La fiesta imprevista del Atlético de Madrid | Letras Libres
artículo no publicado
Imagen: Carlos Delgado/Wikimedia Commons

La fiesta imprevista del Atlético de Madrid

El Atlético de Madrid vive actualmente una fiesta imprevista que dura ya muchos años y que tardaremos en valorar en su justa medida.

Lo primero que conviene recordar es que no hace tanto que el Atlético de Madrid era un club irrelevante en Europa y casi, al menos a nivel deportivo, en España. Desde 1996, cuando ganó el doblete liga-copa de la mano de Radomir Antic, hasta 2010, cuando Quique Sánchez Flores llevó al equipo a ganar la Europa League (en la prórroga ante el Fulham), el equipo pasó casi quince años de zozobras, descensos, intervenciones judiciales y desencantos deportivos. Años en los que fue más conocido por sus campañas publicitarias y sus cambios de entrenador que por cualquier otra cosa.

Es probable que los que tengan presentes aquellos años no tan lejanos no terminen de entender esa sensación de hastío que ha acompañado al Atlético como mínimo en estos dos últimos años. Este continuo plañir, esta insatisfacción constante, este pensar que ir segundo en la liga y disputar los octavos de la Champions no es para tanto en comparación con que el Girona te elimine en el descuento de la Copa del Rey. De acuerdo que el equipo tiene presupuesto y plantilla para estar donde está, pero eso no debería ser motivo de queja sino más bien de celebración.

La afición atlética siempre ha tenido fama de entregada, devota y por la misma razón, exigente. A menudo, en exceso. Ha pasado por tanto que siempre desconfía. Generalmente por delante de su directiva a la hora de detectar los problemas del club, por una vez los eternos Gil Marín se le adelantaron con un movimiento clave: cuando se empezaban a generalizar los murmullos contra Simeone y su supuesta incapacidad para manejar un proyecto mínimamente ambicioso (sí, el mismo Simeone que ha ganado liga, copa y Europa League con el Atleti y lo ha llevado a dos angustiosas finales de Champions), los propietarios del club decidieron renovar al argentino.

En un juego dado a los excesos y los dramatismos, fue una decisión sensata y correcta que ayudó al club y despejó dudas. Los jugadores saben a lo que atenerse. Los aficionados, también.

Sin duda, todo ello ayudó al resultado de este miércoles ante la Juventus, que deja a los rojiblancos con la eliminatoria muy encarrilada. Para llegar lejos, hay que llegar juntos. El Atleti no entiende de fogonazos sino de constancia y de sacrificio. Igual que la afición a veces peca de demasiado exigente hay que reconocer que se maneja en el compromiso a las mil maravillas: si el Vicente Calderón siempre fue uno de los campos más incómodos para el visitante, ahora han conseguido reproducir el mismo ambiente en otro campo a las afueras de su ciudad, en mitad de la nada y sin vínculos emocionales de por medio.

El Atlético del Wanda Metropolitano no desmerece en nada a su versión anterior. A lo largo de estos mágicos cinco años han pasado por ambos campos en competición europea equipos como el Barcelona, el Milan, el Chelsea, el Real Madrid, el Bayern de Munich, la Juventus... y ninguno ha sido capaz de ganar en un partido de eliminatorias. Es más, solo dos (el Milan en 2014, y el Real Madrid en 2017) consiguieron marcar un gol... y en ambos casos acabaron perdiendo el partido.

Es un registro impresionante que habla de un club enorme. Quizá no tan enorme ni tan regular como el Barcelona en la liga española ni tan enorme y contundente como el Real Madrid en la Champions, lo que le condena a un incómodo segundo plano en ambas competiciones contra el que intenta rebelarse siempre que puede. La segunda parte ante el equipo de Allegri y Cristiano Ronaldo fue sublime. Mucho más que coraje y “testiculina”. Un acoso en toda regla a una de las mejores defensas de Europa, un dominio aplastante ante otro equipo capaz de llegar a dos finales de Champions en el último lustro y no ganar ninguna.

Por supuesto, aún puede pasar de todo. La Juventus puede ganar 3-0 en Turín y mandar todo este artículo a la basura, pero queda algo: queda la continuidad del trabajo bien hecho. Tal vez no un trabajo muy brillante, pero que evoluciona como evoluciona el de sus rivales. Un sistema capaz de funcionar en 2013 como en 2019. Una maquinaria que se atasca quizá en exceso ante rivales pequeños pero que no deja de rendir a plenitud cuando llegan los grandes compromisos.

Es la del Atlético de Madrid una fiesta imprevista que dura ya muchos años y que tardaremos en valorar en su justa medida. Una fiesta en la que Griezmann comparte mesa con Godín y Giménez sin poner pegas. No siempre hay canapés para todos, eso es cierto... pero también es cierto que nadie los pedía cuando hace diez años el club luchaba prácticamente por no desaparecer.