La invención de nuevas formas de leer | Letras Libres
artículo no publicado

La invención de nuevas formas de leer

Antes que contenidos, ciertas revistas presentan formas originales, diseñadas por la mente de su editor. En el epílogo a una serie que exploró la labor de cinco editores de publicaciones inusuales que llevan el concepto de revista a su expresión máxima, el autor sintetiza sus hallazgos.

Se edita para hacer legible el mundo. Hay revistas extraordinarias que lo hacen, y de esa manera permiten la comprensión de un momento actual de maneras no previstas: modifican nuestra percepción de los sucesos y las cosas. Seleccionan un aspecto del presente con intenciones muy particulares y lo presentan con una forma distintiva: una reacción o un antídoto al mundo tal cual es; una manera de establecer un diálogo con él –un diálogo propuesto por un editor, que nos hace ver las cosas desde una perspectiva en esencia personal. En su encuentro y lectura se produce una respuesta estética: el asombro.

En una serie de cinco artículos sobre la edición contemporánea en revistas –publicaciones sobresalientes en su proceso editorial o con características distintivas e inesperadas– encontré que su esencia no está en la revista misma, sino que fue desarrollada y probada años o décadas antes de que existiera, y que sigue hablando hoy en el objeto impreso. Las revistas seleccionadas, actualmente en circulación –Apartamento, Harper’s Magazine, Lapham’s Quarterly, The Happy Reader y The Week–, muestran solo cinco formas de un infinito de posibilidades (me he quedado con muchos deseos de ensayar también sobre Cook’s Illustrated y Magazine B). Hay tantas formas –o debería de haber tantas– como editores, aunque en la práctica son más bien hallazgos raros. Entrevisté a sus editores para hablar, más que de la revista actual y sus contenidos, de su concepción editorial y del proceso de pasar sus ideas al papel. Son publicaciones que he leído por años, algunas desde el primer número, pero lo que me interesaba transmitir no era tanto esa historia ni la experiencia personal, sino su forma particular de mostrar y desarrollar un concepto. De alguna manera leo en ellas más su trabajo editorial que sus textos.

La definición generalizada de revista no es muy sofisticada. Hasta los artículos en revistas que hablan sobre revistas tienden a ser predecibles y descriptivos, sin explorar más allá del recuento histórico, las anécdotas o los factores externos, generalmente políticos, que las rodean. También porque hay muy pocas publicaciones que realmente provengan de una concepción interior, autoral, de trabajo previo con la forma y la estructura. Las que lo hacen son excepciones, y muchas quedan fuera de nuestro alcance. Es evidente la falta de imaginación: pasar de un editor que selecciona autores que le gustan o le convienen (unidos por un lema o una temática) a entender la ontología del medio, sus territorios, límites y posibilidades. Encontré, a lo largo de la serie, tres valores destacables:

 

1. El editor inventa algo: una forma

Hay profesiones que se desarrollan a través de tareas mecánicas: tienen que ver con un “saber genérico”, que en teoría cualquiera puede aprender y realizar. En el otro extremo encontraríamos la mente del artista. Por ahí, entre la técnica y el arte, encontramos al editor, que hace algo que no tiene que ver exactamente con saberes, sino con un proceso de invención e improbabilidad que nadie más podría lograr. Aunque alguien lo intentara, un cambio imperceptible en la concepción (punto de inicio) arrojaría un resultado radicalmente distinto en la lectura (punto de llegada).

