Cultura condensada: De festivales de música y cine mexicano | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Hugo González

Cultura condensada: De festivales de música y cine mexicano

En esta entrega, la trascendencia del festival Woodstock y el panorama actual del cine mexicano.

Woodstock, el desastre y la utopía

Antes de Live Aid, Live 8, Glastonbury y Coachella existió Woodstock. Hace 50 años, el fin de semana del 15 al 18 de agosto más de 500 mil jóvenes se congregaron en una granja para celebrar la música, la libertad, la paz y el amor en un momento convulso. Las luchas por los derechos civiles, la llegada del hombre a la Luna, la guerra de Vietnam fueron los momentos que marcaron a una generación desencantada y deseosa de conseguir amor, paz y drogas.

La idea de organizar un festival musical con artistas famosos para conseguir dinero fue de Michael Lang, un joven empresario que un año antes había organizado el Miami Pop Festival. Asociado con John Roberts, Joel Rosenman y Artie Kornfield, Lang eligió Woodstock como la sede para el evento que les permitiría financiar la construcción de un estudio de grabación en Nueva York. Woodstock parecía la mejor opción para realizar el evento: un centro bohemio rodeado de árboles, donde se realizaban conciertos de música clásica y vivían músicos famosos, como Bob Dylan y Janis Joplin. Los habitantes del poblado se quejaron con las autoridades por la cantidad de asistentes que un festival de rock podría atraer, por lo que la sede se cambió en cuatro ocasiones. Al final se realizó en una granja de 240 hectáreas en Bethel, a hora y media al sur de Woodstock. Como el cambio se hizo un mes antes del concierto, era imposible renombrar el festival.

Desde un punto de vista organizacional, el Woodstock Music & Art Fair fue un completo desastre. Se esperaban 60 mil asistentes, pero llegaron más de medio millón de jóvenes que saltaron las vallas y no pagaron boletos. La calidad del sonido era mala y quienes estaban hasta atrás no oían nada. Llegar en automóvil era prácticamente imposible por el caos vial y las filas de coches de más de 19 kilómetros. Los cantantes tuvieron que llegar en helicópteros. No había seguridad ni alimentos. La fuerza aérea mandó 1,300 toneladas de víveres y cobijas para que los jóvenes pasaran la noche. En los medios se anunciaba que la granja era “una zona de desastre” para disuadir a los curiosos. Los 600 baños móviles dejaron de funcionar. El jefe médico declaró una “crisis sanitaria” por el abuso de sustancias y la falta de accesos para ambulancias. Dos jóvenes murieron, uno por sobredosis y otro atropellado. Los jóvenes acamparon entre pilas de basura. El acto final estaba programado para el domingo en la noche, pero se extendió hasta la mañana del lunes, cuando Jimi Hendrix subió al escenario. Sus organizadores quedaron en la bancarrota.

La editorial del New York Times del lunes decía “¿Qué clase de cultura puede provocar semejante desastre colosal?”. El supuesto desastre fue obra de la contracultura encabezada por hippies e ingenuos que deseaban cambiar al mundo una canción a la vez. Así lo dijo Max Yasgur, el dueño de la granja donde se realizó el concierto, la noche del 17 de agosto de 1969: “Le han demostrado algo al mundo... que medio millón de niños pueden reunirse para divertirse y escuchar música y no tener nada más que diversión y música”.

Drogas, sexo y rock and roll es lo que recordamos del festival, en buena medida, gracias al documental que un año después se presentó y que tuvo un gran éxito comercial. El filme, dirigido por Michael Wadleigh y editado por Martin Scorsese, Thelma Schoonmaker y otros cinco cineastas, ayudó a construir el lugar del festival dentro de la contracultura de los 60. No solo se centró en los 32 actos del festival y las canciones de protesta que se tocaron, también capturó las clases de yoga, los jóvenes desnudos jugando en el lodo, los bazares donde los hippies mostraban su arte y los momentos donde los asistentes compartían sus alimentos. “Lo que la gente conoce hoy de Woodstock es nuestra cinta. Ellos no conocen la realidad de otra manera que no sea como la presentamos”, admitió Wadleigh en un entrevista.

Para quienes vivieron Woodstock, el festival era una utopía. La posibilidad de convivir en paz y disfrutando de buena música sin preocuparse por lo que ocurría fuera del poblado. Su espíritu era la hermandad. “Eso es lo que más significa para mí: la conexión que sentimos todos los que trabajamos en el festival, todos los que asistieron al evento y los millones que no pudieron estar allí, pero fueron tocados por él”, reconoció Lang, su fundador.

