La vida eterna y florida de la abuela zapoteca de los muxes | Letras Libres
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La vida eterna y florida de la abuela zapoteca de los muxes

Hace nueve meses fue asesinado Óscar Cazorla, comerciante y líder de la comunidad muxe de Juchitán, Oaxaca. Mientras la ciudad se prepara para celebrar la Vela anual, una celebración de la diversidad sexual organizada por las Auténticas intrépidas buscadoras del peligro, colectivo que él fundó, este perfil explica por qué fue una figura querida y respetada, y por qué su muerte aún causa desconcierto y dolor.

Óscar Cazorla López era el pilar de la diversidad sexual en Juchitán, Oaxaca. Fue el fundador de un colectivo único en el mundo, conformado por muxes –un tercer género, más social que sexual, integrado por hombres que se inclinan por la identidad femenina–, llamado Auténticas intrépidas buscadoras del peligro. También se convirtió en un enérgico promotor de campañas contra el VIH. Se volvió una matriarca bondadosa llena de collares de oro y en cuerpo de hombre, a la que siempre le sobraban los motivos para festejar la libertad de los suyos. Óscar Cazorla fue asesinado en su casa el sábado 9 de febrero. Lo mataron, con saña inenarrable, de más de 40 puñaladas; una de ellas al corazón. Su cuerpo tenía claras señas de tortura. Ante los avances inconclusos de las autoridades, el crimen mantiene indignado a todo un pueblo, y en la orfandad a miles de muxes que sienten que alguien les arrebató una pedazo del alma.

 

Una leyenda zapoteca

Si a la gente se le pregunta sobre él, habla en tiempo presente, como si estuviera vivo. Todavía describen al hombre de 68 años como el bonachón tapizado de joyas y flores bordadas en una guayabera, que de forma religiosa asistía a pachangas y eventos proselitistas del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Era contador público de profesión. Se fue muy joven a estudiar a la Ciudad de México y pronto se dio cuenta de que lo suyo era ser comerciante. Empezó a comprar ahí mercancía que era novedad en Juchitán y la vendía en el pueblo cada que regresaba. Pasaron los años e incursionó en el comercio de textiles tradicionales y alhajas. Fue muy exitoso. Quienes lo conocieron de cerca aseguran que era hábil convenciendo a la gente. Se hizo rico. Luego empezó a comprar casas, que rentaba, y se hizo con un hotel, un estacionamiento y el famoso salón de eventos donde hasta la fecha se llevan a cabo importantes celebraciones de la zona, incluida la fiesta anual más importante del tercer género: la Vela de las Intrépidas,como se conoce de forma popular a las Auténticas buscadoras del peligro.

Cazorla era conocido por ser acaudalado y por presumirlo. No daba un paso en la calle sin sus monumentales collares de centenarios. A veces, cuentan sus amigos, hasta se ponía paliacates debajo de ellos para que el peso de las cadenas no lo lastimara. A pesar de esa imagen que confundía a muchos, quienes lo conocieron de cerca aseguran que era una persona que daba todo por los suyos.

Felina, como se hace llamar la actual presidenta de las Intrépidas, lo recuerda como “alguien imponente a quien le gustaba mostrar en público lo que había logrado en la vida, pero que a pesar de todo confiaba en los demás, incluso sin conocerlos.”

El hombre también fue fundador hace 43 años de la Vela de las Intrépidas, una fiesta crucial para entender la cultura de la región. Se trata de un festejo anual del orgullo zapoteca LGBT único en el país.

La Vela de las Intrépidas es un suceso que sorprende a cualquier persona que la vea por primera (o segunda o tercera) vez en su vida. Se festeja durante el fin de semana previo al 20 de noviembre –como la Revolución Mexicana, pero sexual– y obliga a que los asistentes de a pie cumplan de forma estricta con el código de vestimenta, ya que se considera una fecha sagrada. Las mujeres asisten con huipil bordado, abundantes joyas de oro, y enagua o falda larga, y los hombres, con guayabera blanca y pantalón negro. La dotación de un cartón de cerveza es reglamentaria para ellos. Las mujeres dan una “limosna” de arriba de 200 pesos. Esta aportación se entrega en el puesto de comida (dirigido por una familia local) de la preferencia del asistente. Eso le da la posibilidad de comer antojitos tradicionales y beber cerveza helada o mezcal toda la noche y madrugada.

