Leonardo, el artista de la multiplicidad | Letras Libres
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Leonardo, el artista de la multiplicidad

“Ejemplo de multiplicidad es la obra de Leonardo”, asegura el especialista en la obra de Da Vinci, Sir Martin Kemp. Un repaso de algunos de los cuantiosos hallazgos y propuestas del inventor y artista italiano es un paseo por el asombro.

“Ejemplo de multiplicidad es la obra de Leonardo”, dice Sir Martin Kemp, historiador del arte de Trinity College (Oxford) y pionero de las relaciones entre ciencia y arte. “Si se reuniera su obra escrita y gráfica alcanzaría los veinte volúmenes”. A los 14 años de edad Leonardo comenzó a destacar por su vivacidad e inteligencia, de manera que fue aceptado como aprendiz en el taller de Verrocchio, artista conocido por su dominio de variadas técnicas aplicadas al arte como el moldeo de metales, el curtido de pieles, carpintería, dibujo y escultura. Seis años más tarde Leonardo obtuvo el grado de maestro y abrió su propio taller.

Su amistad con dos miembros de la ilustre familia de relojeros y fabricantes de instrumentos científicos, Lorenzo y Eufrosino Della Volpaia, catapultó el genio de Leonardo, pues como en toda empresa humana, una sola persona no puede llevarla a cabo sola. Lorenzo enseñó y proporcionó a Leonardo los más adelantados mecanismos de relojería conocidos en esa época, mientras que a Eufrosino lo conoció cuando estuvo en París, entre 1494 y 1500, invitado especial en la corte del rey Francisco I. Leonardo impresionó al monarca francés con sus artefactos programables, uno de cuyos ejemplos fue el león autómata.

Es considerado como uno de los grandes padres fundacionales de la cibernética que se encuentra en la base de nuestra sociedad hipermoderna. Al reunir disciplinas del conocimiento distantes en apariencia, previó de manera clara la posibilidad de que los organismos vivos establecieran lazos de comunicación tan íntimos como la telepatía o la codificación de signos útiles, cuyo propósito es convivir de la manera más “ambientalista”, diríamos hoy en día, en un entorno terrestre siempre en movimiento, azaroso y muchas veces hostil. Trabajó intensamente en máquinas animalescas, pues estaba convencido de que los organismos naturales tienen algo que enseñarnos para vivir mejor. Para él dibujar, fortificar, esculpir, pintar, inventar formaban parte del inventario de “casos”, “razones”, “principios” que desembocaban en “pruebas” cuasi vivas del mundo que le tocó vivir.

También encontró paralelismos en la estructura y funcionamiento de los cuerpos humanos con máquinas objetivas, es decir, que contuvieran un propósito práctico. Se trata de auténticas analogías. “La analogía es una técnica antigua para explicar el comportamiento de las objetos y los organismos”, afirma Sir Martin. Leonardo la hizo contundente en términos visuales, más allá del poder persuasivo de sus dibujos, y sentó las nuevas bases de “la ingeniería humana”. Debido a su enorme creatividad artística fue capaz de imaginar quimeras, máquinas imposibles para su época. En efecto, diseñó una calculadora y una fuente de energía solar. Sus conocimientos de óptica lo llevaron a jugar con espejos y el concepto de quiralidad, de manera que escribió decenas de páginas al revés.

A diferencia de los ornitópteros, aparatos voladores cuya fuente de energía era el conductor mismo quien debía mover brazos y piernas para llevar su carga, el helicóptero que Leonardo diseñó y construyó en una escala de juguete, tenía un mecanismo propulsor similar a los de ahora. Leonardo estaba seguro de que su artefacto funcionaría en una escala mayor, siempre y cuando contara con la máquina adecuada. Nunca supo de qué naturaleza sería este dispositivo impulsor, pues en su época no se había descubierto la electricidad ni se sabía cómo refinar el petróleo crudo.

En 1500 Leonardo vivía en Venecia. Allí concibió un traje de buzo a fin de escabullirse ante un ataque de naves enemigas. No consiguió fabricarlo pero en fecha reciente una profesional del buceo lo hizo siguiendo las especificaciones y utilizando los materiales que conocía Leonardo, y funcionó. Lo mismo aconteció con su hombre mecánico, construido por la NASA siguiendo las instrucciones anotadas por él. “Quizá el valor más caro en Leonardo fue la manera tan decidida y frenética con que abordó los viejos temas de las artes visuales”, asegura Sir Martin Kemp. Una pintura histórica como La batalla de Anghiari o un asunto bíblico como La última cena nacieron de la imaginación (fantasia), pues ahora sabemos que sus retratos no son una mera transcripción de lo que sus ojos vieron sino de lo que se fraguaba en su cabeza. “El ojo siempre es un aliado del intelecto”, concluye Sir Martin.

Otro aspecto que inquieta a los historiadores del arte es la conducta escurridiza, aparentemente desidiosa de Leonardo, quien afirmaba que había que trabajar a veces y muchas otras no trabajar a fin de ordenar las ideas. El cuadro La adoración de los magos quedó inconcluso, al igual que el que conmemoraba la batalla mencionada antes, comisionado por el Consejo Florentino. Le tomó 25 años finalizar La Virgen de las rocas, por mencionar unos cuantos ejemplos. Era serio aficionado a practicar el ocio creativo. ¿Cómo aguantaron sus patronos semejante “dispersión”? ¿Cómo se salió con la suya? Su talento como inventor, como ingeniero y “maestro del agua” sin duda influyeron sobremanera pero, a diferencia de los artistas que tenían que ganarse la vida aceptando comisión tas comisión, él siempre fue considerado una “criatura de la corte”.

Sir Martin advierte que si bien la leyenda de Leonardo como profeta de la ciencia y la tecnología tiene mucho de cierto, también es verdad que esto ha opacado algo más sutil y profundo en su personalidad: su vocación literaria. Sir Martin encontró en la biblioteca personal del toscano una cantidad notable de libros de gramática latina, así como diccionarios. Poesía profana, tratados y relatos religiosos también llamaban más su atención que algunas obras que hoy podríamos llamar científicas, tecnológicas, médicas y filosóficas. Una lúcida revisión de los escritos, bocetos, pinturas, diseños de Leonardo nos muestra a un cronista de su tiempo, un narrador a través de imágenes que apuntan a descifrar el concetto dell´anima, esto es, el concepto implícito en aquello que anima la vida. Estudia manos, pies, hombros, vientres, cabezas, lleva a cabo su propia selección en un cuerpo “ideal”, según lo exija cada relato. Recompone la realidad. Establece su propia escenografía en una especie de hipernaturalismo, como sucede en Retrato de Lisa Gherardini (del Giocondo), mejor conocido como la “Mona Lisa”, y en Santa Ana y el cordero.

Consciente de que limitarse a reproducir lo que uno ve está muy lejos de acercarse a la poesía, o, en palabras de Dante Alighieri, a la “alta fantasía”, Leonardo recrea lo que sucede en el mundo visible, ya se trate de retratos, como el de Cecilia Gallerani o Juan el bautista; de una escena trascendental, como la última cena de Jesucristo con sus apóstoles; de un paisaje, como sus estudios de valles y montañas; o bien de una batalla gloriosa, como la de Anghiari. Su propósito es acercarse, incluso superar grandes poemas como La Comedia. No es un artista que pretenda congelar el momento oportuno (o indiscreto), sino alguien que quiere ofrecernos noticias del mundo, sobre sus glorias y miserias, sus maravillas y misterios, de la manera más poética y musical a su alcance. La suya es, en suma, una “ficción que significa grandes cosas”, asegura Sir Martin.