Cultura condensada | Letras Libres
artículo no publicado

Cultura condensada

Una mirada semanal a las noticias y debates de la cultura.

La brecha de género en el mundo del arte

El mundo del arte es uno de los más desiguales. Aunque la figura femenina es uno de los principales motivos pictóricos, ningún cuadro pintado por una mujer figura entre las diez obras de arte con los precios de venta más altos. El análisis de Taylor Whitten Brown para el reporte The Art Market revela que el arte elaborado por mujeres tiene menos valor comercial que el hecho por hombres. Al analizar los precios de lista de las 108 mil 654 obras producidas desde 1999, almacenadas en la base de datos de Artsy, se percató de que la media de precio para los artistas masculinos era de 5 mil dólares, en contraste con 4 mil dólares para las mujeres. El precio promedio de un cuadro pintado por un hombre supera los 17 mil dólares, frente al promedio de 10 mil para una obra hecha por una mujer. Para él, existen varias posibles respuestas a este fenómeno.

En primer lugar, la brecha salarial entre hombres y mujeres que no es exclusiva del mundo del arte. Según datos de la OCDE, en 2016, las mujeres ganaron 13.8% menos que los hombres. La organización explica que, si bien hoy en día las niñas superan a los niños “en algunas áreas de la educación y son menos propensas a abandonar sus estudios”, el panorama es negativo: “Las mujeres siguen ganando menos que los hombres, tienen menos probabilidades de llegar a la parte superior de la escala profesional y son más propensas a pasar sus últimos años en la pobreza”.   En el mundo del arte, la justificación más recurrente es que las habilidades de hombres y mujeres son diferentes; por ende, el arte hecho por ellas es inferior. Esta afirmación, además de ser ofensiva, es errónea. De acuerdo con el análisis de Whitten Brown, un porcentaje mayor de mujeres estudia carreras relacionadas con arte y le dedica más o igual de tiempo a sus obras que sus contrapartes. El problema es que se espera que las mujeres trabajen de cierta manera y sus obras de arte cumplan con ciertas temáticas y normas. Cuando esto no sucede, viene el rechazo. Por ejemplo, Walter Gropius, fundador de la Bauhaus, creía que las mujeres eran incapaces de pensar en tercera dimensión, por lo que no debían dedicarse a la arquitectura o al diseño. La misma idea compartía Le Corbusier, quien se negó a aceptar a la arquitecta francesa Charlotte Perriand como estudiante, con la frase “aquí no bordamos cojines”.

Otra hipótesis de Whitten Brown está vinculada con la relación entre la demanda y la discriminación. Curadores, galeristas, coleccionistas y críticos prefieren el arte hecho por hombres y al ocupar posiciones de poder limitan los espacios de exposición para las mujeres. Si bien hacen falta estudios que sustenten la postura de Whitten Brown, basta ver las adquisiciones de los últimos años de los museos para notar que hay una preferencia por los artistas masculinos. En los museos de los Estados Unidos, más del 75% de los artistas expuestos son hombres blancos. El año pasado, Helen Gørril, autora de Women can’t paint: Gender, the glass ceiling and values in contemporary art, denunció que aunque el discurso de la galerías Tate gira en torno a la diversidad, el 30% de las obras que conforman su colección fueron pintadas por mujeres y 13% de su presupuesto anual se destinó a adquirir obras hechas por mujeres, lo que, sostiene, “perpetúa el dominio de los artistas hombres en las colecciones y suprime el valor del trabajo de las mujeres”.

Para Whitten Brown, lejos del valor teórico de estas hipótesis vale la pena preguntarse por qué es hasta este momento que el mundo del arte se está interesando en el papel de la mujer como artista. El investigador propone como soluciones a la desigualdad que las instituciones, académicos y espectadores dejen atrás los prejuicios y cambien el parámetro de valores hacia uno que esté menos centrado en el hombre y que no demerite las características artísticas que están o han estado tradicionalmente asociadas con las mujeres.