Cazorla supo organizar esa fiesta desde siempre. Especialmente, porque sabía que ciertos “patrocinadores” políticos podían poner mucho dinero para apadrinarlas. En Juchitán siempre fue bien sabido que los nexos políticos de Cazorla eran lo suficientemente fuertes como para que la fiesta “se hiciera casi sola”, y cada vez de forma más sorprendente y fluida que el año anterior.

El hombre siempre buscó la forma de financiar estos eventos mediante donaciones de políticos y empresas, así como de volverlos un homenaje a la diversidad que, contra lo que pasa en el resto del país, es bastante aceptada en esa parte de Oaxaca. 

Felina recuerda que en la casa de Cazorla cabían todas y todos. Allí nunca faltó cena, Coca Colas, botellas de brandy, hombres y música de Juan Gabriel o sones regionales en las bocinas. La parranda era eterna y abierta.

“Siempre le sugerimos que fuera más cauteloso con sus invitados; que pusiera cámaras afuera. Acá todos somos familia y nos cuidamos. Pero no nos hizo caso. Lo único que él quería es que fuéramos felices”, cuenta a su vez Enrique Godínez, director del Departamento de Diversidad Sexual del Ayuntamiento de Juchitán.

 

El huracán tricolor

Más allá de los gestos de amor alternativos y la fiesta, Cazorla también defendía otras batallas. Fue un aguerrido promotor de la educación sexual, la prevención y el tratamiento de enfermedades de transmisión sexual, así como del combate contra la homofobia y el machismo, que, por contradictorio que parezca, también es una realidad en ese “paraíso” sureño de la diversidad.

Yudith López lo recuerda muy bien, porque ambos trabajaron juntos. Con ayuda de Cazorla fundó en 1994 la asociación Gunaxhii Guendanabani (“Ama la vida”, en español), para el combate del VIH. Él las apoyaba con la creación y difusión de iniciativas que casi siempre tenían éxito, debido a que era un imán de gente. Todos entendían el peso de su figura en el Istmo de Tehuantepec y lo seguían casi en automático.

En Juchitán el PRI gobernó durante décadas, y a eso él contribuyó mucho. Era un defensor aguerrido del partido, y su popularidad y carisma lo convirtieron en una pieza clave para convencer a más personas a la causa. Según cuenta Ángel Vega, otro de los miembros fundadores de las Intrépidas, así como amigo cercano suyo, “los políticos lo buscaban para pedirle que juntara a varias muxes y las llevara a sus eventos o mítines, a cambio de despensas, tragos y dinero para hacer la Vela.”

Al respecto, la creadora de Gunaxhii Guendanabani relata que “todos sabían que Óscar militaba en el PRI y que su palabra contaba mucho. El partido se beneficiaba porque los muxes le ayudaban a hacer proselitismo; pero quienes no comulgaban con esas prácticas pensaban que solo eran usados para hacer circo y que ni los tomaban en cuenta en las políticas públicas.”

Maricarmen de Lara es una conocida cineasta de la Ciudad de México. Ella realizó uno de los primeros acercamientos documentales a las muxes de Juchitán. En 1986 estrenó La vela de las Auténticas intrépidas buscadoras del peligro, en donde retrató cómo se vivía esta celebración en el pueblo, desde una lente sin prejuicios que marcó la pauta para trabajos posteriores sobre el tema.

Maricarmen entrevistó a Óscar Cazorla un par de veces para su película. Tuvo mucho tiempo para comprender su figura, y le pareció un hombre fascinante. “Era como un tata. Si en Juchitán tenía que tomarse una decisión importante, invariablemente debía pasar por el tamiz de su aprobación y consejo. Cuando lo conocí me impresionó su seguridad e imponencia. Daba la impresión de que era un tipo que no tenía nada que esconder, y que al mismo tiempo podría ser desparpajado, pero era consciente del poder que tenía en el pueblo”, asegura. La cineasta considera que era un animal político con un liderazgo nato, surgido del día a día.

