João Gilberto, el mito “desafinado” | Letras Libres
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João Gilberto, el mito “desafinado”

A finales de la década de los 50, el músico bahiano logró que la fuerza expansiva de la samba reverberara dentro de la caja de una guitarra. El resultado fue un nuevo género musical, la bossa nova, que lo convirtió en un mito brasileño y universal.

He could read a newspaper and sound good.
Miles Davis

Hace unas semanas murió João Gilberto, el rey de la bossa nova. Este rey taciturno, de vestir desaliñado, que huía de las cámaras y mantenía la vista sobre los trastes de su guitarra, fue para su país el Mito que inventó una nueva voz.

El 10 de julio de 1958 él y Tom Jobim entraron al estudio para grabar de nuevo la canción que ya habían registrado unos meses antes, entonces con Elizeth Cardoso en la voz y João en la guitarra, y cuyo lanzamiento no había provocado muchas olas. Conscientes de que tenían en sus manos una pieza importante, insistieron. Esta vez, João cantaría. Eran días de optimismo en Brasil, con una primera copa del mundo recién ganada y con una capital futurista por inaugurar. Así vio la luz “Chega de saudade”.

La canción anuncia un nuevo estilo, nacido de la samba, pero que toma prestado tanto del jazz como de la música clásica. De manera muy curiosa, su estructura está dividida en dos partes de igual duración: una primera, donde el cantante narra su desdicha ante la partida de su amada, que está en armonía menor, y una segunda en la que imagina su regreso, que está en mayor. Los arreglos de Jobim –la línea sinuosa de la flauta, las notas largas de las cuerdas que aparecen y desaparecen sutilmente, los contracantos del trombón– serán la semilla de una estética suntuosa que dará pie a orquestaciones de Eumir Deodato y Claus Ogerman que servirán de música de fondo para elevadores y salas de espera alrededor del mundo. Pero debajo de todo están la voz y la guitarra de Gilberto.

“João Gilberto es un bahiano, “bossa nova” de 26 años (…) Simple, sincero y extraordinariamente musical. En poquísimo tiempo, influenció a toda una generación de arreglistas, guitarristas, músicos y cantantes”. Ya desde entonces lo describía así Tom Jobim, el mayor genio compositor del movimiento, en la contraportada de aquel disco, titulado igual que la canción. En sus doce temas, todos brevísimos (el más corto dura un minuto quince, y ninguno rebasa los dos y medio), João establece un nuevo canon: una voz plácida que flota sobre los demás instrumentos, desprovista de vibrato y prácticamente sin cambios de intensidad al cantar, y cuyo distintivo fraseo provoca una interesante polirritmia entre voz y acompañamiento, al apiñar sílaba contra sílaba como si entre todas formasen una gran palabra. En contraste, su guitarra lleva un pulso perfectamente estable. Gilberto destiló el ritmo de la samba, llevando con el pulgar el tiempo fuerte del tambor a la vez que, con los demás dedos, toca acordes característicamente sincopados que darán la sensación de un pulso que no deja de avanzar. Ahí se encuentra la mayor genialidad del músico: la fuerza expansiva de la samba de pronto reverberó dentro de la caja de una guitarra, resultando en una música de dimensión mucho más personal y profunda.

La calidad de las piezas del disco sin duda contribuyó a la potencia de la onda expansiva. Algunas son sambas reinterpretadas de gigantes como Ary Barroso, Carlos Lyra o Dorival Caymmi. Otras, como “Hô-ba-la-lá” y la onomatopéyica “Bim-Bom”, son exquisitas composiciones del propio Gilberto, quien por cierto no escribió más que doce a lo largo de su carrera, entre ellas “Acapulco”, donde su tararear –otra de sus aportaciones al estilo– no solo sirve como introducción a la pieza sino que es la pieza misma. Dos más son del genio Jobim: “Chega de saudade” yDesafinado, canción que quedará indisociablemente ligada a Gilberto y en la cual el cantante reprocha a su amada el desdén con que ella califica su cantar poco entonado, argumentando que “en el pecho de un desafinado también late un corazón”.

