Cultura condensada: De definiciones de cultura y ballenas blancas | Letras Libres
artículo no publicado

Cultura condensada: De definiciones de cultura y ballenas blancas

En esta entrega, las múltiples definiciones de cultura y el bicentenario de Herman Melville.

Hacia una definición de cultura

En un video compartido en su Twitter, la secretaria de Cultura, Alejandra Frausto informó que los productores de la Sierra Norte de Puebla se sumarán al Proyecto Chapultepec, el complejo artístico y cultural que aspira a convertirse en el más grande del mundo. Aunque no explica de qué manera van a colaborar ni qué relación tiene la dependencia que encabeza con el trabajo que se hace en las parcelas cafetaleras, la secretaria afirma sonriente: “La agricultura es la raíz también de nuestra cultura”.

La frase recuerda a otra definición de cultura que dio el presidente López Obrador en una de sus conferencias matutinas: La “cultura es lo que tiene que ver con los pueblos [...] originarios”, que para él son “la verdad más íntima de México, [...] lo más importante culturalmente hablando”.

En los pocos meses que van de esta administración, la secretaría ha impulsado programas que rescatan los valores y saberes tradicionales, como Cultura Comunitaria, y ha defendido la creación de los pueblos originarios frente a los abusos de marcas internacionales. Sin embargo, esa visión romántica deja fuera aspectos de la definición de cultura que han sido comúnmente aceptados.

En el artículo “Tres conceptos de cultura”, Gabriel Zaid hace un recuento histórico de los cambios que la idea de cultura ha tenido desde los romanos hasta el siglo XX. Los griegos no tenían un concepto de cultura, sino de educación. Fue en Roma donde las palabras cultura, cultus, incultus adquirieron un nuevo sentido para referirse al cultivo propio en búsqueda de la libertad y el espíritu crítico. Durante la Ilustración, el sentido de la cultura evolucionó hacia uno social. Zaid recuerda que para los ilustrados la cultura era sinónimo de progreso. Era la vía para ir de la barbarie a la civilización. Esta idea se transformó con los románticos, quienes buscaron recuperar los saberes populares, creencias, usos y costumbres que en el pasado habían sido menospreciados.

Uno de las primeras definiciones de cultura es la que propuso el antropólogo inglés Edward Burnett Tylor en 1871: “La cultura o civilización, en sentido etnográfico amplio, es ese todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de una sociedad”. Sin embargo, una de las principales críticas a la definición de Tylor es su etnocentrismo y el olvido de que existen múltiples culturas con características propias. En medio de este debate surgió la definición de Franz Boas, quien introdujo la individualidad a la definición de cultura. Para Boas, la cultura incluye “las reacciones del individuo en la medida en que se ven afectadas por las costumbres del grupo en el que vive, y los productos de las actividades humanas en la medida en que se ven determinadas por dichas costumbres”.

En 1952, Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn recopilaron más de 160 definiciones de cultura en un libro. A manera de síntesis concluyeron que la cultura “consiste en patrones de comportamiento, explícitos e implícitos; adquiridos y transmitidos mediante símbolos, que constituyen los logros distintivos de los grupos humanos, incluyendo su plasmación en utensilios”. De acuerdo con ellos, las ideas obtenidas a lo largo de los años y los valores conforman el núcleo de la cultura.

Ante la proliferación de definiciones de un término tan extenso, la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales organizada por la UNESCO en 1982, planteó una definición en común para la comunidad internacional. Según esta, cultura es “el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”. Además, el organismo reconoció su importancia para dotar a los seres humanos de la capacidad de reflexionar sobre sí mismos, sobre su entorno y sus valores, pues construye seres “humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos”.