En eso coincide el escritor y poeta muxe Elvis Guerra, para quien  Cazorla fue un ente que influía de forma inequívoca en todo lo que tuviera que ver con el PRI. Es decir, en todo. “Los que aspiraban a algún cargo público iban a hablar con él. Y si se entendían bien casi siempre lograban lo que querían. Es por eso que muchos políticos en ciernes o en turno solían apadrinar Velas. De esa forma tenían acceso a un público amplio que podría ser base de votantes.”

No obstante, Guerra también cree que el hecho de que las muxes estuvieran ligadas al PRI era una contradicción a los principios básicos del tercer género, “ya que es un partido de derecha que nunca defendió nuestros derechos. Y no solo no era empático ni hacía nada por nosotros, sino que nos pisoteaba.”

El poeta piensa que, a pesar de que Cazorla fue un excelente estratega político, eso fue un desacierto ideológico de las Intrépidas. Entiende que se trataba de una estrategia que funcionó para que las fiestas pudieran seguir realizándose cada año (porque cada Vela cuesta mucho dinero, y quien entonces contaba con él era el PRI), pero era algo que no iba con sus preceptos.

Eso fue así hasta que, en los años ochenta, otros partidos pequeños empezaron a ganarle terreno al de siempre y finalmente remontaron. Actualmente gobierna el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), pero eso no fue un factor de alejamiento entre muxes de distintas adscripciones. Más allá de la política, son una comunidad que mantiene fuertes lazos a su interior.

“Yo considero que justo eso, nuestro grado de unión y solidaridad, es una consecuencia de lo que nos enseñó Cazorla. Él, sin vestirse nunca de mujer, ni querer aparentar nada que no fuera, lograba juntarnos a todos. A pesar de que muchos no pensábamos igual, siempre nos tomaban en cuenta. Él se encargaba de eso”, dice Elvis Guerra.

Ese aspecto del activista era algo que también le llamó la atención a Maricarmen de Lara. “A pesar de sus militancias era de los que creía en el diálogo y en tejer estrategias para que la comunidad muxe creciera. Eso lo volvía un personaje interesante, ya que no solo organizaba al pueblo, sino que simbolizaba un mando y aceptaba la disidencia.”

Es por eso que se le respetaba tanto: porque apoyaba a la comunidad desde el papel de una matriarca conciliadora y con autoridad moral, pero segura de la trascendencia de sus decisiones.

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Despierta

Lo que muchos no saben es que Óscar Cazorla vivía en un ejercicio interminable de disfrute de la vida. Cuando era joven tuvo que reprimir su homosexualidad, que no fue bien aceptada por su familia, específicamente por su padre. Así lo entiende Vivani Cazorla, su hijo. “Es por eso que cuando creció se forjó una personalidad impenetrable e hizo lo que le venía en gana, sin importar lo que pensaran los demás”, asegura.

El joven de 31 años –cuyo nombre traducido del zapoteco al español significa “despierta”– recuerda a su padre con un nudo en la garganta, justamente el día en que él cumpliría 69 años. No se cansa de repetir que su papá siempre procuró lo mejor para él: que nunca le faltara nada, que se hiciera profesionista para aspirar a más en la vida, que nadie en la calle lo humillara por haberse criado con una muxe.

No obstante, dice que hubiera dado lo que fuera por que Cazorla le demostrara el amor que le tenía. Vivani sabía que su padre nunca hubiera dudado en dar su vida por él, pero le costaba mucho externar sus sentimientos. “Con el tiempo logré entender que él no tenía la culpa, sino que su infancia lo había marcado por siempre. Pero lo añoré hasta el último día.”

Cazorla fue sobreprotector. Cuidaba a su hijo a capa y espada porque, según le decía, no se perdonaría que algo le pasara. De niño no lo dejaba salir y lo dejaba en su casa, donde vivía también con su abuela.

