El premio Pulitzer se puso audífonos | Letras Libres
artículo no publicado

El premio Pulitzer se puso audífonos

El premio Pulitzer a This American Life significa el reconocimiento institucional al periodismo narrativo sonoro, que ha vivido un auge en los últimos años. Como todos los reconocimientos institucionales, este se había demorado.

Primero los hechos:

El 4 de mayo de 2020, el equipo que trabajó en el reportaje “The out crowd”, sobre los estragos que la política “Permanecer en México” del gobierno de Estados Unidos causa entre los migrantes que esperan en la frontera entre los dos países, ganó el premio Pulitzer. Lo recibieron, en específico, “el staff de This American Life, con Molly O’Toole de Los Angeles Times y Emily Green, freelancer, Vice News” en una categoría novedosa: Audio reporting. Por primera vez en su historia, el premio que creó Joseph Pulitzer en 1917 y que ha servido para entronizar lo que un jurado de colegas considera lo mejor de la producción en ciertas categorías de periodismo, digamos, se puso unos audífonos.

 

Ahora, las interpretaciones:

El mérito del episodio tiene poco de discutible: es un excelente retrato en tres actos –guiño a quien escuche el programa– de la situación nefanda que ha sido provocada por un mandato del gobierno de Trump. La política conocida como “Permanecer en México” establece que toda persona que busque asilo a través de algún puerto de entrada en la frontera entre México y Estados Unidos deberá permanecer en México durante el tiempo que dure el proceso de solicitud. Lo que ha generado es una zona de incertidumbre, sufrimiento y peligros para personas de por sí ya vulneradas y desprotegidas. El tema es urgente –antes de que la pandemia dominara el panorama, el desplazamiento de personas y las crisis fronterizas exigían la atención de gobiernos alrededor del mundo– y el tratamiento es cuidadoso. Esquiva el morbo, pero encara el drama personal; evita la aridez del informe técnico pero no rehúye encarar la complejidad del problema; profundiza en las historias personales, pero amplía la visión para incluir las historias de personajes insospechados. El tino del fallo es celebrable, entonces. Pero entre quienes hayan seguido con relativa constancia y desde antes del 4 de mayo de 2020 la producción de historias y programas de audio, aparece un “sin embargo” en la mente.

Ese “sin embargo” no es una impugnación de la entrega de este premio en particular, como quedó claro en el párrafo anterior. Y tampoco es una impugnación contra la creación de esta nueva categoría. Hay una enorme cantidad de producciones periodísticas de audio que revelan e innovan, que proponen nuevas lecturas y que le dan voz y vida a temas pertinentes. Y para el caso, no solo de periodismo tal cual, sino de todo un abanico de emisiones, programas y formatos que merecen atención. Es, en todo caso, una lamentación quizá un tanto especulativa, un enfado con el tiempo perdido. El “sin embargo” puede explicarse de otra manera tal vez más clara y lo resume esta frase: “ya se habían tardado”. O, más sucinta: “Vaya”.

Porque los premios no son nada más el reconocimiento de ciertos estándares en la obra producida. Un trofeo, una placa, una medalla, también es una confirmación de la validez, la dispersión y la aceptación de esos estándares. Podría argumentarse, si se quiere polemizar, que incluso es una confirmación de su caducidad. Es decir, que el premio haya sido para This American Life, el programa que produjo y emitió “The out crowd”, no es solo el reconocimiento a la factura, las enormes habilidades para el reporte y para contar historias: también parece ser una especie de círculo que se completa.

 

Ahora, las acotaciones:

En el comunicado que anuncia la creación del premio en 2019, la institución que tutela la Universidad de Columbia reconoció implícitamente su demora al hablar del “renacimiento del periodismo en audio en años recientes”. El periodismo en audio en otros tiempos era norma impuesta por las condiciones tecnológicas, pero esas mismas condiciones tecnológicas –en particular la sindicación RSS en línea– allá por el inicio de los dos miles permitieron que los programas de radio rompieran con la necesaria pero limitada onda hertziana. Y entre los programas que con más vehemencia pedían algo más que la novedad del noticiero, la ocurrencia del magazine de variedades o la monomanía idiosincrática de los programas de radio hablado, This American Life estaba ahí, modesto, haciendo lo suyo. Se llamaba Your radio playhouse originalmente, se grabó en Chicago y el primer episodio salió al aire una noche de noviembre de 1995.

