Jon Stewart: un sabio de la risa | Letras Libres
artículo no publicado

Jon Stewart: un sabio de la risa

Los programas nocturnos de variedad en Estados Unidos tienen una larga historia. Los primeros, por allá de la década de los cuarenta, copiaron la estructura de la radio y se concentraron en la música antes que en la conversación. Así fue que el legendario show de Ed Sullivan recibió a los Beatles, a Elvis Presley y a los Doors. El formato comenzaría a evolucionar con Steve Allen, pionero de la televisión, y luego con Jack Paar, hombre inteligente que apostó por el arte del diálogo para convencer a la audiencia de quedarse despierta. La elocuencia y velocidad de ambos redefinieron el oficio de presentador nocturno. Los animadores dieron paso a los conversadores y, con ellos, a una era inusual: la de la inteligencia. A Paar siguieron maestros de la entrevista como Dick Cavett –que tenía la enorme virtud de saberse menos interesante que sus invitados, a los que dejaba hablar con holgura– o el mismísimo Johnny Carson, que se adueñó del Tonight Show que había comenzado Allen hasta convertirlo en el programa más importante de la historia de la televisión estadounidense. Gracias a su afabilidad y notable sentido del humor, Carson se mantuvo al aire tres décadas.

Tanto Cavett como Carson (y después, a su manera, David Letterman) apostaron por una televisión entretenida pero lúcida y bien informada. Los tres eran capaces de adaptar su tono al del entrevistado de la noche, así fuera un entrenador de animales, un tenista estrella o un candidato presidencial. Las charlas eran siempre amenas pero también reveladoras: detrás del entretenimiento había mucha cabeza.

Pero el formato no envejeció bien. Con el paso de los años, la inteligencia fue cediendo terreno a la frivolidad. El retiro de Johnny Carson abrió la puerta a Jay Leno, poco interesado en otra cosa que no fuera el entretenimiento en su versión más inane. Leno llegó al Tonight Show a principios de los noventa y se quedó en la silla hasta 2009. En los ratings, venció a Letterman –con su comedia cáustica y penetrante– a lo largo de sus diecisiete años al aire. El éxito de Leno auguraba un triste futuro para la televisión nocturna en Estados Unidos.

Y entonces llegó Jon Stewart.

Stewart ya había fracasado como anfitrión de un programa nocturno cuando la cadena de televisión por cable Comedy Central lo llamó para hacerse cargo de la franquicia más importante del canal: el Daily Show, curiosa mezcla entre una parodia de un noticiero y un programa típico de charla. Desde el principio, Stewart se acercó al desafío con originalidad. Políticamente hiperactivo, viró el contenido del programa hacia el mundo noticioso. Entre broma y broma, Stewart hablaba completamente en serio. Tuvo además el buen tino de rodearse de talentos extraordinarios. Con “corresponsales” como Steve Carell, Rob Corddry o Mo Rocca, el Daily Show de Stewart comenzó a borrar la delgada línea entre la sátira y la búsqueda de la noticia. Aunque insistía en que solo era un comediante, Stewart se volvió el periodista más importante de los últimos quince años en Estados Unidos. No tardó en ganar audiencia, sobre todo entre los más jóvenes.

Aun así, cuando uno ve hoy aquellos primeros programas de Stewart en Comedy Central, queda claro que al Daily Show le hacía falta un adversario. La tragicómica política estadounidense se encargaría de proveérselo en la persona del inefable George W. Bush. Después del triunfo de Bush en 2000, Stewart y su creciente equipo de profesionales se dieron a la tarea de exhibir las barbaridades del nuevo presidente y sus secuaces fanáticos. La labor del Daily Show se complicó (para bien) después del 11 de septiembre. Los atentados y la desenfrenada reacción del gobierno de Bush le dieron nuevo filo al programa. Desde su escritorio en Manhattan, Stewart se convirtió en el más elocuente antagonista de la narrativa bélica de Bush. Mientras Bush declaraba “misión cumplida”, Stewart se burlaba del ridículo desplante del presidente, que había decidido cantar victoria antes de tiempo disfrazado de piloto aviador como niñito en Halloween. Y así ad infinitum. Durante ocho años, Stewart no dejó títere con cabeza. Le hizo la vida imposible a Rumsfeld, Cheney, Rice y todo el elenco del terror bushiano. De Iraq al huracán Katrina, no les perdonó una. Ni media. Nada.

Durante la presidencia de Bush y después en los años de Obama y la desleal oposición republicana, Stewart hizo suya la voz del escepticismo y el reclamo, una voz eminentemente... joven. Y, sobre todo en aquellos años posteriores al 11-S, una voz poco común. En la época del consenso histérico de la “guerra contra el terrorismo”, Stewart prefirió la razón y el temple intelectual e incluso moral. Entrevistó con valentía a los protagonistas de aquellos tiempos (su charla con Donald Rumsfeld es legendaria, aunque a Stewart lo dejó insatisfecho por no poder exhibir al escurridizo ex secretario de Defensa). Por si fuera poco, se atrevió a recibir a novelistas, académicos y otros invitados muy lejanos al modelo de entretenimiento bobalicón de Jay Leno (y de su sucesor, Jimmy Fallon): lo mismo George Clooney que Pervez Musharraf o Christopher Hitchens. Stewart apostó por cultivar a su público antes que adormilarlo con frivolidades y segmentitos vacíos pensados solo para el mundo viral de YouTube. Además se dio el gusto de formar escuela, incluido el programa de su amigo y colaborador estrella Stephen Colbert, otro genio, digno heredero del espacio de David Letterman. Y claro: Stewart lo hizo todo siendo genuina, intensamente chistoso. Un sabio de la risa, descendiente directo de la mejor tradición televisiva estadounidense: la de la inteligencia.

La única duda que queda es si Stewart tuvo el buen tino de pasar la estafeta a la persona correcta. En una decisión extraña, Comedy Central escogió al comediante sudafricano Trevor Noah para hacerse cargo del Daily Show tras la salida de Stewart. Acusado de plagio, pagado de sí mismo y poco empapado de las complejidades políticas estadounidenses, lo de Noah no pinta bien. Si Noah saca el barco de la televisión inteligente a flote, un aplauso. Si no, razón de más para extrañar a Stewart. Yo ya lo echo de menos. ~