Cultura condensada: del ‘boom’ de escritoras argentinas y de disputas cinematográficas | Letras Libres
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Pintura: August Macke - Sotheby's, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=46957744

Cultura condensada: del ‘boom’ de escritoras argentinas y de disputas cinematográficas

En esta entrega, una reflexión sobre el "boom" de las escritoras argentinas y la polémica por las declaraciones de Martin Scorsese sobre las películas de superhéroes.

¿Estamos ante un boom de escritoras argentinas?

Parece que las escritoras argentinas están gozando de un momento de reconocimiento sin igual. María Moreno se alzó con el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, Luisa Valenzuela recibió el Premio Internacional Carlos Fuentes, Mariana Enriquez se llevó el Premio Herralde de este año, Selva Almada fue galardonada con el Premio al Primer Libro del Festival Literario de Edimburgo, Leila Guerriero ganó el Premio Internacional de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán y María Gainza recogerá el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en la FIL Guadalajara que inicia en unas semanas. La literatura argentina goza de excelente salud y, como reconoció su también paisana Samantha Schweblin, no queda ninguna duda de cómo viene la mano.

Por supuesto, los medios de comunicación, principalmente argentinos, no perdieron la oportunidad para publicar notas con encabezados como “Un momento extraordinario para las escritoras argentinas”, “Argentinas al podio”, “Boom de escritoras de nuestro país” o “Esas geniales escritoras argentinas”. Seguramente los redactores de esas notas tienen buenas intenciones y lo que desean es destacar lo extraordinaria que es la narrativa argentina.Pero, como la también escritora argentina Fernanda García Lao manifestó, hablar de “boom” o de “un momento” es pensar que solo en esta época hay propuestas narrativas interesantes provenientes del Río de la Plata.

La presencia femenina en la literatura argentina no es un fenómeno reciente. De Juana Manso a Silvina Ocampo –quizá una de las más célebres, pero por un tiempo oculta tras la sombra de su esposo y el amigo de éste– a Beatriz Sarlo, pasando por Hebe Uhart y Alejandra Pizarnik, la literatura argentina ha contado con narradoras, ensayistas y poetas excepcionales. Lo que revela esta ola de premios es la ceguera de los lectores y de buena parte del gremio literario, que no les habíamos puesto la atención que merecían. Ellas –las raras, las geniales, las talentosas– siempre estuvieron ahí, solo que no las queríamos ver.

En el mensaje que García Lao compartió en sus redes sociales, también denunció “la visibilidad como estrategia comercial, uso de la escritora como recurso de venta”. Parece que las editoriales se están aprovechando de este auge para vender más libros. Más allá del talento literario, centran sus estrategias comerciales en el hecho de que son mujeres, argentinas y ganadoras de premios internacionales. Ponerlas a todas dentro de ese cajón es reducir sus trayectorias, por demás diversas y singulares, e ignorar el trabajo que han realizado por años.

Los premios literarios, como lo escribí en la entrega pasada, cada vez más responden a fines que poco o nada tienen que ver con la literatura. La visibilidad de las escritoras, de cualquier nacionalidad y sin importar el género literario al que se dediquen, es un paso importante en la lucha feminista. El riesgo que se corre es que esta euforia sea solo momentánea y cuando pase el “boom” estas autoras caigan en el olvido. Sin premios ni altas ventas ni artículos que las alaben. Hay que leer sus obras, estudiarlas, comentarlas, criticarlas, incluirlas dentro del canon y no verlas como un elemento extraño. Y hacer todo esto no solo con las cinco autoras de moda, sino las más que se puedan. Que nuestra ceguera no se vuelva una miopía.

 

Scorsese vs. los superhéroes

A inicios de octubre, durante una rueda de prensa por la presentación de su última cinta The Irishman, un reportero le preguntó a Martin Scorsese si veía las películas de Marvel. A lo que el director respondió: “No las veo. Lo he intentado, ¿sabes? Pero eso no es cine”. La ola de señalamientos en su contra por parte de los aficionados, actores y directores de cine de superhéroes no se hizo esperar. Francis Ford Coppola apoyó a Scorsese y afirmó “tiene razón porque esperamos aprender algo del cine, esperamos ganar algo, algo de iluminación, algo de conocimiento, algo de inspiración” y remató su comentario describiendo a las películas de superhéroes como “despreciables”. La discusión no ha parado desde entonces. Esta semana, Scorsese publicó una columna en el New York Times donde aclaraba su punto de vista. La razón por la que esas cintas, que comparó con un parque de diversiones, no son para él es por un “gusto personal”. Para él y los cineastas de su generación, el cine es una “revelación estética, emocional y espiritual”. El cine en sus tiempos “consistía en afrontar lo inesperado, en la pantalla y en la vida que dramatizaba e interpretaba, en ampliar la idea de lo que permitía esa forma artística”. Si las cintas de Marvel no le gustan es porque carecen de dicha forma, dejan de lado “la revelación, el misterio y el auténtico peligro emocional” y están hechas para “satisfacer unas demandas concretas”. En pocas palabras, son “entretenimiento visual” que ha acaparado presupuestos y pantallas.

Frente a esta exposición de motivos no me queda más que darle la razón a Scorsese. El cine de superhéroes es un subgénero que ha tenido éxito entre los espectadores, pero que apuesta por la saturación de efectos especiales antes que por la calidad de los guiones y la complejidad de los personajes. Sin embargo, lo que está en el fondo de la discusión es el cambio en la manera de hacer y apreciar el cine. Scorsese es un nostálgico de la cinematografía del pasado. De los días donde los actores memorizaban las líneas, donde los directores dependían de la luz para lograr efectos precisos y donde los espectadores compraban un boleto para disfrutar funciones en permanencia voluntaria. Pero Scorsese y los directores de su generación no pueden olvidar los beneficios que los cambios en el quehacer cinematográfico han traído, como el uso de CGI para rejuvenecer a Robert De Niro, Joe Pesci y Al Pacino en The Irishman.

El problema en sí no son las películas de superhéroes, sino que los cineastas han preferido seguir la corriente de la mercadotecnia, y la voluntad de los estudios, antes que hacer caso a sus instintos. Se entiende que un director con un estilo tan personal que esquiva las etiquetas esté en contra de una tendencia que anula la visión del artista y propone fórmulas con tal de satisfacer los intereses comerciales. Pero esto no es reciente. En su propio documental A Personal Journey on American Cinema, de 1995, afirmó que en Hollywood “una regla de hierro permanece: cada decisión está determinada por la percepción que tienen los hombres del dinero de lo que quiere el público”. La diferencia es que quizá en aquel entonces no había superhéroes a quienes culpar por poner en peligro el arte cinematográfico.