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Fugitivos del cubículo, el espacio de trabajo del freelance

Un fantasma recorre los cafés de la Ciudad de México: el fantasma del freelance que improvisa, en cualquier mesa, un espacio para trabajar.

Un fantasma recorre los cafés de la Ciudad de México: el fantasma del freelance que improvisa, en cualquier mesa, un espacio para trabajar. El trabajo independiente, modalidad que crece con rapidez en el país[1] lo altera todo, incluyendo los espacios de la ciudad. Hoy la oficina puede estar en cualquier parte; para los más afortunados, una habitación del hogar convertida en estudio, aunque también es frecuente la imagen de una mesa (o una cama) invadida por papeles de trabajo donde la engrapadora se mimetiza con los cubiertos. Para otros, la oficina es cualquier café donde existan enchufes y wifi. Para otros más, ya hay espacios de alquiler diseñados específicamente para este trabajador que, desprovisto de una oficina, participa en lo que algunos llaman una “revolución laboral”.

El diseño de las oficinas se ha modificado a lo largo de las décadas permitiendo observar en sus interiores los cambios en las dinámicas de trabajo. En el siglo XX, las torres de oficinas sirvieron para marcar jerarquías: entre más alto el piso, más alto el rango. Entre más grande y vistosa la oficina, más importante el empleado. Hoy en día la mayoría de las oficinas juegan con la idea de espacios menos rígidos –y más horizontales, al menos en la disposición de las mesas—que promueven la convivencia y el intercambio de ideas relativas al trabajo; los muros han mutado por espacios abiertos que permiten a todos los trabajadores ser sujetos de observación y control colectivo. Las transformaciones en los espacios de trabajo promovidas por grandes consorcios tecnológicos como Google y Facebook, buscan, mediante una paleta de colores llamativos, espacios de estética lúdica y donde el trabajo permite cierta posibilidad de relajación y convivencia, borrar un poco la frontera que divide los horarios laborales de los de recreo y descanso.  En la oficina contemporánea el mensaje espacial de jerarquía permanece: los espacios privados, cuando existen, son privilegio para los altos mandos.

Dentro de la evolución de las oficinas, una nueva modalidad ha surgido con fuerza en años recientes. Se trata de los co-workings, espacios de trabajo compartidos que pueden alquilarse por horas, días o meses que ya proliferan en todo el mundo ofreciendo una alternativa espacial para los profesionales independientes. Santa Fe, Prado Sur, las inmediaciones de Reforma y colonias como Roma, Condesa y Polanco se han convertido en zonas donde es fácil encontrar estos lugares que se ofrecen como centros de “conexión de emprendedores”, “plataformas colaborativas”, “aldeas creativas” y una variedad de términos acuñados por el emprendimiento, en donde los trabajadores autónomos pueden gozar de la estructura y organización de un espacio tradicional. De acuerdo con lo que anuncian los co-workings, la mayoría se posicionan como lugares interesados en crear “comunidad”, con amenidades como zonas de descanso, áreas para juntas y barras de café y cervezas ilimitadas, imitando en cierto punto las oficinas de los gigantes creativos de Silicon Valley, y ampliando con ello los servicios para convencer a los emprendedores de pagar un alquiler mensual. Con interiores donde abunda la madera y los acabados industriales, mesas largas y barbudos trabajando en sus computadoras portátiles, estos espacios con estética taylorista de Pinterest buscan fomentar la “creatividad” y la “inspiración”, promoviendo también la idea de un sitio que hace del trabajo algo disfrutable. En el orden social y espacial del co-working descansa la ilusión de una oficina a la carta que se vende como una experiencia, con convivencia y amenidades (por ejemplo, la posibilidad de llevar a tu perro al trabajo, mesas de ping-pong, eventos y días de convivencia con los inquilinos del lugar, etc.) que, de igual modo que las oficinas contemporáneas, refuerzan la idea de un límite cada vez más difuso entre los espacios de trabajo y los de esparcimiento.

El co-working, un negocio que se configura a partir de la necesidad de un espacio de trabajo, muestra que las oficinas no han muerto. Todavía no son obsoletas y hasta la fecha no dejan de construirse, en muchos casos son un mal necesario para el freelance. Aunque todavía es bajo el porcentaje de trabajadores independientes asiduos a estos espacios compartidos, es difícil creer que el freelance de hoy deba ofrecer su fuerza de trabajo, sus herramientas laborales e incluso invertir en el alquiler de un espacio y no recibir a cambio prestaciones como seguro de gastos médicos, seguro para el retiro o vacaciones pagadas. No es raro entonces que sean emprendedores que comienzan y consorcios recién llegados a la ciudad quienes adopten la espacialidad del co-working (Uber comenzó en uno, las oficinas de Buzfeed México se ubican en una de las sedes de la compañía WeWork). Tampoco es extraño que, como respuesta a una nueva fuerza laboral,  en el orden físico de la ciudad, el café sea con frecuencia el espacio adoptado por el trabajador independiente. Los cafés de la sirena verde proliferan como un microcosmos de alto-soya-latte,  laptops y llamadas por Skype en cada mesa. Es común que en estos espacios de apariencia monótona y ambientada con éxitos del pop covereados en versión bossa nova, se celebre una reunión con clientes, una entrevista laboral o incluso la firma de algún contrato. A su vez, el número de cafeterías convencionales que apuesta por dar asilo a los trabajadores sin oficina, incrementa.

Las dinámicas espaciales alrededor del freelanceo muestran la precariedad a la que los trabajadores autónomos están sujetos si quieren ser parte de esta supuesta “revolución laboral”. Como si fuera poco estrés trabajar sin prestaciones, gestionar las responsabilidades, manejar una agenda de clientes, conseguir las herramientas de trabajo, y desempeñar labores en horarios poco convencionales, el trabajador independiente debe contemplar cuál será su espacio de trabajo. Si la idea de la tecnología permite que la mayoría de los trabajos puedan realizarse desde cualquier lugar, debemos preguntarnos cómo responden los espacios públicos a este respecto y la respuesta es sencilla: parece que estos espacios de la ciudad todavía no se percatan de la necesidad de contar con espacios para trabajo. En oposición, hay una carencia que es bien aprovechada por negocios particulares. Tal vez si la mayoría de las bibliotecas públicas no estuvieran tan venidas a menos y mal aprovechadas, tan deterioradas y poco atendidas, estos lugares –así como bibliotecas de museos, de escuelas o salas de centros comunitarios—, podrían posicionarse como verdaderos centros de trabajo para los profesionales independientes, comunicando algún tipo de respuesta a  las nuevas dinámicas laborales y ofreciendo soluciones públicas a esta coyuntura social y económica.

 

[1] En 2015 la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo reportaba más de 13 millones de personas laborando junto a 33 millones de trabajadores subordinados; esta fuerza laboral incrementó 29% en 2016 y para el primer semestre de este año, el aumento de freelancers fue de 33%.