 

Las industrias creativas al rescate de las zonas rurales

El 72% del territorio de los Estados Unidos es rural. En él habitan 60 millones de personas, el 19% de la población estadounidense, de acuerdo con el censo de 2010. De un siglo para acá, el número de jóvenes que emigran a las ciudades se ha incrementado, reduciendo las tasas de natalidad regionales. Las principales causas de la migración son la falta de oportunidades educativas y laborales, las necesidades de infraestructura, las altas tasas de pobreza y el acceso limitado a servicios de salud, como analiza el sociólogo Kenneth Johnson en su artículo “¿Dónde está la ‘América rural’ y cómo luce?”.

La clave para lograr prosperidad en las zonas rurales podría estar en las industrias creativas, como reveló un estudio con datos del Departamento de Agricultura y de la Fundación Nacional para las Artes.

Timothy R. Wojan y Bonnie Nichols, autores de la investigación, analizaron los índices económicos de las zonas rurales para saber cómo superaron el periodo de recesión comprendido entre 2010 y 2014. Los resultados son interesantes. Aquellos condados rurales que albergaban alguna organización artística experimentaron un incremento de población tres veces más rápido y mayores ingresos familiares (hasta 6 mil dólares más) que aquellos que no contaban con al menos una compañía artística en su territorio. Los negocios que ofrecían servicios de diseño se recuperaron más rápido de la recesión que otros giros. Mientras tanto, dos de tres empresas ubicadas en estas regiones señalaron que el arte y el entretenimiento ayudan a atraer y retener trabajadores.

A partir de estos hallazgos, la National Governors Association ha lanzado la iniciativa “Rural Arts”, cuyo objetivo es incrementar la prosperidad a través de las artes. Un documento que se dio a conocer el pasado 12 de marzo ofrece casos de éxito donde las comunidades rurales se han vuelto más resilientes y sostenibles mediante iniciativas del sector creativo. Es el caso del estado de Montana, el cual ha impulsado un programa de tutoría y emprendimiento para artistas visuales. Durante diez meses los artistas son capacitados en diversas áreas para que puedan desarrollar sus propios negocios y posicionarse dentro del mundo del arte. Los 400 artistas que participaron entre 2009 y 2014 reportaron un incremento de la venta en línea de sus obras de hasta el 650%. Otro ejemplo son los distritos de arte y entretenimiento de Maryland, que ofrecen incentivos fiscales para atraer artistas y empresas creativas. En 2016 se impulsaron 8 mil 500 trabajos que representaron 267 millones de dólares en salarios y se obtuvieron 63.5 millones de dólares en ingresos fiscales locales y estatales.

En la opinión de Johnson, “Una América rural vibrante amplía la diversidad económica, intelectual y cultural de la nación”. Por lo pronto, los empresarios y autoridades están apostando por las industrias creativas para mejorar sus condiciones de vida.

 

Separar la obra del artista

¿Qué tienen en común Louis C.K., Kevin Spacey y Michael Jackson? Los tres se han visto involucrados en escándalos sexuales y ahora su trabajo paga las consecuencias. En los casos de C.K. y Spacey no bastó con haberlos despedido de sus trabajos y excluirlos de la sociedad. El castigo se extendió a lo que hicieron en el pasado. Por ejemplo, Spacey fue reemplazado por Christopher Plummer en la última cinta que filmó y HBO, Netflix y CBS cancelaron las transmisiones de los shows comedia protagonizados por C.K. La actual polémica por el documental Leaving Neverland vuelve a poner el dedo en la llaga sobre el debate de qué hacer con la obra de un artista cuando este ha caído del pedestal.

Lionel Shriver reflexiona sobre esto en un ensayo publicado en Harper’s. La escritora opina que nos encontramos en el momento donde “las malas conductas de los artistas ahora contaminan los frutos de sus labores, como los pecados del padre que visitan a los hijos”. La desaparición de todo rastro de su trabajo es un castigo “más cruel e injusto” que la cárcel o las multas. Nada justifica sus acciones, pero el precio a pagar es alto.

