Para entender la guerra cultural de Bolsonaro | Letras Libres
artículo no publicado
Fotos: Correio da Manhã / Dominio público // Desconhecido; Digitalizado por Selma Silveira. / Dominio público. Ilustración: Letras Libres.

Para entender la guerra cultural de Bolsonaro

La guerra cultural bolsonarista se alimenta de una mezcla entre la Doctrina de Seguridad Nacional de la Guerra Fría y una interpretación histórica delirante extraída de un proyecto revisionista llevado a cabo por la línea dura del ejército brasileño.

Desde sus inicios, el gobierno de Jair Messias Bolsonaro emprendió una guerra cultural sin precedentes en la historia de Brasil, cuyo potencial de destrucción no puede subestimarse. La comparación con el Kulturkampf alemán del siglo XIX o las culture wars norteamericanas de las últimas décadas es útil precisamente porque permite señalar un contraste fundamental con la ofensiva bolsonarista: en el actual gobierno brasileño no se trata meramente de ganar el debate, sino de eliminar al enemigo interno. Tales son los sutiles términos utilizados por los ideólogos del bolsonarismo

Por esta razón, resulta imperioso comprender la dinámica propia de la guerra cultural bolsonarista y procurar identificar el trasfondo paranoico que impulsa al gobierno actual. Brasil corre un riesgo real de destrucción de las condiciones mínimas para la investigación académica y la producción artística.

En enero, el ahora ex ministro de Cultura, Roberto Alvim, con el fin de apoyar eventos artísticos diversos, anunció que el Premio Nacional de las Artes contaría con un presupuesto de 20.5 millones reales (alrededor de 87 millones de pesos). En principio, no había nada que objetar, al contrario. Sin embargo, en su discurso kamikaze, el antes director de teatro no solo parafraseó un texto de Joseph Goebbels de 1933 al afirmar que “el arte brasileño de la próxima década será heroico y será nacional [...] o no será nada”, sino que también recurrió a una estética claramente asociada con la propaganda nazi: música de Richard Wagner como telón de fondo; una impostación de la voz que parecía involuntariamente salida de un número cómico; y rictus y miradas dignos de un bribón más o menos talentoso emulando a Jack Nicholson en The shining de Stanley Kubrick.

En menos de 24 horas, debido a la repercusión del episodio, el presidente Bolsonaro, reacio, despidió a uno de sus seguidores más leales. Aunque todo indica que deseaba preservarlo en su posición. En cualquier caso, más importante que la inevitable renuncia es una pregunta elemental: ¿cómo es posible que alguien con las inclinaciones del exsecretario haya llegado tan lejos?

He aquí la hipótesis que propongo: la guerra cultural bolsonarista se alimenta de una mezcla indigesta entre la Doctrina de Seguridad Nacional –desarrollada en la Escuela Superior de Guerra en el contexto de la Guerra Fría– y una interpretación histórica delirante extraída de un proyecto revisionista llevado a cabo por la línea dura del Ejército brasileño.

La Doctrina de Seguridad Nacional es draconiana: una vez que se identifica al “enemigo interno”, debe ser eliminado de inmediato. Por supuesto, el comunismo es el hombre de paja de esta concepción y, vislumbrarlo en todas partes, su obsesión. En el contexto de esta concepción bélica, que en su origen tenía como objetivo combatir a las guerrillas de izquierda que resistieron a la dictadura, el Estado brasileño recurrió a la tortura sistemática, a la ejecución y a la desaparición de adversarios políticos.

El traspaso de esta doctrina de guerra al área de la cultura se llevó a cabo en el contexto de una iniciativa secreta del Ejército brasileño: el proyecto Orvil. Orvil, un “contra-libro”, fue concebido como una respuesta a la publicación, en 1985, de Brasil: nunca más, un libro de gran importancia que ofreció a la sociedad un balance en forma de denuncia de las diversas violencias de la dictadura civil-militar (1964-1979).

Un trabajo excepcional de periodismo de investigación, realizado por Lucas Figueiredo en 2007, sacó a la luz la secreta labor de compilación de documentos efectuada durante tres años bajo la dirección del general Leônidas Pires Gonçalves, en ese momento ministro del ejército en el periodo del presidente José Sarney, primer gobierno civil después del golpe de 1964. Con base en esos documentos, un grupo de oficiales preparó un informe de casi mil páginas que proponía una narrativa alternativa de lo ocurrido, al hacer énfasis en lo que las Fuerzas Armadas consideraban como los crímenes de las organizaciones armadas de izquierda que actuaron en Brasil, especialmente en los centros urbanos, de 1968 a 1972. El entonces presidente Sarney vetó la publicación del proyecto Orvil. Y solo se conservaron unos pocos ejemplares que habían comenzado a circular de mano en mano en un sector restringido de militares y militantes de extrema derecha.