“Me acuerdo que antes de irse mi papá me dejaba diez pesos (de aquél tiempo) y yo siempre le pedía a alguno de mis primos que estaban afuera que me comprara un bolis –una especie de congelada– y un chicharrín, para entretenerme mientras los veía jugar.

Vivani dice que sólo lo vio llorar en una ocasión. Él tenía once años. Su padre venía de una reunión con amigos y, con una expresión que tiene fresca en la memoria, pero que aún no logra definir, le pidió que se sentara porque tenía que decirle dos cosas importantes. Una, que él era muxe y que lamentaba mucho que por esa razón a él le hicieran bullying en la escuela; la otra, que Vivani era adoptado y su madre biológica era a la que siempre había visto como su madrina: Carmela, sobrina de Cazorla.

Él no pudo más que desvanecerse en llanto al igual que su padre. “Le dije que a mí nada de eso me importaba y que, ante todo, él y mi abuela siempre iban a ser mi verdadera familia porque me habían cuidado, querido y estaban permanentemente preocupados por mí. Que si él era o no muxe me parecía irrelevante: yo lo acepté tal como era desde que tengo memoria y, por lo mismo, nunca he ido por la vida diciendo que es mi ‘papá adoptivo’. Él fue mi papá y ya. Estaré siempre muy orgulloso de él y lo amaré hasta que me muera.”

Carmela, la madre biológica de Vivani, asegura que su tío siempre quiso ser padre, tener un hijo; y que también fue una persona que nunca pudo estar únicamente con un hombre. Era algo que igual reconocía de forma abierta. “Y estaba bien. Nosotros, como su familia, lo sabíamos y cuidábamos como se podía. A pesar de todo, él insistía en su deseo sincero de ser papá. Le nacía de corazón.”

Según cuenta la sobrina de Cazorla, él le planteó hasta el cansancio sus intenciones de paternidad a su madre. Ella le dijo que la idea le parecía pertinente porque no quería que al final de sus días estuviera solo, pero que si iba a adoptar a un bebé tenía que fijarse muy bien en quién sería. Lo que la abuela quería, recuerda Carmela, es que en vez de que un extraño entrara oficialmente a su casa, fuera mejor alguien de su propia familia.

Estas discusiones ocurrían mientras el hermano mayor de Vivani era un niño. En algún punto se consideró la posibilidad de que se fuera a vivir bajo la custodia de Cazorla. Pero entre tanto nació él, y fue cuestión de tiempo para que decidieran que era el indicado y que debían empezar cuanto antes los trámites de adopción y cambio de apellidos. Así fue como, a cinco meses de haber despertado por primera vez en el calor agobiante de Juchitán, el pequeño se convirtió en Vivani Cazorla López. El hijo legítimo del hombre más importante de toda la zona.

Carmela asegura que a pesar de que su tío tenía un carácter fuerte, era medio irascible y no se dejaba de nadie, ellos tenían una buena relación. Su versión coincide con la de casi todos: él ayudaba a los suyos a toda costa y tenía buena fe en la gente.

“Algo que nunca olvidaré es que una semana antes de su asesinato entraron a robar de forma muy extraña a mi casa, que estaba cerca de donde él vivía en ese entonces, justo al lado de su propio hotel. Era de noche y yo estaba escuchando música de mi celular con los audífonos puestos. Luego mi esposo y yo decidimos irnos a dormir. Poco después me acordé del teléfono y, cuando fui a recogerlo de donde lo había dejado, no estaba. Solo nos encontrábamos ahí él y yo. Fue muy raro.”

La mujer relata que cuando se lo contaron a Cazorla, él no paró de decirles que mejor que se fueran unos días a su casa, porque temía que les pasara algo. Que le parecía sin sentido que solo hubieran entrado a llevarse el aparato. Ellos se lo agradecieron, pero prefirieron quedarse en casa y estar atentos a cualquier movimiento. Una semana después asesinaron a su tío y el celular pasó a segundo término.

