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artículo no publicado

Leer los labios también es leer

Algunos apuntes sobre una capacidad fascinante, que emplean incluso quienes oyen bien, que la tecnología busca descifrar y que puede representar, para decirlo con Quevedo, “escuchar con los ojos a los muertos”

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La de Ada Falcón es una de las vidas más enigmáticas y novelescas en la historia del tango. Nacida en Buenos Aires en 1905, brilló en las décadas del veinte y del treinta. Fue una estrella de la radio, actuó en tres películas y grabó más de doscientas canciones. Se tornó una diva como las de Hollywood: exhibía pieles y joyas carísimas, conducía los autos más lujosos, ambientaba su casa con un perfume que le enviaba desde París el marajá de Kapurtala, uno de sus tantos admiradores. Sin embargo, un desengaño amoroso y una especie de delirio místico la llevaron a retirarse de la escena en 1942. Pasó las siguientes seis décadas recluida en humildes pueblitos de las sierras en la provincia de Córdoba, entregada a su devoción religiosa. Murió en enero de 2002.

Poco antes, los cineastas Lorena Muñoz y Sergio Wolf siguieron su huella y la encontraron en el hospicio donde ella vivió sus últimos años. Le hicieron un par de entrevistas: las únicas dos entrevistas que ella concedió en más de medio siglo. La película se estrenó en diciembre de 2003. Se titula Yo no sé qué me han hecho tus ojos (como el vals compuesto por Francisco Canaro, el gran y tortuoso amor de Ada Falcón, inspirado en los ojos de ella y que ella cantó hermosamente) y se puede ver completa en YouTube.

Más de una década después, durante una mudanza, Wolf encontró un material que consideraba perdido: las cintas con la filmación de la primera entrevista, imágenes que no se habían podido usar en la película debido a que, en un accidente, el audio se había borrado. Había sido una pérdida irreparable, ya que, cuando la volvieron a entrevistar, la salud de Falcón se había deteriorado, estaba menos lúcida, ni siquiera recordaba el primer encuentro. Tampoco Wolf recordaba ahora, al reencontrar el material —convertido en escena muda—, lo que ella había dicho en la primera ocasión. No lo había escrito en ninguna parte. Todo se lo había devorado el olvido.

Como un modo de canalizar esa angustia, Wolf hizo de esas imágenes sin sonido otro documental. Una película sobre la búsqueda de la voz perdida, la voz ausente. Se titula Viviré con tu recuerdo y es, como dice la sinopsis oficial, “un viaje a la vez emocional y reflexivo en el que el cine se convierte en un camino para desandar el tiempo y la imposibilidad de abandonar una historia y un personaje inolvidable”. Buena parte de la película —estrenada en 2016— consiste en Wolf viendo las imágenes de su encuentro con Ada Falcón de casi veinte años antes. Intenta leer sus labios. Consulta manuales de lectura de labios, pide ayuda a expertos. Procura reconstruir sus palabras, de alguna manera, devolverle la voz. Imposible no emocionarse cuando logra, por fin, descifrar algunas de las expresiones que se dibujan en la boca de la mujer.

 

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La lectura de labios es una capacidad fascinante. Y mucho más común de lo que creemos: todos lo hacemos, en un nivel inconsciente, aunque no tengamos trastornos en la audición, como una ayuda para procesar lo que nos están diciendo. Una capacidad que se desarrolla bien temprano, como lo demostró un estudio: entre los 6 y 12 meses de vida —es decir, cuando los balbuceos dan paso a las primeras sílabas y palabras— los bebés dejan de fijar su mirada solo en los ojos de sus padres y la llevan también a sus bocas. El niño “tiene que descifrar cómo colocar sus labios para reproducir ese sonido particular que está oyendo”, explicó David Lewkowicz, director de la investigación. Se trata, según este experto, de un proceso “increíblemente complejo”.

