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Cultura condensada

Una mirada semanal a las noticias y debates que involucran a la cultura en sus distintas expresiones.

El final de Game of Thrones

Tras ocho años, Game of Thrones concluye este domingo. Entre la expectativa y la decepción, los espectadores han seguido a sus personajes a lo largo de esta última temporada con el deseo de que los realizadores cumplan sus expectativas y tomen las decisiones que ellos consideran apropiadas. Pero como resulta imposible darle gusto a todos, esta temporada es la peor calificada en Rotten Tomatoes. Incluso, un fan inició una petición en el sitio Change.org para pedirle a HBO que reescriba la última temporada con guionistas “competentes”. Hasta el momento, más de 770 mil personas se han unido al reclamo “Esta serie merece una temporada final que tenga sentido. ¡Haz caso a nuestras expectativas y hazlas realidad, HBO!”. Pero ¿qué son 700 mil personas en comparación con los 43 millones de espectadores por episodio que ha tenido la octava temporada?

Cuando en 2011 se estrenó el primer episodio, los productores y guionistas tenían como partitura las cinco novelas que hasta el momento había escrito George R.R. Martin. Los personajes se encontraban en los puntos iniciales de sus tramas y sus finales se veían lejanos y misteriosos. Con el avance de sus arcos narrativos y la demora en la escritura de las dos novelas restantes, a partir de la sexta temporada los guionistas tuvieron que seguir sus propios instintos para darles cierres satisfactorios. El problema es que David Benioff y D.B. Weiss han apostado tanto por el “factor sorpresa”, que esta última temporada ha estado plagada de “giros en la trama que se sienten poco desarrollados, obvios y arbitrarios”, de acuerdo con Sam Adams.

Un ejemplo es “The bells”, el controversial quinto episodio de esta temporada, donde Daenerys Targaryen pasó de defensora de los oprimidos a asesina de inocentes. Desde la primera temporada, los realizadores dieron indicios de que podría no ser la mejor gobernante de los Siete Reinos porque, como su padre, solía quemar vivos a quienes se interponían en su camino. Sin embargo, numerosos espectadores consideraron que el personaje fue arruinado porque hizo falta elaborar mejor su locura.

En un intento por saber cómo sería el final de Game of Thrones si se le hiciera caso a los fans, la revista The Week reunió las teorías más populares en Reddit. El resultado es aún más decepcionante. Bran es el Night King, Arya murió en la temporada seis, Tyrion se queda con el trono, Jon se convierte en un caminante blanco y Sam escribe todo en un libro que se llama A song of ice and fire. Slate también ofreció su versión final de la serie, ambientada 19 años después. Jon y Daenerys se despiden de sus hijos en la estación de carruajes porque estos estudiarán en la Ciudadela. Cualquier semejanza con el final de Harry Potter es mera coincidencia.

Pretender ser el guionista de una serie es un ejercicio entretenido, pero en la práctica es mucho más complejo. Se tienen que vincular tramas, personajes y motivos respetando la lógica interna de la historia y sin perder de vista la emoción para mantener el interés de los televidentes. Por ello, las críticas a Benioff y Weiss le parecen a Luke Holland “injustas”.

Desde la cuarta temporada, George R.R. Martin no ha escrito un solo guion para la serie. En el programa de televisión aparecen situaciones y personajes que las novelas no contemplan y viceversa, por lo que son obras independientes, aunque guarden similitudes. Si bien Martin opina que la serie ha sido “extremadamente fiel” en comparación con otras adaptaciones televisivas y cinematográficas de obras literarias, no lo es completamente, y no tendría por qué serlo. Por eso no le preocupa lo que pase este domingo, pues se trata de la conclusión de la versión de Benioff y Weiss. “No creo que su final sea diferente al mío por las conversaciones que hemos tenido, pero puede haber ciertas diferencias en cuanto al destino de los personajes secundarios”, declaró el escritor. Además no es ajeno al debate que generarán las comparaciones entre los finales: “esto está bien, pues lo peor para una obra de arte, ya sea una película o un libro, es ser ignorada”.

En tanto no ponga el punto final, Martin cuenta con la oportunidad de enmendar las imperfecciones de la serie y cumplir las expectativas de los fans. Pero no hay que perder de vista  que Game of Thrones no se distingue por eso. En su primera temporada, sus creadores no titubearon en matar al héroe y esa actitud se mantuvo por ocho temporadas. Si bien esta careció de la minuciosidad con que se escribieron las anteriores, no es un fracaso ni merece la desaparición. Como tiene presente Holland, “nunca ha sido un show que le dé a los fans lo que quieren, porque nunca se lo ha dado a los personajes. No obstante, sí les da lo que necesitan”. Es probable que quien ocupe el Trono de Hierro no sea el más indicado ni quien más apoyo de los fans tuvo ni que llegue ahí por las razones correctas. Tras 73 episodios, los seguidores de la serie ya deberían aceptar que en Westeros no existen los finales felices.

La burbuja del arte contemporáneo

A pesar de que la guerra comercial entre Estados Unidos y China ha provocado inestabilidad en el mercado de valores y amenaza a la economía global, el mercado del arte contemporáneo se ve más fuerte que nunca.