 

Un celular

Algo que a los cercanos del hombre de los eternos collares de oro les desconcierta tras su muerte es que Cazorla sospechaba que podía ocurrir en cualquier momento. Tanto Felina, la lideresa de las Intrépidas, como Carmela y Vivani recibieron de parte de él indicaciones precisas de cómo quería que fuera su despedida.

“Un día antes del asesinato, mi papá me dijo por teléfono –yo me encontraba en la ciudad de Oaxaca, a siete horas en auto de Juchitán– que quería que pronto fuéramos juntos a misa, que le pedía a Dios cuidarme mucho en lo subsecuente, que ojalá un día yo me casara”, hace memoria su hijo.

El joven cree que su papá presentía un poco su destino, porque a últimas fechas a veces lo notaba de ánimo lúgubre, como apesadumbrado. Dice que no quiso alarmarse. Pensó que quizás algo le preocupaba, pero que no era mayor cosa. Contestó a sus súplicas por teléfono diciéndole que no se preocupara, que ya se iban a ver pronto.

Luego se acostó a dormir, despertó a la mañana siguiente y, cuando salió de bañarse, revisó el feed de noticias que en automático le ofrecía su celular. De pronto le saltó una nota de un periódico local del Istmo que leía regularmente, Cortamortaja. El titular le heló la sangre: “Hallan sin vida en el interior de su domicilio a Óscar Cazorla, conocido activista de la comunidad gay”.

A Vivani le pasaron por la cabeza muchas cosas, menos la posibilidad de que lo que estaba leyendo fuera cierto. Pero lo era. Ahí, en la imagen que acompañaba la nota, podía ver claramente la fachada de su casa, iluminada por luces azules y rojas de patrullas, y una muchedumbre curiosa amontonada en la calle, con la misma expresión desencajada que él tenía en ese momento, y que no aprendería a disimular sino hasta meses después.

Se comunicó con su familia, que confirmó lo que temía. De inmediato tomó su carro y llegó lo más rápido que pudo al pueblo. Cuando llegó a su casa encontró una inmensa mancha de sangre en el piso. Solo eso y una atmósfera que, aún con la tragedia recién pasada unas horas antes, nunca se ha sentido pesada. Nunca. “Es como si él siguiera ahí, vistiendo con flores y bailando la música que le gustaba”, asegura Carmela.

Cuando la familia pidió el primer dictamen forense, les describieron un escenario dantesco. El cuerpo de Cazorla había recibido 41 puñaladas en distintas partes del cuerpo. Gran parte de ellas habían sido en el pecho, pero sus brazos también fueron desgarrados con un encono indescriptible. Hasta su rostro tenía cortadas. La sola descripción era devastadora.

Entre sus allegados se barajeó la posibilidad de un crimen pasional, pero muchos la descartaron porque a él no le interesaban las relaciones sentimentales de compromisos mayores. Se preguntaron si quizás el móvil había sido un robo, pero cuando hicieron una inspección a detalle de la casa sólo hacía falta una cosa: su celular. Otra vez un celular.

Las preguntas seguían en el aire. ¿Qué había pasado? ¿Quién había sido capaz de tanta monstruosidad? ¿Por qué Cazorla nunca llegó a convencerse de instalar cámaras de circuito cerrado en su casa?

La Fiscalía General de Oaxaca no ha revelado mayor información sobre el caso. De forma pública solo giró un boletín inicial, en el que se daban las señas de reconocimiento básicas de la víctima y donde también se aseguraba que las investigaciones para encontrar al o los responsables ya estaban en curso.

En Juchitán están inconformes con eso: no solo porque se trata nada más y nada menos que de Cazorla sino además porque desde hace diez años han sido asesinados seis muxes en condiciones similares a las de él. Son muchos quienes quieren que se llegue al fondo del asunto.

Por las condiciones y el grado de violencia con que se cometió, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y Amnistía Internacional (AI) también manifestaron su interés en el caso. Y aunque en el pueblo se discutieron muchas hipótesis sobre lo que pasó –y algunas de ellas tienen que ver con la sexualidad de Cazorla– las autoridades aún no dan a conocer avances en la dilucidación de los hechos.