Más aún, el mismo Lewkowicz comprobó en un trabajo posterior que los bebés que crecen en hogares bilingües comienzan antes (a los 4 meses) a observar los labios de los adultos que les hablan, y lo hacen durante más tiempo. Para ellos, esa información es crucial. “Cuanto más complejo es el entorno lingüístico en que se encuentran, más necesidad tienen de utilizar estas pistas audiovisuales”, afirmó el investigador.

Alguien que vivía en un país cuyo idioma no era el suyo materno me contó una vez que recordaba con precisión el momento en que supo que entendía bien esa segunda lengua. Fue cuando le contestó con naturalidad a otra persona que le había hablado a sus espaldas. Lo advirtió después de hacerlo: no le había pedido que se lo repitiera mirándolo a la cara, como era normal hasta entonces. Podía entender sin verle los labios. Había pasado a otro nivel.

 

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Las cámaras y pantallas de alta definición han contribuido, sin duda, con las posibilidades de la lectura de labios. Lo saben los actores de doblaje, que cada vez deben esforzarse más para que los sonidos del idioma superpuesto se amolden lo mejor posible a los gestos de quienes se ven en escena. Lo saben los futbolistas, que desde hace unos años han aprendido a cubrirse la boca al hablar dentro de la cancha, para evitar que luego los medios reproduzcan esos diálogos. Si hubieran hecho lo mismo los astronautas de 2001: Odisea del espacio, otra habría sido su suerte, pues sus planes habrían sido ajenos para la siempre ominosa HAL 9000, que los descubre leyéndoles los labios.

 

 

Medio siglo después del estreno de la película de Stanley Kubrick, aquella tecnología parece cerca de convertirse en realidad. Científicos de la Universidad de Oxford, con el apoyo de Google, desarrollaron un sistema informático de lectura de labios que ya es mucho más preciso que los especialistas humanos.

Según explica V. F. Perkins en su libro El lenguaje del cine, de 1972, en tiempos del cine mudo “no faltaban muchos aficionados que aparentemente se convirtieron en unos expertos en leer los labios”. Se podría decir que, de alguna manera, los espectadores de aquella época eran “sordos” para el universo de las películas y desarrollaban ese talento de modo parecido a como los sordos verdaderos lo hacen en el mundo real. En la película francesa Lee mis labios, de Jaques Audiard (2001), la protagonista es una chica sorda que le encuentra un lado positivo a su discapacidad: cuando el mundo se vuelve un lugar demasiado agresivo, baja el volumen de su audífono y se encierra en su silencio. Como si tuviera párpados en los oídos.

Lo que debe ser alucinante es lo contrario: abrir esos párpados por primera vez. La colombiana Jennifer Cañaveral, que es sorda desde sus nueve meses de vida, es capaz de leer los labios en cinco idiomas diferentes. Ella misma lo califica como un “superpoder”. En 2015, a sus treinta años, gracias a un implante coclear, oyó por primera vez. Cuenta que, al escuchar a los Beatles, se le erizó la piel y lloró de la emoción.

 

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Escuché a varias personas lamentarse de que lo primero que olvidaron —que perdieron— de sus seres queridos muertos fue la forma en que estos hablaban. “Me acuerdo de su cara, tengo fotos, pero me voy olvidando de su voz”. Ahora que todos llevamos cámaras y grabadores en el bolsillo, tal vez debiéramos ser más cautelosos: guardar más registros, documentos que serán tesoros el día en que los otros no estén.

“Vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”, rezan los célebres versos de Quevedo, en alusión a la lectura de los clásicos. Sergio Wolf, justo antes de la larga y emocionante escena final de Viviré con tu recuerdo, reflexiona: “Muchos años mirando los ojos de Ada. Ahora mirando su boca. Yo no sé qué me han dicho tus labios”. Wolf quiere escucharla con los ojos, como proponía Quevedo. ¿Cuánto tiempo ha vivido —quizá siga viviendo— en conversación con Ada Falcón? Leer los labios también es leer. A veces, incluso, es tan bello y tan poético como leer a los clásicos.