Jobim conduce la letra de Newton Mendoça, de un sutil y delicioso humor no exento de emotividad, a través de elegantes giros musicales de equiparable sutileza en la melodía de la voz, como el tritono –la disonancia por excelencia– que se escucha al combinarse con el bajo la primera vez que pronuncia la palabra clave (“si dices que desafino, amor”), los saltos de la voz a notas cada vez más altas que reflejan primero el “inmenso dolor” que le provoca y luego la indignación de que describan su canto como “antimusical”, o al contrario, el intervalo descendido que refleja, en otro momento, que el cantante posee apenas lo que Dios le dio, perfectos ejemplos de word painting, música diseñada para transmitir lo que la canción describe a través de una melodía impredecible y fluctuante, y que sin el necesario acompañamiento, siempre sonará maravillosamente desafinada.

Todo ese optimismo lleva sin embargo una capa de saudade –un sentimiento que combina tristeza, melancolía y añoranza de una forma difícil de describir para quien no venga del país del fado– que dota al género de una complejidad emocional mucho más profunda. El himno del movimiento, “La chica de Ipanema”, canción que llevó a Gilberto (y a la bossa nova) a miles de tocadiscos en Estados Unidos, Europa y buena parte del resto del mundo con la versión del disco que el músico grabó con el saxofonista estadounidense Stan Getz (acompañados por Astrud Gilberto, entonces mujer de João, también en la voz, y el compositor, Tom Jobim, en el piano), es una loa a la belleza de la garota tanto como al suspiro que, al pasar, provoca en todos. El poeta Vinicius de Moraes, letrista de esta y tantas otras canciones de la oleada, la describe así: “Ella es el paradigma de las jóvenes cariocas; la mujer dorada, mezcla de flor y sirena, llena de luz y de gracia pero cuya visión es también triste, pues lleva consigo, camino del mar, el sentimiento de lo que pasa, la belleza que no es nuestra: es un don de la vida en su lindo y melancólico fluir y refluir constante.”

La ligereza que aparentemente define a la bossa nova, pues, no es tal. La propia “Chega de saudade” no narra el reencuentro con la amada, sino el sueño de que ocurra. La secuencia inicial de la galardonada Orfeo negro, de 1959, presenta una frenética batucada de percusionistas andantes que irrumpen en la pantalla y sirven como fondo musical para decenas de personas –mujeres que cargan la compra o lavan ropa, niños que juegan con sus mascotas, jóvenes que juegan fútbol, un chico que vuela un papalote– al interior de una favela de Río de Janeiro según se acerca el carnaval. Poco a poco se filtran los primeros acordes de “A felicidade”, otra joya de la mancuerna Jobim-de Moraes, también grabada por Gilberto (aunque no la versión de la película), cuya letra hace un agudo contrapunto con el animado panorama:

La tristeza no tiene fin,
la felicidad sí;
la felicidad es como una gota
de rocío en un pétalo de flor:
brilla tranquila,
después oscila levemente
y cae como una lágrima de amor.
La felicidad del pobre parece
la gran ilusión del carnaval,
la gente trabaja el año entero
por un momento de sueño
para fingir ser
un rey o un pirata, o jardinera,
y que todo se acabe el miércoles…

El miércoles se acaba el carnaval; si la samba es la música que lo acompañaba, la bossa nova es el eco que resuena cuando las calles se han vaciado. El portavoz principal de esta música, tan dulce, nostálgica, ligera y profunda a la vez, no pudo haber sido otro que João Gilberto, Joãozinho, genio retraído, músico taciturno, que cantaba a medio susurro sin levantar la mirada, y al que todos –Caetano, Gilberto Gil, Miucha, Chico, Milton, Elis, Tom– reconocieron como su creador.