 

Irse del mundo al ritmo de son

Decirle adiós a Cazorla fue difícil, pero también fue una fiesta, como él pidió tantas veces en vida. La tradición zapoteca marca como obligación poner un moño negro en la entrada de la casa de quien ha fallecido, pero en su caso hicieron una excepción y colgaron uno blanco. Esa es la señal de que quien murió “se fue virgen”.

Sus seres queridos se encargaron de que el luto se convirtiera en el festejo de una vida. No iban a permitir que se tratara de una ocasión fúnebre, que él hubiera rechazado de forma contundente. Recibieron el cuerpo de manos de las autoridades el domingo 10 de febrero y lo prepararon para las ceremonias habituales de la zona.

Su cuerpo estaba irreconocible, pero consiguieron que alguien les ayudara a dejarlo más parecido a como era en vida. Le maquillaron las heridas de los brazos, los surcos de la cara. Lo perfumaron y enfundaron en un pantalón negro y una guayabera del mismo color, bordada con las flores coloridas que habrían distinguido su paso por cualquier calle, fiesta y evento político de Juchitán. Le cubrieron el pecho son sus cadenas y centenarios; llenaron sus dedos con anillos y piedras preciosas. Óscar Cazorla se acomodó en su féretro con la cabeza erguida.

Una vez que estuvo listo para despedirse de todos en el velorio, colocaron su caja al centro de una sala, prendieron incienso y dieron inicio a los rezos frente a una cruz hecha con flores blancas, que simbolizaba su alma presente.

En Juchitán dicho ritual ha de repetirse de la misma forma durante nueve días: frente a la misma cruz, con los mismos rezos y flores nuevas cada mañana. Pasado ese tiempo las oraciones se hacen cada viernes, hasta cumplir 40 días. Luego se hace una misa en memoria de la persona fallecida y, por la madrugada, finalmente se retira la cruz de flores y se desmantela por completo el lugar donde se guardó luto. Según los locales, ese es el momento en el que el alma de la persona que ha partido encuentra un lugar en su nuevo mundo.

Pero Cazorla encontró su lugar desde ese primer día de velorio. Los asistentes no faltaron a sus costumbres, pero tampoco dejaron que la atmósfera fuera del todo triste. Sonaron canciones, la gente brindó con mezcal o con café. Así anocheció. Así amaneció.

En cuanto dieron las diez de la mañana del día siguiente, que era el lunes inmediato al crimen, sus restos fueron llevados a la explanada del Palacio Municipal del pueblo, donde las integrantes del colectivo que él fundó le dedicaron varias palabras de agradecimiento por su legado y pidieron a las autoridades esclarecer lo que había pasado.

Entre aplausos y caras largas, partieron todos al famoso panteón Domingo de Ramos. Eran unas 150 personas, casi todas vestidas de negro, incluso las Intrépidas. La familia esperaba a más gente, pero luego de reflexionar llegaron a la conclusión de que “estuvieron con él sólo quienes lo apreciaban de verdad.” Avanzaron en medio de una bulla istmeña de trombones y trompetas, que más de una vez interpretó el son favorito del difunto: Guie’ Cheguigu (o “La Flor de Cheguigo”, que a su vez es el nombre de uno de los barrios más famosos de Juchitán). “Esa canción le encantaba a él. Y me pidió muchas veces que el día que lo enterráramos la tocaran y la gente la bailara con alegría en su memoria”, recuerda Vivani.

A los nueve días, la ceremonia típica se tornó en algo que prácticamente nadie esperaba. Fuera de la casa de Cazorla tronaron cohetes, como se acostumbra hacer en las fiestas de personas jóvenes y solteras; llegaron bandas de viento de la región a ambientar con melodías en español y zapoteco y, finalmente, las Intrépidas improvisaron una pequeña Vela que hubiera hecho sonreír a su matriarca: llegaron con cartones de cerveza y cestos rebosantes de bolitas de queso, tamales de cambray, tortitas de elote, garnachas y totopos.

