Un meme que circula por las redes sociales muestra a Donald Trump desnudo, musculoso y con una rodilla en tierra. Sus brazos sostienen nada más y nada menos que al planeta, en clara alusión a la figura de Atlas, titán de la mitología griega cuyo castigo por oponerse a Zeus consistió en evitar que el arco de los cielos se fundiera con la tierra.

Contemporáneamente, solo Superman emula semejante fortaleza. En el primer filme de la serie, Superman fue capaz de invertir la rotación del planeta para salvar a su amada Lois Lane. Si bien en la mitología griega no existía la moral cristiana con su rígida división entre el bien y el mal, sin duda sobrevive al servir de inspiración para la mitología emanada del cine y la televisión. Héroes, titanes y dioses antropomórficos siguen vivos más allá de su tiempo histórico milenario. Tan antigua estirpe explica, en parte, el formidable éxito mundial de productos como La guerra de las galaxias, El señor de los anillos, The Matrix, la saga de Harry Potter, Los juegos del hambre, Mad Max, X-Men y la serie de películas Marvel, verdadero panteón olímpico del siglo XXI. Ahora bien, la bondad del heroísmo en estos triunfos audiovisuales reside en ubicar con presteza los límites que debe tener el propio poder; no otro es el final de la saga de Potter, quien renuncia a convertirse en el dueño del mundo, aunque puede hacerlo. El bien depende entonces de una decisión personal, lo cual nos recuerda de algún modo los límites precisos que hay que imponer al poder en la sociedad.

La imagen de Trump-Atlas, bastante pagana si se toma en cuenta que se le considera un héroe de la cristiandad no católica, apela en pleno siglo XXI a una ficción unificadora formidable: la política como sentido mismo de la existencia, que incluye la salvación religiosa. Su calidad de héroe lo relaciona con esa peculiar internacional antiliberal que abarca a Vladimir Putin, Jair Bolsonaro, Rodrigo Duterte, Narendra Modi, Recep Tayyip Erdogan y Viktor Orbán, hombres fuertes, verdaderos machos providenciales, que aluden a una masculinidad tradicional ligada con la acción, capaz de superar las barreras políticas e ideológicas –las leyes y los derechos humanos por ejemplo–, defendidas por los blandengues y corruptos representantes de la democracia liberal.

El héroe solo tiene los límites que le impone su propia decisión más allá de los poderes en juego; sobre la mediocridad general, se alza el varón portador de la bendición de dios y la tradición, el hombre empinado en la cima de la creación que viene a poner orden ante las amenazas al orden ideal alcanzado alguna vez en el pasado. No es casualidad que en las redes sociales del partido español Vox se haya usado la imagen de Aragorn, el gran guerrero de El señor de los anillos, para luchar contra los orcos y otros colectivos del mal, verbigracia feministas, movimiento LGBTIQ, inmigrantes, defensores de los animales, políticos liberales y demás especies malditas.

Mal pueden estas ideas y raptos extáticos de imaginación enfrentar las dinámicas del siglo XXI, era de la biotecnología, la conectividad y la crisis ambiental, pero las fantasías heroicas y religiosas son fascinantes para hombres y mujeres golpeados por el fracaso cotidiano o el temor de verse sobrepasados en medio del acontecer actual. Podría parecer paradójico que, desde los corredores de los hombres y mujeres de izquierda y derecha que se sienten marginados y perdedores –por cualquier razón–, se perciba como amenaza la democracia liberal, un orden no absoluto que acepta el cambio. Pero no lo es, tomando en consideración lo que sabemos de la vida humana y su hambre de certeza. Frente a este cuadro inquietante no es suficiente la corrección política para contentar a los descontentos: hace falta una política democrática de una audacia que no veo por ningún lado. Esperemos que surja, para bien de todos.