El galardonado reportaje de Lucas Figueiredo puso fin al misterio y hoy Orvil se puede leer en su totalidad, ya que está disponible en Internet. Además de compilar documentos del servicio secreto y de los órganos de represión, Orvil ofrece una bien construida (aunque delirante) teoría de la conspiración, que tiene como objeto denunciar los supuestos esfuerzos internacionales para imponer un gobierno comunista en Brasil. Orvil identifica cuatro fases de ese intento. Las tres primeras fases habrían sido derrotadas militarmente. Sin embargo, la cuarta fase, la más “peligrosa”, habría comenzado en 1974, precisamente el año en que se eliminó físicamente la resistencia armada a la dictadura. En ese tenor, Orvil, con solemnidad castrense, advierte que en ese año el movimiento comunista cambió su estrategia: derrotado en el ámbito de las armas, decidió transferir la lucha al campo de la cultura, “infiltrándose” así en todos los sectores de la sociedad. Y dado que las fuerzas armadas, sin preparación en esta área, no supieron cómo reaccionar a tiempo, se habría impuesto la redemocratización en 1985. Desde entonces, el proceso de “izquierdización” no habría dejado de avanzar.

Esta, aseguran los oficiales que prepararon Orvil, es la verdadera razón de la transferencia del poder a los civiles, y no el fracaso del modelo económico de la dictadura que legó una inflación creciente, un endeudamiento externo crónico, además de promover una fuerte concentración de los ingresos, junto con el aumento considerable de los índices de desigualdad social. Ni qué decir de los escándalos de corrupción, las arbitrariedades en el campo político y la práctica de la censura rigurosa en todas las artes y áreas de pensamiento.

En síntesis, la actual guerra cultural bolsonarista depende de una interpretación profundamente errónea de la historia política brasileña, equívoco agravado, además, por una analogía delirante, que amenaza a las instituciones culturales y las universidades con una virulencia que no tiene parangón ni siquiera durante la dictadura militar que comenzó con el golpe de Estado de 1964. En ese sentido, la forma más inmediata de advertir la futilidad intelectual de la cruzada bolsonarista consiste en analizar 1964: Brasil entre armas y libros, un documental revisionista realizado por una casa productora que promueve un narrativa claramente conservadora de la historia nacional y cuyo nombre es un autorretrato involuntario del gobierno actual: Brasil Paralelo.

El eje narrativo de la película proporciona la base teórica para la guerra cultural “a la brasileña”. El subtítulo sobresale inmediatamente a manera de síntesis de todo el proyecto: en 1964, los militares tomaron el poder por las armas, ganando una batalla decisiva, pero perdiendo la guerra al descuidar los libros, es decir, al no imponer su visión del mundo en el universo de la cultura. Todo sucede como si se hubiera firmado un oscuro acuerdo entre los militares y la “izquierda”, la cual, en la ideología bolsonarista, es la encarnación del Mal sin ninguna banalidad. Así, en una enigmática “distensión”, la izquierda habría dejado de luchar por el poder después del fracaso de la resistencia armada y, a cambio, los generosos generales de la dictadura habrían entregado la cultura y especialmente las universidades a la izquierda.

Esta interpretación es tan absurda que raya en lo grotesco. Dos o tres hechos son suficientes para refutarla.

Menos de diez días después del golpe de Estado, los militares promulgaron el primero de los Actos Institucionales (AI) que violentaban lo que quedaba del orden jurídico nacional. El 9 de abril, con respecto a la educación pública, el AI-1, además de suspender las primeras semanas de clase, activó la “Operación Limpieza”, un sutil nombre dado por los oficiales del régimen con el propósito de “purgar” a las universidades públicas de “elementos de izquierda”. Se destituyó a múltiples rectores y maestros y se les revocaron sus derechos políticos. De hecho, el 1 de abril, la sede de la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) ya había sido incendiada y reducida a cenizas. El mismo 9 de abril, la Universidad de Brasilia sufrió la primera de dos invasiones militares. El 9 de noviembre de 1964, un Congreso Nacional acorralado aprobó la Ley Suplicy, que extinguía a la UNE y a todas las otras innumerables entidades estudiantiles.

A raíz del AI-5 (el más infame de los actos “jurídicos” de la dictadura, que, al abolir el derecho al habeas corpus, en la práctica liberó la tortura como política de Estado), el 26 de febrero de 1969, se publicó el tristemente celebrado Decreto-Ley 477, que permitía despedir “legalmente” a los maestros y expulsar a los estudiantes. Como si eso fuera poco, el Acto Complementario No. 75, de octubre del mismo año, ¡prohibía a los maestros ejercer su propia profesión! Los “castigados”, según los términos de la propia ley, tenían “prohibido ejercer, cualquier título, posición, función, empleo o actividades en establecimientos educativos”.