Las instituciones siempre llegan tarde. Esa es quizá su marca: que la entronización debe llegar tarde. Debe haber un periodo, un arco, minúsculo o extenso, de desconocimiento. Tiene que ser un secreto por un momento, o por un rato largo. El secreto de alguien; primero de quien lo produce. De hecho, consciente de ello, el primer episodio tiene algo de adivinatorio. Ira Glass, con ese timbre más bien nasal e inconfundible y esa dicción que no es la de la “persona de medios”, habla de las posibilidades de los inicios, de los “nuevos comienzos”. No hay expectativas, no hay archivo que preservar ni popularidad que conservar. La idea, en ese momento, es pura posibilidad.

Su vocación desde el comienzo fue contar historias. Eso que en inglés se llama storytelling y que no es simplemente el cuentacuentos de la librería de los domingos. Ese “contar historias” en audio incluye elementos periodísticos y narrativos, una puesta en sonido del Nuevo Periodismo. Y en 1995 no era una constante radiofónica. En 2000 tampoco lo era, pero comenzaba a serlo y en gran medida, en este hemisferio, gracias a una particular coincidencia tecnológica y anímica, a una disposición generacional que empleó las herramientas a su disposición y expresó las preocupaciones de su tiempo de un modo parecido. Y durante un tiempo fue una especie de secreto, o una especie de sorpresa que algunos cuantos se regalaban y disfrutaban y, de algún modo, preservaban.

Con el paso de los años, sucedió lo que siempre pasa cuando una expresión cultural pincha una arteria oculta pero vital: se dispersó y se volvió influencia. Sus epígonos brotaron, siguen brotando, con distintos grados de fortuna, hasta llevar el formato a una suerte de agotamiento. Las instituciones siempre llegan tarde. Esa es quizá su marca, su distintivo. Y ahora que el Pulitzer concede cabida entre sus vitrinas al periodismo en audio, la cantidad de producciones es abrumadora pero nunca suficiente. This American Life, para hablar del programa galardonado, ha producido episodios memorables, francamente malos, impactantes, fallidos, de innegable honestidad y rigor periodístico. Sus archivos son una universidad del storytelling, sus colaboradores un directorio de influencias pendientes y los programas en los que de forma directa o indirecta tuvo ascendente son difíciles de contar.

Lo que es discutible en el galardón es la compleja situación del conflicto de cercanías. Entre los miembros del jurado que decidió la entrega está Sarah Koenig, productora del famosísimo y escuchadísimo Serial y, claro, una de las más eminentes productoras de This American Life, donde trabajó alrededor de 10 años. Digo conflicto de cercanías y no de interés porque no hay este último en el sentido más estricto: su salida del programa tuvo lugar por ahí del 2013. Quizás a lo que apunta esta apóstrofe discutible, esta cercanía, es justamente a la influencia de un programa como This American Life en el panorama de la producción de audio en Estados Unidos, y fuera del país; a esa presencia tentacular –en el sentido más positivo–, y esa sombra abarcadora –en un sentido más bien negativo– que limita la imaginación de posibles “autoridades” para evaluar una categoría nueva en un premio tan prestigioso como este.

 

Por último, la conclusión:

Las instituciones siempre llegan tarde y pedirles que no lo hagan es no entender su operación. Con el reconocimiento de la institución también llega la conciencia de ser estatus quo. Incluso, a lo lejos es posible escuchar el anuncio de la caducidad. En cualquier caso, un premio para una categoría que llevaba años siendo conocida por unos cuantos o por muchos es celebrable: se habían tardado. Vaya.