Juchitán estaba de luto, pero hizo una pausa para festejar: no sólo por la memoria de un activista, ni siquiera por la de una madre; más bien, por la de una abuela. La abuela de las muxes.

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La más querida de todas las Intrépidas

Ángel Vega, el amigo de Cazorla, dice que para él ya se acabó la Vela de las Intrépidas, porque se les fue por siempre su pilar. “Yo no tengo ganas de volver a ir. Nunca será lo mismo. Lo único que me queda claro es que, donde quiera que esté Óscar, seguro ya está organizando alguna pachanga. Ya muchos de nosotros se nos habían adelantado al cielo y seguro lo estaban esperando para empezar a armar algo.”

Por su parte Elvis Guerra, el poeta y escritor muxe, cree que la Vela seguirá triunfando porque no solo es una fiesta, sino también una protesta social. Una que, por cierto, también está seguro que tuvo un grado importante de influencia en la reciente aprobación del matrimonio igualitario en Oaxaca, el 28 de agosto. Esa fue una batalla que también libró Cazorla en vida.

En los meses posteriores al asesinato, muchos se han preguntado por el destino de la mayor festividad del orgullo LBGT en el sur del país. Se especuló que había terminado y que sólo harían una última edición en noviembre de este año. Pero con el paso de los meses las aguas fueron calmándose poco a poco, y el consejo de muxes que auxiliaba al activista en la organización decidió que Vivani tomara su lugar, en un gesto simbólico de gratitud.

Entonces la Vela de las Intrépidas seguirá viva. Con otra persona a la cabeza, pero seguirá. La de este 16 de noviembre se celebrará en grande porque la harán en honor a la memoria de Cazorla. Los preparativos están en curso. Pretenden que sea la celebración más grande que hayan tenido desde su fundación.

Aunado a eso, el colectivo tomó otra decisión que marcará un parteaguas en su historia: Las Auténticas intrépidas buscadoras del peligro se conformarán como asociación civil. En vida, Cazorla siempre se negó a dar el paso, a pesar que las demás muxes lo intentaban convencer para lograr una comunidad legal e institucionalmente más fuerte.

Ahora, con el reacomodo de la comunidad, Vivani cambió de parecer. Él sí está de acuerdo en que unan esfuerzos para que, a través de una organización sin fines de lucro, la comunidad LGBT de Juchitán tenga más voz y presencia a nivel nacional; para que puedan hacer más visibles los asesinatos y violencia de género que la azotan; para que su palabra trascienda el folclor y la excentricidad y se vuelva un manifiesto honesto de lucha por la diversidad.

Vivani dice que lo que viene es un gran reto para él, pero que ya tuvo mucho tiempo para aprender directamente de su padre cómo se hacen las cosas.

“Él me dijo que nunca me rindiera y no lo voy a hacer. Y aplica igual para la resolución de su muerte. Yo no sé en qué vaya a acabar esto, lo único que quiero es que se haga justicia. Mi papá me dijo que tomar revancha por propia mano siempre iba a ser una muy mala decisión, que Dios es justo y eventualmente acomoda todo en el sitio que le corresponde. Confío en ello. Deseo que esto se aclare pronto.”

También Carmela, la madre de Vivani, y Felina, la presidenta de las Intrépidas, quieren que la persona responsable del crimen pague por ello, “porque lo que le hicieron a Óscar no tiene perdón y nadie, absolutamente nadie, merece morir así.”

Felina, que fue de las primeras personas en llegar a la casa de Cazorla cuando empezaron a correr los rumores de su muerte, dice que prefiere quedarse por siempre con la imagen del hombre que sonreía y manoteaba feliz cada que escuchaba “Guie’ Cheguigu”.

“Cando crucé su puerta y empecé a ver rastros de sangre en el piso de su sala, supe que era momento de salirme de ahí. Contuve unos segundos las lágrimas. Me di la vuelta y decidí recordarlo como la persona feliz y generosa que fue con todos. Ahora nos queda asimilar su partida y exigir que encuentren a los responsables. Óscar siempre será la más querida de todas las Intrépidas”, sentencia.