Pero en el fondo, Woodstock no es más que una muestra de la contradicción de los tiempos. Mientras unos jóvenes morían en la guerra de Vietnam otros bailaban y cantaban drogados en Bethel. Visto de manera crítica, Woodstock traicionó su propia esencia rebelde que “imaginaba el placer como una solución al conflicto social y no una mera una distracción”, como recuerda el crítico de música Jon Pareles, quien estuvo ahí hace 50 años. La generación que asistió gozaba de privilegios que ahora no podrían tener quienes fueran a un improvisado festival masivo: donaciones de comida, asistencia de voluntarios y de fuerzas armadas, impunidad para quienes invadieron propiedad privada y robaron comida, actividades y espectáculos gratuitos. En palabras de Pareles, el festival encarna aquellos vicios de los baby boomers que los millennials critican: “pensamos que éramos el centro del universo. Y luego, alguien más tuvo que limpiar el desorden gigante que dejamos atrás”.

A pesar de la nostalgia, Woodstock es un festival que no podría volver a ocurrir. Hace unos meses, los promotores originales vieron una oportunidad en el mercado de la nostalgia para armar un concierto igual de grande con las estrellas del momento –Jay-Z, Miley Cyrus, The Killers, etc.– y los sobrevivientes del festival original –John Fogerty de Creedence Clearwater Revival, Carlos Santana y Country Joe McDonald, entre otros–, pero las negociaciones con inversionistas no funcionaron y al final se canceló.

Pero su trascendencia, además de cambiar la manera de consumir la música en espacios abiertos y con multitudes, va más allá del plano musical. Como dice la canción que Joni Mitchell compuso para el festival (al cual no asistió por consejo de su representante), “I’m going to join in a rock 'n' roll band. I'm going to camp out on the land. I'm going to try an' get my soul free”. En el imaginario colectivo, Woodstock representa ese deseo de libertad, por más efímero e irrealizable que este sea.

 

Celebrar el cine mexicano

Desde hace cuatro años, el 15 de agosto se celebra el Día del Cine Mexicano, con la intención de promover la industria fílmica nacional. En esta ocasión se organizaron proyecciones gratuitas en diversos foros, mientras que Netflix, en alianza con el Instituto Mexicano de Cinematografía, armó una colección de veinte cintas contemporáneas memorables que sus suscriptores podrán disfrutar en su plataforma hasta el 16 de septiembre.

Más allá de estos esfuerzos, las cadenas comerciales continúan exhibiendo en su mayoría cintas realizadas en Estados Unidos y dejando menor tiempo de proyección a las producciones nacionales. La Ley Federal de Cine contempla que las cadenas deben dedicar 10% de sus pantallas a exhibición de cine mexicano. En abril, cineastas y productores pidieron aumentar ese porcentaje a 30% para que más personas puedan disfrutar del cine que se hace en el país.

Las premiaciones a Roma, el éxito de Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu y los protagónicos internacionales que han obtenido Gael García y Diego Luna han provocado que más personas se interesen en el cine hecho en México. Sin embargo, aún falta un largo camino por recorrer para que el cine mexicano ocupe el lugar que por años sus creadores han exigido.

En marzo, Fernanda Solórzano se preguntaba, a raíz del éxito de Roma, qué puede hacer el cine mexicano para mantenerse en el centro de la discusión. El cine mexicano parece moverse entre dos extremos: las comedias simplonas que refuerzan los estereotipos de clase y las esfuerzos por tratar la compleja realidad mexicana con un tono menos optimista. Ante este panorama, Solórzano opina que el México de la actualidad “ofrece una coyuntura única, en la que una película sobre clases sociales puede interesar al público sin recurrir a la comedia fácil, e incluso retándolo a ponerse en los zapatos de los personajes a quienes sería más fácil odiar pero, al mismo tiempo, evitando caer en lo aspiracional”.

Esta fecha celebratoria es una oportunidad para ver al cine mexicano más allá de los clásicos de la Época de Oro o de los éxitos comerciales protagonizados por estrellas de televisión. Como punto de partida, recomiendo las videocolumnas y artículos de Solórzano sobre las cintas nominadas al Ariel, que recogen una muestra representativa del panorama actual de la industria fílmica del país.