La idea de separar al artista de su obra se la debemos a los críticos literarios del siglo XX, quienes consideraban que si una obra era lo suficientemente buena, debía sostenerse por sí misma, sin importar quien la concibió. Al juzgar a los creadores por su calidad moral antes que por la calidad de sus obras se viola este criterio. No importa si se trata de actuaciones convincentes, películas memorables, historias extraordinarias, lo que permea es que su creador es un depredador. En todo caso, la censura tendría que justificarse por lo decadente de la pieza, no por la vida de quien está detrás. A propósito de los escándalos sexuales en los que se vieron involucrados Woody Allen y Roman Polanski, la crítica Josephine Livingstone señaló que, a pesar de lo deplorable de sus acciones, sus cintas son “regalos para la cultura”, por lo que no habría que pretender que no valen la pena. Reconciliar el placer estético con el disgusto moral es una tarea ardua. 

Además, nadie quiere ser asociado con una persona non grata. Cuando algún empresario o creador muestra su apoyo –ni siquiera hacia el acusado, sino a su trabajo–, se vuelve inmediatamente cómplice y objeto del escarnio público. Ese fue el caso de Ian Buruma, exdirector del New York Review of Books, despedido luego de publicar un artículo escrito por Jian Ghomeshi, quien enfrentaba acusaciones por abuso sexual. Buruma fue condenado al oprobio sin ser culpable. En opinión de Daniel Gascón: “la prohibición ya no solo afecta a la persona que ha cometido la transgresión o el crimen, sino a quien posibilita su expresión”.

Algunas estaciones de radio mundiales han optado por silenciar a Michael Jackson, como si sus innovaciones musicales no hubieran existido, pero sus seguidores siguen escuchando sus canciones. En las semanas posteriores al estreno del documental, las ventas de sus discos y el número de reproducciones de sus canciones en plataformas digitales han incrementado. Lo que indica que, contra todo pronóstico, la música de Jackson ha sabido sobreponerse al escándalo. 

 

El futuro de la world wide web

La web nació con el objetivo de compartir datos sobre experimentos de física. Treinta años después, la mitad del mundo está conectada a ella para comunicarse e informarse sobre cualquier asunto. Pero para Tim Berners-Lee aún está lejos de ser lo que desea. “Si renunciamos a mejorarla ahora, no será la web la que nos habrá fallado. Seremos nosotros los que le habremos fallado a la web”, dijo el ingeniero computacional en una carta que publicó en conmemoración del aniversario de su invento.

En un foro realizado en Ginebra, Berners-Lee advirtió que es necesario luchar por la neutralidad del internet, la privacidad, el control de los datos personales y la libertad de expresión. Con el propósito de hacer frente a las amenazas, propuso un Contrato para la web donde gobiernos, empresas y ciudadanos se comprometan a establecer normas y leyes. Dicho documento lo concibe como “un proceso que señale un cambio en cómo concebimos nuestra relación con nuestra comunidad en línea”.

Berners-Lee no es el único preocupado por estos temas. Mark Zuckerberg también escribió una carta y se comprometió a trabajar en la privacidad de los usuarios de sus redes sociales. En contraste con la política de datos abiertos que ha utilizado Facebook a lo largo de estos años, su fundador ahora plantea una serie de cambios para fomentar interacciones más seguras. “Creo que el futuro de la comunicación cambiará cada vez más a servicios privados y encriptados donde las personas pueden confiar en que lo que se dicen entre sí se mantiene seguro y sus mensajes y contenido no se quedarán para siempre. Este es el futuro, espero que ayudemos a lograrlo”.

Tanto Berners-Lee como Zuckerberg concuerdan en que el futuro del internet se tiene que construir hoy mediante la protección de los derechos y libertades de los usuarios en línea. “Si podemos mover el mundo en esa dirección, estaré orgulloso de la diferencia que hemos hecho”, concluyó Zuckerberg.