Gandhi, la cartografía de la memoria | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Librerías Gandhi

Gandhi, la cartografía de la memoria

Un recuento de experiencias personales de cara al próximo cierre al público del la icónica librería del sur de la Ciudad de México.

Lunes 6 de agosto de 1979, tengo 17 años. Milagros Mier da por terminada la primera clase de Introducción a la Teoría del Conocimiento anotando en el pizarrón la bibliografía que utilizaremos a lo largo del semestre.

–Lean para el miércoles los dos primeros capítulos del libro de García Morente –ordena categórica.

Nerviosa, me revuelvo en la silla.

¿Dónde conseguir el libro? ¿En la biblioteca? ¿O será mejor comprarlo? ¿Comprarlo en dónde? La librería del campus estaba cerrada como consecuencia del terremoto de marzo que había devastado los edificios de la Ibero, la biblioteca funcionaba con precariedad.

Volteé a ver al compañero de al lado:

–Oye, hace dos días llegué a vivir al DF, no conozco la ciudad, y no sé dónde conseguir los libros que debemos leer.

–Vamos a Gandhi, me dijo, la mejor librería de la ciudad.

Pepe en su gremlin, y yo en mi caribe, tomamos Taxqueña y nos dirigimos al 134 de Miguel Ángel de Quevedo. Estacionamos los coches en el Áurrera de enfrente (hoy reconvertido en WalMart), y entramos a una variante del paraíso de Borges, a la Librería Gandhi.

Anoto en mi diario los primeros libros que allí compré: Lecciones preliminares de Filosofía, de García Morente (Editorial Porrúa); la monumental Historia del cine mundial, de Georges Sadoul (Editorial Siglo XXI), El principio del placer, de José Emilio Pacheco (Editorial Joaquín Mortiz) y La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska (Editorial Era).

 

Martes 10 de noviembre de 1981, tengo 20 años. Gabo, ese es Gabo. Aquí, en Gandhi, recorriendo con atención los estantes. Me precipito a buscar el libro suyo que acabo de leer, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su desalmada abuela, la edición de Monte Ávila. Voy con Gabo, le pido que me autografíe el libro. Inolvidable su mirada, su sonrisa envuelta en ese bigote espeso, inconfundible. Toma su pluma. Dibuja una flor. Estampa, además, ‘Gabo’. Me devuelve el libro, y lo recibo como lo que es para mí: un objeto sagrado. Observo los libros que lleva en el brazo: poesía. San Juan de la Cruz, Federico García Lorca, López Velarde. En mi diario, subrayo en rojo el encuentro; en azul, la fecha. Reviso la nota al año siguiente, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura.

 

Jueves 23 de septiembre de 1982, tengo 21 años. El martes, ya tarde, me llamó alguien que conocí en la tardeada del domingo del Bar El 9. Es un sentimiento que –todavía– “no se atreve a decir su nombre”. Me invitó a salir, acepté, me preguntó dónde nos podremos ver. Sugerí Gandhi: allí me siento libre, entre los libros se disuelve mi timidez patológica. Podré hablar de lo que me gusta, y si me aburro, podré escabullirme sin mayor problema. No fue necesario. He conocido a alguien fascinante.

 

Miércoles 5 de octubre de 1983, tengo 22 años. El lunes 3 tomé posesión como directora general de editorial Jus. Mi primera visita a una librería será a Gandhi. Voy a revisar el inventario, preguntaré cómo los estamos atendiendo, qué libros me sugieren reeditar. He analizado la facturación de los últimos dos años, y Gandhi, junto con Porrúa y Parroquial de Clavería, está entre nuestros principales clientes. Los tres pagan justo al vencimiento de la factura. Gandhi está pidiendo algunos títulos a consignación. Veré qué podemos negociar.

 

Sábado 14 de junio de 1986, tengo 25 años. Hemos salido de Cuernavaca después de desayunar; manejo y converso con Carlos Monsiváis, a quien acabo de conocer. La noche anterior, después de admirar la arquitectura de Félix Candela y los murales de Siqueiros, González Camarena y Reyes Mesa, asistí a la conferencia que Monsiváis dictó en el auditorio de ese prodigio total que es el Hotel Casino de la Selva, en donde tanto él como yo nos hospedamos. ¿El tema? “Conferencia sobre el mal gusto, el sexenio de López Portillo”. Carlos dio datos hilarantes sobre un sexenio marcado por los excesos; en la sesión de preguntas y respuestas le pregunté sobre la figura más patética de ese periodo. Respondió con su brillantez e ingenios acostumbrados: “Difícil, se distinguió por su abundancia”. Terminó la plática, bajó del estrado y fue directamente hacia mí, me preguntó mi nombre y a qué me dedicaba. Le respondí. Me invitó a desayunar al día siguiente. A la mesa se acercó una admiradora suya a saludarlo y a pedirle un autógrafo; le preguntó cómo planeaba regresar al DF. Carlos respondió que en autobús; interrumpí la conversación para decirle que al levantarme de la mesa pensaba regresar a México, que –si aceptaba– podríamos regresar juntos. Aceptó.

–¿Qué haces ahora? –me dijo en Insurgentes, a la altura de Ciudad Universitaria.

–Nada en especial, respondí.

–¿Vamos a Gandhi?

Fuimos. Revisamos las mesas, recorrimos los estantes; me sugirió comprar Al faro, de Woolf, Opus Nigrum, de Yourcenar, y La enfermedad y sus metáforas, de Sontag. Lo hice. Tomamos café, hablamos largo. Lo llevé a su casa. Me invitó a regresar por la tarde a ver cine. Ofrecí llevar una pizza.

 

30 de julio de 2020, tengo 59 años. Ayer me casé con alguien con quien me citaba clandestinamente en Gandhi cuando empezaba nuestro romance; a quien 20 años después de compartir juntas la vida, todavía invito a tomar café a la que sigo llamando ‘la nueva Gandhi’.

Leo en tuiter que la sede original de Librerías Gandhi no albergará más libros: será, a partir de los próximos meses, la sede de las oficinas de un corporativo que es indudable protagonista de la historia cultural de nuestro país.

Incorporo mi desazón a la tristeza colectiva. Mi vida ha transcurrido entre tintas, prensas planas, papeles, rotativas, libros, escritores, bibliotecas, librerías. He visto las transformaciones que la tecnología ha impuesto al mundo en el que elegí vivir: compuse líneas en tipos móviles y ahora leo en Kindle; imprimí el periódico de mi familia en una descomunal y ruidosa prensa plana y ahora puedo reproducir mi tesis doctoral en una pequeña y silenciosa impresora; folié manuscritos que se compusieron en linotipo, y ahora asumo que todo escrito surge en versión electrónica. Pero admito que nunca imaginé ser testigo de la transformación de ese territorio esencial de un pasado común que atravesó cinco, seis generaciones, al menos.

De Librerías Gandhi a oficinas de Gandhi. Silencio. Me sumerjo en el vértigo de la memoria.