Kobe Bryant y el dolor a la distancia | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Keith Allison from Baltimore, USA [CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)]

Kobe Bryant y el dolor a la distancia

Para los angelinos, ese muchacho que llegó apenas salido de la preparatoria, y que creció con ellos, fue mucho más que la figura de su equipo. Se había convertido en uno de ellos. En familia. Y su muerte se sintió como lo que fue: la pérdida de un ser querido.

Uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia sucedió en el patio de mi casa. No me acuerdo qué hacía exactamente pero sí que, de pronto, salieron mis padres, con el rostro descompuesto. Asustado, pregunté qué sucedía, y la respuesta aún me queda grabada, después de tantos años: “murió Borges”.

Yo había visto su nombre en las tapas de sus libros, pero era, por supuesto, demasiado chico para haber leído algo suyo. No entendía entonces por qué la noticia significaba una tragedia. Más aún porque, que yo supiera, nadie de nuestra familia lo conocía en persona. Lo que me quedaba claro es que, por el gesto en sus rostros, mis padres sufrirían con su ausencia como si hubieran disfrutado todos los días su presencia.

Pasó el tiempo, descubrí la obra del extraordinario escritor argentino, entendí aquella pena y a la distancia también la hice mía. Entendí que los buenos momentos forman vínculos tanto o más fuertes que el contacto diario. Y que el dolor de la pérdida puede tener la misma intensidad.

No soy un gran fanático del basquetbol, pero aun así la muerte de Kobe Bryant me representó un shock. Y no fui, por supuesto, el único. Las redes sociales explotaron con la noticia, primero con incredulidad y después con genuina tristeza.

Fue, para empezar, la sorpresa. Se trataba de un hombre de 41 años, que dejó este mundo de manera completamente inesperada, en el cénit de su vida, si bien había puesto punto final a su carrera un par de años antes. 

Más allá de eso, el gran impacto fue el sentimiento de pérdida colectiva. Se había ido uno de los iconos más importantes en el deporte de nuestro tiempo. Una presencia constante, un nombre que cualquiera, aficionado a su disciplina o no, podía reconocer.

Para quien lo conocía personalmente, la noticia fue, por supuesto, mucho más devastadora. Compañeros y rivales homenajearon al amigo perdido entre lágrimas. Pero la desolación invadió incluso a aquellos que sólo lo habían visto a través de una pantalla. Con su juego, con los grandes momentos que les hizo vivir en su carrera, Kobe logró trascender el espacio físico y volverse parte integral de sus vidas. 

En ningún lado se sintió más el impacto que en Los Ángeles, la ciudad que durante 20 años hizo suya. Porque Bryant no era un angelino cualquiera, sino el hijo pródigo, la cara de los Lakers, la franquicia más ganadora de la liga. 

El número 24 contribuyó como el que más a la generación de la leyenda de los púrpura y amarillo. Con ellos se coronó campeón cinco veces, y fue el Jugador Más Valioso en dos de esos títulos. Además, fue seleccionado en 18 ocasiones al Juego de Estrellas y su presencia en el Salón de la Fama está más que asegurada.

Pero no solo fue eso. En una época donde los jugadores no tienen reparo en cambiar de aires por la promesa de un mejor contrato, Kobe se mantuvo siempre fiel a sus Lakers. Fueron dos décadas de excelencia continua, y de alegría para millones de fervientes fanáticos de la ciudad.

Apenas unas horas después de darse a conocer la noticia, en las calles de Los Ángeles empezaron a aparecer anuncios espectaculares con su foto y la leyenda: “Gracias por los recuerdos”. Para los angelinos, ese muchacho que llegó apenas salido de la preparatoria, y que creció con ellos, compartiendo alegrías y tristezas, fue mucho más que la figura de su equipo. Se había convertido en uno de ellos. En familia. Y su muerte se sintió como lo que fue: la pérdida de un ser querido. 

Porque, ¿qué nos acerca más a otra persona que vivir las mismas experiencias y compartir las mismas emociones? ¡Qué importa si es en carne y hueso, a través de un libro o de una pantalla! Su ausencia duele igual porque, haya sido como haya sido, nunca dejó de estar presente en nuestras vidas, aún a la distancia. Y hoy ya no está.

Descansa en paz, Kobe Bryant.