¿Qué es eso que inventa el editor de revistas? Una forma: es decir, una especie de lienzo, un contenedor; una serie de reglas en donde su idea puede vertirse, no importa si es simple o extravagante. La revista presenta contenidos, pero antes de eso hay una claridad intelectual y emocional: una forma que nace de una intención narrativa que precede al texto, y que no es social, sino personal. Cada editor y revista (teóricamente) inauguran una forma, pues no hay dos editores o revistas iguales. (Pensemos en ella como el ejercicio de imaginar una habitación: dimensiones, materiales, iluminación, temperatura, orientación, altitud, latitud, habitantes, instalaciones, mobiliario, uso, es decir, el reconocimiento y la creación de una atmósfera. Y hay que tener en cuenta todo aquello, definirlo, antes de trazar los planos que después harán posible su construcción.) ¿Qué forma tienen las revistas de esta serie? Intentaré reducirlo aquí de manera muy esquemática. The Happy Reader: dos mitades unidas por los libros: una completa y una fragmentada; una contemporánea y otra retrospectiva. Lapham’s Quarterly: cientos de objetos encontrados en el tiempo y en el espacio que se unen como hipótesis de una mente histórica. The Week: miles de fragmentos publicados previamente en otros medios, combinados para contrastar ideologías en el mismo párrafo. Harper’s Magazine: secciones introductorias que sirven para dar contexto no solo al resto de la revista, sino al momento de lectura. Apartamento: mosaico irregular de entrevistas largas y piezas breves que encajan entre sí de maneras no previstas. Cualquiera puede dibujar esquemas de estas estructuras con la mayor simpleza posible, y eso ya es una señal de acierto.

Es en la mezcla de forma, contenido y producción que aparece la genialidad y calidez de estos títulos. ¿Pero de dónde vienen o cómo se inventan esas formas? Las precede un concepto vago, un chispazo en la mente del editor que explota como un big bang. La exploración y la formalización de esa explosión se convierte en forma, que deviene contenido en la revista, pues modifica la lectura. Leemos un artículo y al mismo tiempo leemos el contenedor que lo aloja –acabado, circular, propio–: una estructura que simboliza el pensamiento que lo creó –y no un lugar común, no una frase hecha. El editor tiene que inventar esa estructura para decir lo que tiene que decir de la manera en que quiere decirlo. Habla, al igual que los autores, pero sin usar una palabra. Esa forma sólida y atractiva genera un interés por la exploración de la revista y su lectura: el equivalente a una trama irresistible en una novela. Más que su acervo, es esa invención lo que hace específicas a ciertas publicaciones: un todo reconocible –lo mismo que una persona, un amigo, hecho de idiosincrasias y contradicciones, y sin embargo auténtico. Podríamos llamarlas revistas de autor, pues sus procesos solo funcionan en ellas.

 

2. La edición como ejercicio de la imaginación

La imaginación puede liberarnos de una ideología particular. Ver todo con la lente ideológica es quizás inevitable, pero su exceso reduce la visión del mundo al ojo de una aguja. No puede ser lo que dicte la forma en que leemos el tiempo: lo empobrece. Es como reducir toda nuestra vida a la economía. El pensamiento libre va mucho más allá, y la edición de una revista es un medio idóneo para expandir la imaginación de un lector, al mismo tiempo que puede ser un instrumento para otorgar placer –intelectual o no– de otras maneras. Cuando la estructura misma de la revista es solo ideología, está ignorando las posibilidades del medio, lo reduce y empobrece: satisface una oportunidad compleja a través de una respuesta básica.

Es común encontrarse con ciertos anhelos que rondan “la idea” de una revista: responder a su tiempo, a su espacio, a las características particulares que la circundan. Pero eso –si solamente es eso– resulta en publicaciones predecibles, mecánicas, por llamarlas de alguna manera, que en el fondo no están ganando ningún territorio extra. Antes de eso, la revista debería responder a su autor-editor, capaz de imaginar un ejercicio nuevo. Y esto no supone un esfuerzo para él; solo es un despliegue de carácter. No importa lo bien que la conozcamos, cada edición nos sorprende como la primera: tiene algo de infancia –de magia– y algo de adolescencia –de inesperado–; además, claro, de madurez –solidez y consistencia en el conjunto.

 

3. El editor crea conexiones

La mente del editor funciona como un algoritmo. Quizá es un algoritmo deseable, por inesperado; o promedio, por repetitivo. Asociamos la palabra algoritmo con tendencias, con una inteligencia destilada del usuario, que da preferencia y visibilidad a lo viral y que desea generar una adicción. Admiro cómo la mente de cierto editor parece explorar otras cosas, introducir temas y tratamientos que no eran para nada lógicos o previsibles, pero que una vez que se materializan hacen sentido de una manera misteriosa con lo que estamos leyendo –o quisiéramos leer– en ese momento. El pensamiento algorítmico analiza todo lo que hay en un universo, relaciona entre sí todos los elementos de maneras muy particulares y al final arroja un resultado. Hay un editor que no es parte de ese proceso, solo lo observa e intenta encauzarlo. Pero hay otro que puede crear ese universo: propicia sinapsis y genera conexiones que nadie más vería. La expresión de esos hallazgos y formas de pensar es permitido –o generado– por una forma (un antes), no por sus contenidos (un después), y supone un avance, por mínimo que sea, hacia una nueva epistemología, que puede ser también una salida del mundo.