Estos hechos son suficientes para mostrar que el fundamento de la guerra cultural bolsonarista no es más que una burda caricatura, creada por personas con un bagaje limitado e información wikipédica: son los autodidactas de la nada.

Pero si el mito es la nada que lo es todo, la acefalia bolsonarista convirtió esa caricatura en la realidad de las políticas de Estado relativas a la educación y la cultura en Brasil. Si en 1964 los militares ganaron la batalla de las armas, pero perdieron la guerra de los libros, del mismo modo, la victoria de(l) Mesías Bolsonaro por medio del voto exige el triunfo en el área de la cultura, de lo contrario, el éxito electoral no será nada.

Se lo crea o no, esta es la receta de los ideólogos del bolsonarismo: la “infiltración” de la izquierda en el campo de la cultura debe combatirse con instrumentos de guerra. Y en ese caso, ¿por qué no recuperar la Doctrina de Seguridad Nacional y “eliminar” al “enemigo interno”? Para el bolsonarismo, un enemigo interno es cualquiera que piense de manera divergente. Para su “eliminación”, sin embargo, en tiempos de democracia, aunque frágil, no puede recurrir a la tortura y el asesinato. De hecho, en los últimos días, el presidente Bolsonaro dijo que, si pudiera, confinaría a los ambientalistas en la Amazonía...

En todo caso, cabe preguntar: ¿Cómo se ha hecho posible llevar cabo esta nefasta guerra cultural precisamente en el contexto de una democracia?

Por un lado, el bolsonarismo, de manera inmediata, ha recurrido a una aguerrida milicia digital que se encarga de eliminar simbólicamente al “enemigo”.

Por otro, dado que no puede seguir al pie de la letra la Doctrina de Seguridad Nacional, lo cual haría posible la eliminación física de los adversarios, el bolsonarismo desvía la artillería y apunta sus miras a destruir las instituciones de cultura, ciencia y educación.

Uno de los ejes de semejante guerra cultural se basa en una cruzada antiambientalista, que no ha hecho más que intensificarse. A inicios del año, el presidente Bolsonaro declaró, sin vergüenza aparente: “Cada vez más, el indio es un ser humano como nosotros”. Acto seguido, firmó un proyecto de ley para permitir la minería en tierras indígenas. Asimismo, diversos líderes indígenas han sido asesinados y la reacción del gobierno para proteger a las poblaciones indígenas es prácticamente inexistente. Y aún más, la deforestación en la Amazonía está alcanzando niveles verdaderamente preocupantes sin que el gobierno parezca preocupado por controlar la situación.

La insensatez de todas estas actitudes supuestamente encuentra su fundamento, si así puede llamársele, en el respaldo ideológico de la guerra cultural en curso. Denunciar sus fundamentos teóricos delirantes es el primer paso para evitar que la destrucción se vuelva irreversible.

La paradoja

Por decisión del Supremo Tribunal Federal, la reunión ministerial del gobierno brasileño celebrada el día 22 de abril se hizo pública. La grabación representa un autorretrato involuntario del gobierno de Bolsonaro en cuanto arquitectura de la destrucción.

Aquel día, la terrible cifra de muertos era de 2,924; al día de publicarse este texto ha alcanzado las 102 mil defunciones. ¿En aquella reunión ministerial hubo alguna muestra de solidaridad hacia los familiares de las víctimas de la covid-19? ¿Se planearon acciones para contener la pandemia? ¡No! Nada. El negacionismo parece suprimir la empatía.

En estas dramáticas circunstancias, resulta oportuno recordar el poema “Patmos” de Friedrich Hölderlin: “Mas donde hay peligro, crece / también lo que salva”.

La guerra cultural bolsonarista se alimenta de una paradoja que augura su ruina. Hela aquí: el éxito del bolsonarismo conlleva el fracaso del gobierno de Bolsonaro. Sin guerra cultural, no habría cómo mantener en constante excitación a las masas digitales movilizadas; sin embargo, la guerra cultural que acude a la negación de los datos objetivos y a la intrínseca necesidad de inventarse enemigos en serie impide la administración de la vida pública.

La guerra cultural es el origen y la forma de la arquitectura de la destrucción, la marca de agua del bolsonarismo, pero, por eso mismo, será (¿o ya lo es?) la razón del rotundo fracaso del gobierno de Bolsonaro, como desafortunadamente quedó demostrado por la omisión y el negacionismo frente a la covid-19.

 

Una versión de este texto fue publicada originalmente en Autres Brésils.
Traducción del portugués de Emiliano Mastache Ramírez y Jimena Zermeño.