La noche del 15 de mayo, Jeff Koons recuperó el lugar como el artista vivo más cotizado. “Rabbit”, una figura de globo de un conejo fabricada en acero inoxidable, se vendió en 91.1 millones de dólares. La subasta de arte pop y contemporáneo de la posguerra organizada por Christie’s reunió un total de 539 millones de dólares.

Un día después, la subasta de arte contemporáneo de Sotheby’s en Nueva York recolectó 341.9 millones de dólares. La obra más cara fue un cuadro de Mark Rothko que el San Francisco Museum of Modern Art puso a la venta para recaudar fondos que le permitan diversificar su colección. El cuadro se vendió en 50.1 millones de dólares a un comprador anónimo.

Phillips Nets organizó su subasta anual de arte del siglo XX donde recaudó 99.9 millones con la venta de 45 obras. El resultado más inesperado fue el precio que alcanzó “The walk home”, un cuadro de KAWS que presenta al personaje de caricaturas Bob Esponja, al venderse en 5.96 millones de dólares, seis veces más de lo estimado.

El dinero juega un papel crucial dentro del mundo del arte. Y las crisis financieras son una gran oportunidad para los coleccionistas más adinerados. En 2008, muchos adquirieron obras que se estaban vendiendo a precios bajos para ampliar sus colecciones. Así lo hizo el empresario Mitchell Rales quien junto con su esposa ahora tiene una colección de más de 1,300 obras cuyo valor asciende a los mil millones de dólares. 

Para los multimillonarios, el arte es una moneda de cambio. Michael Schnayerson explora este fenómeno en su más reciente libro, Boom: mad money, mega dealers, and the rise of contemporary art. A partir de la carrera de Jean-Michel Basquiat, el periodista de Vanity Fair analiza la manera en que artistas, galeristas y coleccionistas inauguraron una dinámica de mercado que impera hasta nuestros días: mientras más altos los precios de las obras, más compiten los ricos por ellas, porque piensa que su valor es superior. Bajo esta perspectiva, el arte no es solo un lujo, sino una inversión.

Mantener los precios inflados es una manera de garantizar mayores beneficios económicos, pero algunos críticos consideran que esto simplemente refuerza la desigualdad que se vive dentro del mundo del arte. Un artista percibe ingresos la primera vez que vende su obra, pero si el comprador la vende años después a un precio superior, no recibe ni un centavo. Las casas de subastas, las galerías, los coleccionistas y marchantes son quienes definen los precios de cualquier obra, pero en algunas ocasiones dejan fuera de la ecuación el mérito artístico. Los artistas deben invertir tiempo y dinero antes de alcanzar un trato justo con una galería o un coleccionista, lo que deja fuera a quienes tienen talento pero no los recursos para dar a conocer su obra.

Del Renacimiento a la fecha, el mecenazgo artístico es un pasatiempo de los más ricos y no parece que eso vaya a cambiar pronto. No obstante, existen algunos esfuerzos por democratizar el arte. Mientras en algunas subastas las obras alcanzan cifras estratosféricas, pequeñas galerías y ferias de arte como Superfine! apuestan por dinámicas más transparentes, precios regulados y nuevos talentos. 

¿Cómo es ser directora de cine?

La edición 72 del festival de cine de Cannes se inauguró esta semana. Durante la conferencia de prensa del jurado, este año presidido por Alejandro González Iñárritu, las directoras de cine Kelly Reichardt y Alice Rohrwacher hicieron una petición especial a los reporteros: “Dejen de referirse a nosotras como mujeres directoras, (en inglés, female directors)”. Para Rohrwacher la pregunta “¿cómo es ser directora de cine?” es extraña y sin sentido. “La gente dice que no hay suficientes mujeres, pero no basta hablar al final de la cadena. Tenemos que mirar al principio”, señaló.

Este año, la competencia solo cuenta con cuatro filmes dirigidos por mujeres de un total de 19, en tanto que hay un jurado paritario: junto con Reichardt y Rohrwacher se encuentran las actrices Elle Fanning y Maimouna N’Diaye.

Sin embargo, hacer las cuentas de cuántas mujeres forman parte de la industria fílmica es una tarea ociosa que no conduce a la igualdad, de acuerdo con Katherine Mangu-Ward, editora de Reason. Llevar el registro puede servir para observar algo, entenderlo y sentir la ilusión de que se tiene el control sobre ello, pero no es suficiente. “Mantener la cuenta de ese desequilibrio de género es como cualquier otro trabajo emocional: es agotador y distrae de un trabajo más sustantivo”.

Si lo que se pretende es la construcción de una industria del cine donde las mujeres y los hombres tengan las mismas posibilidades de promoción y aspiren a sueldos justos, habría que empezar por no enfocarse en cuántas mujeres son directoras, sino en los mecanismos que están impidiendo que las mujeres ocupen posiciones de poder. La crítica de cine Anna Smith piensa que deben realizarse cambios culturales. “Necesitamos que las grandes ceremonias de entregas de premios y festivales reconozcan a las cineastas y alienten a las mujeres a ingresar a la industria. Pero también necesitamos ser más acogedores con las mujeres que ya trabajan en ella”.