Se crea entonces un tejido nuevo, una red de contenidos y lectores en una proporción antes inexistente. Su importancia no reside en reconocerlo, sino en las posibilidades. En una revista así, el texto (palabra o imagen) tiene más sentido dentro de sus páginas (acompañado de otros textos) que fuera de ellas. La edición habla por encima de las partes –que tendrían menor valor o legibilidad si no estuvieran unidas de esa manera, con esa intención editorial; es decir, que parecen compartir una misión, como si hubieran sido escritas para estar ahí. Si una de esas partes desapareciera, ¿se sentiría su falta o podría ser reemplazada?, ¿perdería algo de sentido fuera del contexto para el que fue escrita? Parecen cuestiones sutiles, pero creo que eso es lo que hace un editor, un personaje oculto que equilibra, de manera inseparable, la forma y su contenido. Así, la revista de autor se relaciona con el libro o la película: es más una unidad superior que una suma de fragmentos: el todo es más que la sumatoria de las partes: el autor y el editor desaparecen pero la edición que los sostiene permanece.

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El internet y las pantallas forman parte de un medio demasiado primitivo (¿aún?) para poder contener y replicar la experiencia de los tres valores anteriores (invención de nuevas formas, ejercicios de la imaginación, creación de conexiones). En una revista total, sus fragmentos funcionan como hipótesis (editoriales) comprobadas en el objeto mismo, imposibles de aislar. Esto es fácilmente demostrable: las características esenciales de las cinco revistas mencionadas al inicio no pueden representarse en una pantalla, pues carece de las posibilidades para contenerlas. Las versiones “digitales” de esas revistas las despojan de los valores mismos que les otorgan su carácter único. Y es que la disposición visual es parte fundamental de la invención editorial –solo un facsímil podría resolverlo–: en ellas, lo lineal y dactilar siguen siendo tecnologías superiores.

La revista entonces no es solamente variedad; no es lo que gusta o disgusta a un editor: es lo que puede imaginar y transmitir en un tabloide horizontal que se despliega en papel frente a los ojos. Internet aloja con facilidad todos los textos, desde nuestra lectura más memorable hasta los relámpagos textuales que alimentan los medios a diario (las condiciones tipográficas se han resuelto favorablemente y son cada vez mejores). Pero la revista de un editor, en donde cada elemento está unido y relacionado, ya desde la forma, se estructura en llamadas y conexiones internas, en la autorreferencialidad textual, reforzando la idea del todo, la incursión por la mente del editor, mientras que en una publicación digital, por su naturaleza efímera y multiuso, estas tienden hacia afuera, hacia una excursión fuera de la intención inicial, fragmentando la posible unidad, que de cualquier manera nunca fue mostrada.

Una forma original (es decir, personal) con contenido genérico resulta en una publicación esnob, mediocre, aburrida. Cuando lo opuesto sucede –un gran contenido colocado en una forma genérica; un texto detrás de otro– la publicación es poco atractiva. Muchas de las revistas que leemos entran en esta categoría, en donde la publicación se reduce a soporte, más informativo o pasivo que imaginativo; quizá sea una buena compilación o antología, pero no una revista: no ha entendido ni aprovechado el medio; su falta de interés elimina la posibilidad de una experiencia estética compleja.

Es por medio de esa experiencia bien resuelta, de una voz fuerte y peculiar, que aparece una emoción editorial en el lector. El editor hace un esfuerzo por alterar nuestra concepción previa de la realidad. En el proceso de esa invención, en ese choque de forma y contenido se libera una energía: del interior del mundo sale algo que no pudimos haber conocido por cuenta propia, y que la mirada del editor, que llegará a ser cada vez más la nuestra, nos permite ver, pensar y leer.

 

Este artículo es parte de una serie sobre la edición contemporánea en revistas. Publicaciones sobresalientes en su proceso editorial o con características distintivas e inesperadas.