Durante la campaña presidencial Frausto afirmó que, de asumir el cargo, promovería una política cultural “ligada a la tierra”. Solo que en ese entonces se refería al trabajo de campo que haría para conocer las necesidades de las comunidades que deseaba transformar a través del arte. Ahora parece que la secretaria tomó su frase de manera literal y apoya proyectos que tendrían más sentido en la Secretaría de Agricultura, de Bienestar o de Trabajo, mientras el sector cultural sufre recortes que afectan por igual a creadores, promotores y espectadores. Dado que no es posible acotar la cultura en una sola definición por ser “esencialmente fluida” y estar “en constante movimiento”, como señala la antropóloga Cristina De Rossi, restringir las políticas culturales a una sola de sus múltiples caras vulnera a otras comunidades.

 

Melville o la grandeza del fracaso

El 1º de agosto marcó el bicentenario de quien es considerado uno de los grandes escritores norteamericanos. Aunque ahora ocupa un lugar privilegiado dentro de la historia, en su momento, Herman Melville no fue más que un desafortunado y miserable aspirante a escritor.

Melville fue cajero de un banco, profesor, granjero, marinero y agente de aduana. A los 20 se embarcó con destino a Liverpool en un barco mercantil en búsqueda de aventuras y lejos de la ruina en que vivía su familia. Ese viaje no fue suficiente para satisfacer su deseo de conocer la vida marítima. Al volver a la costa este de Estados Unidos, en 1841, formó parte de la tripulación del Acushnet, un barco ballenero que se dirigía hacia las Islas Marquesas, en la actual Polinesia Francesa. El barco naufragó y Melville estuvo atrapado en una isla donde vivían tribus caníbales. Logró escapar en un barco ballenero y después de varios años volver a Estados Unidos.

En la calma de una granja, rodeado de su familia, cultivos y animales, escribió relatos cortos y novelas cuyo tema central era el mar. “Él necesitaba escribir. Él quería ser leído. Él no podía soportar ser visto”, comenta Jill Lepore en un perfil que indaga en su personalidad retraída.

A pesar de sus deseos de fama, Melville no conoció el éxito en vida. La obra que consideró sublime y a la que le dedicó dos años y toda su energía, como le confesó a Nathaniel Hawthorne en una de sus cartas, pasó desapercibida por los círculos literarios y fue un rotundo fracaso en ventas. El New York Times no reseñó Moby Dick cuando se publicó. Tuvieron que pasar diez años para que se mencionara en una reseña que ni siquiera era sobre su libro, sino sobre el de alguien más. Cuando Melville murió, el redactor del obituario cometió un error de ortografía y se refirió a él como el autor de Mobie Dick. La obsesión del capitán Ahab por atrapar a la ballena blanca tuvo su propia nota en el diario hasta 1930, cuando se publicó una edición ilustrada de la novela.

¿Por qué tardó tanto tiempo en agradar a los lectores? De acuerdo con O.W. Riegel los críticos contemporáneos a Melville ignoraron su novela por los comentarios negativos que obtuvieron sus primeras historias sobre viajes marítimos. Taipi y Omoo. Algunas menciones a Moby Dick en revistas literarias británicas y francesas solo dan cuenta de la extensión y del interés que tenía el autor por criticar la moral evangélica y promover comportamientos disolutos. En 1914 se dio una revalorización a su obra, tras la publicación del ensayo académico “La mejor historia marítima jamás escrita” del profesor Archibald McMechan. Desde entonces es considerada un clásico.

Moby Dick era una novela adelantada a su tiempo. Pese a tener un estilo costumbrista propio del siglo XIX, presentaba rasgos modernos con una narrativa fragmentaria y delirante, donde por igual se encuentra un tratado sobre las ballenas que una reflexión metafísica acerca del bien y el mal.

Ahab es uno de tantos personajes emblemáticos (y curiosos) que Melville creó. Bartleby, el escribiente que prefiere no hacer lo que le piden, Billy Budd, el marinero tartamudo que es castigado por un crimen, o Benito Cereno, el enfermizo y traumado capitán español con un debilitado poder de decisión. A través de ellos, Melville cuestionó la libertad y el orden social y político. Entre “Call me Ishmael” y “I would prefer not to” está presente la noción melvilliana de que el éxito es una ballena blanca inalcanzable.