Lo que pasa cuando Leo Messi tiene prisa | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Wikimedia Commons

Lo que pasa cuando Leo Messi tiene prisa

De todas las versiones del futbolista argentino, hay una en la que parecen condensarse todas las distintas etapas de su carrera.

Con el tiempo, nos hemos ido acostumbrando a una versión de Leo Messi que dista mucho de la original, la de sus primeros y convulsos años. Si la comparación con Maradona fue inmediata se debió a algo más que al hecho de que ambos fueran argentinos, zurdos y presumieran de melena. Había algo en el joven Leo que recordaba persistentemente al Maradona más veces admirado, el de los cuartos de final contra Inglaterra en México 86, el inmortalizado por la narración de Víctor Hugo Morales del gol más famoso de la historia del fútbol.

Había en aquel Messi, por tanto, algo eléctrico, voraz, imparable, de ir superando obstáculos según se presentaban. En 2007, con apenas veinte años, dejó un gol parecido al de Diego, casi calcado,  pero la propia leyenda le puso inmediatamente en su sitio: “Fue un gran gol... pero el mío no fue en la Copa del Rey contra el Getafe”. Para más INRI, el Barcelona perdió aquella eliminatoria. Era Messi por entonces un prometedor escudero en medio de la evidente decadencia de Ronaldinho. No goleaba como Eto'o, no poseía la jerarquía de Deco y Rijkaard no se atrevía aún a concederle el trono del brasileño, así que hubo que esperar a que llegara Guardiola para que Messi diera el paso adelante en el escalafón de su club y de paso en el del fútbol mundial.

Si algo aprendió Messi de Guardiola fue a tranquilizarse. Durante sus primeros años, las lesiones habían sido una constante, hasta el punto de hacerle perderse la final de la Champions League de 2006. Pep dibujó un equipo en el que Messi dejaba de ser un extremo voraz y pasaba a controlar el juego desde el medio, con todo el horizonte por delante para decidir qué jugada convenía. La clave de la convivencia de aquel equipo, uno de los mejores de la historia, consistía en que todos los jugadores sabían que tenían que cumplir exactamente una función, como piezas de ajedrez... y que solo Leo podía saltarse las reglas con la condición de que esa libertad llevara al triunfo, como ocurrió tantísimas veces.

Gracias a un Leo Messi imparable, el Barcelona ganó seis títulos en un solo año y todavía añadiría una Champions League más en 2011, arrollando a un gran Manchester United. El problema era que Messi ya no era el niño que había descubierto a Guardiola con un punto de admiración. A los problemas musculares le siguieron los estomacales, la relación con el técnico se volvió tensa y la economía del esfuerzo llegó a un punto sospechoso: Messi no solo no se comía el campo con carreras y eslaloms imposibles sino que a menudo deambulaba por el mismo, como ausente, trotando o directamente andando, pensando en el partido más que disputándolo.

Con las primeras derrotas –especialmente en la época del Tata Martino– surgieron las primeras críticas al ídolo: las imágenes de Leo vomitando en medio de los partidos se multiplicaron por las distintas cadenas de televisión. Su declive parecía anunciado a los 27 años, como las grandes estrellas del rock. Nada más lejos de la realidad. Se podría decir que Messi se reinventó como se ha reinventado Roger Federer, pero lo cierto es que ha insistido en la fórmula: aún menos esfuerzos, aún más eficaces.

El Barcelona ganó otro triplete en 2015 con una versión extraordinaria de su estrella aunque siguiera corriendo menos kilómetros en el partido que su propio portero. Messi siguió siendo un goleador porque no puede ser otra cosa, pero pasó a ser un verdadero dictador del juego coincidiendo con la retirada de Xavi y los problemas físicos de Iniesta. Se acostumbró a jugar en tres posiciones distintas y aún tuvo tiempo de dejar para la memoria algún gol imposible, maradoniano, como el de la final de Copa ante el Athletic de Bilbao.

Así hasta nuestros días. El Messi de 31 años, padre de tres criaturas, no es el hombre más trabajador del mundo. No tiene por qué serlo. Pongámoslo de otra manera: su trabajo consiste precisamente en no desgastarse, en aparecer y no estar continuamente. Muchos lo confundirán con desidia, pero es simplemente ahorro. Eclipsado por los triunfos recientes del Real Madrid y de su gran némesis todos estos años, Cristiano Ronaldo, Messi sabe cuándo y dónde aparecer y, por lo que se vio el pasado miércoles ante el Chelsea, tiene prisa.

Puede pasarse cualquier partido de liga caminando y aun así marcar un gol de falta, asistir a dos compañeros y tirar tres veces al poste. Esa versión de Messi, insisto, sigue siendo sublime. Pero hay una versión aún mejor. La versión del Messi que recuerda de alguna manera al de su juventud. El Messi que corre en la presión detrás del rival y le arrebata el balón, como en el 2-0 ante el Chelsea. Ese gol tiene todo lo mejor de las distintas etapas de Messi y las resume a la perfección: el hambre, la lucha, la resistencia en el choque uno contra uno, el doble regate en velocidad dejando atrás a dos rivales... y el pase a la nada, al espacio, al hueco que sabe que va a ocupar un compañero que aún ni siquiera aparece en nuestras pantallas mientras observamos en casa. El Messi clarividente, el anticipador, el ajedrecista.

Todavía tendría tiempo Leo de marcar un tercer gol por debajo de las piernas de Courtois, en lo que pareció una jugada perfectamente planeada, pero la obra ya estaba por entonces culminada y enmarcada. No basta ya con decir que “Messi es Maradona todos los días”, como repetía el prestigioso periodista deportivo español Santiago Segurola sino que quizá habría que especificar que a veces, en algunas ocasiones, Maradona era como Messi. Solo que, como diría el Diego, esas ocasiones las reservaba para los grandísimos escenarios y no para los octavos de final de eliminatorias encarriladas.

Hablarle a Messi de retos es absurdo porque siempre se ha tenido que enfrentar al mismo desde que era casi un niño: convertir a Argentina en un sucedáneo de su Barcelona triunfal. Con todo, parece que la única manera de convencer a algunos nostálgicos de que, efectivamente, es el mejor jugador de la historia, es deslumbrar en el Mundial de Rusia de este verano y hacer a Argentina campeona. Porque llevarla a la final en 2014, como la llevó a la final de hasta tres Copas de América, parece que no basta. La perfección o nada. De ahí, quizá, la prisa, aunque sea puntual. De ahí, quizá, el miedo de todos sus rivales.