Cultura condensada | Letras Libres
artículo no publicado

Cultura condensada

Una mirada semanal a las noticias y debates que involucran a la cultura en sus distintas expresiones.

¿Los booktubers están arruinando la lectura?

Desde 2003 se organiza, dentro de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, “Los lectores presentan”, un programa que tiene como objetivo que los lectores ajenos a la industria editorial dialoguen con los escritores y hablen sobre sus obras, para invitar al público a leerlas. Los participantes son elegidos al azar y se les asignan obras acorde a sus edades e intereses. Si bien el ejercicio es loable, parece quedar incompleto porque los comentarios de algunos de los presentadores son superficiales, carecen de análisis y se limitan a la descripción de su experiencia de lectura; es frecuente oír en estos paneles frases como “me gusta que el libro tiene letra grande” o “lo recomiendo porque se lee rápido”. Que el tamaño de la fuente o la prosa fluida hayan sido lo primero que les llamó la atención a los lectores no es lo alarmante, sino que el ciclo termine sin una discusión de la obra donde se analicen sus aspectos formales, o interpreten la temática y su relevancia frente a otros textos. Este ejemplo sirve para echar luz sobre la relación de los lectores con los libros y la literatura.

Desde hace unos años, Youtube ha sido empleado como plataforma para creadores de contenido, principalmente jóvenes, que comparten y reseñan sus lecturas. Su éxito –entendido como cantidad de reproducciones y de seguidores– ha provocado que las editoriales se acerquen a ellos para amplificar el alcance de sus novedades. Aunque falta evidencia sobre el impacto que han tenido estos booktubers en el esfuerzo de fomento de lectura, la manera en que se expresan acerca de los libros es similar a lo que se escucha en las aulas o en las presentaciones de libros, es decir, reflexiones que oscilan más bien sobre la superficie.

Parecería que la mayoría de los booktubers siguen un mismo patrón, al recomendar por igual sagas literarias, novelas con adaptaciones cinematográficas, historias de amor y clásicos. Describen su exterior, cuentan cómo llegó a sus manos, bromean sobre alguna situación y comentan lo positivo y negativo de la obra. Como ya lo comentó en estas páginas Ana Garralón: “Teniendo en cuenta que hay videos que duran quince minutos, sorprende que los booktubers no hagan reflexiones sobre narradores, tiempo, espacio, figuras literarias... en fin, todo eso que la crítica por escrito se cuida de observar y valorar. Pero, claro, estos comentadores conocen muy bien a su público, lector o no lector al que hay que animar, y es mejor hablar ligero”.

Un estudio publicado el año pasado expuso que el principal contenido de los 10 booktubers más populares eran las listas en video donde recomendaban varios libros, dedicándole a cada título un par de minutos para describir su argumento. En segundo lugar se encontraba el contenido no relacionado con literatura, por ejemplo, videos de preguntas y respuestas sobre sus vidas o reseñas de juegos de mesa.

Sorprende que en estos espacios que surgieron por el gusto a la lectura no se le dedique tiempo, justamente, a una lectura crítica. Esto podría explicarse por el poco peso que se le ha dado a dicha actividad dentro de los planes educativos. Se cree que leer más es sinónimo de leer mejor, pero de nada sirve leer más de 3.8 libros al año, el promedio de lectura de los mexicanos, si no se es capaz de profundizar en lo que se acaba de leer. Algunos profesores piensan que con saturar sus programas con lecturas obligatorias se formarán mejores lectores. No obstante, el deber es uno de los principales impedimentos para lograrlo.

De acuerdo con Juan Domingo Argüelles, el modelo educativo que ha sometido a la lectura bajo el esquema de recompensa o castigo en la calificación ha creado estudiantes que “en su necesidad de aprobar la materia de español o de literatura, se aplican y se esfuerzan en repetir sin comprender lo que el maestro y la escuela quieren oír”, y al obtener la nota se olvidan de todo lo que tenga que ver con los libros.

Otro error es obligar a los estudiantes a comentar el texto que acaban de leer, pero sin tener claro cómo hacer ese comentario, permitiendo que cualquier idea relacionada con el texto sea considerada válida, por más accesoria que sea. Escribe Daniel Pennac en Como una novela: “Hablar de una obra a los adolescentes, y exigirles que hablen de ella puede revelarse muy útil, pero no es un fin en sí. El fin es la obra. La obra en las manos de ellos. Y el primero de sus derechos, es el derecho a callarse”. En pocas palabras, si los comentarios que se harán sobre el texto no contribuyen a ampliar las relaciones entre este y su contexto ni le abrirán los caminos a los futuro lectores, es preferible no decir nada. Los profesores y promotores de lectura tendrían que modificar las estrategias para que la lectura deje de ser una imposición y los comentarios no se vuelvan meras repeticiones de lo dicho por otros.

Centrar este debate únicamente en lo que los especialistas y profesionales del libro piensen tampoco es saludable, porque dentro del medio cultural también hay quienes son lectores que no leen “o que se limitan a un marco profesional estrecho, o a un determinado género de obras”, como Argüelles describe en su libro ¿Qué leen los que no leen?. Que sean diferentes las voces que se escuchan sobre los libros ayuda a enriquecer el diálogo y eliminar el falso argumento de que solamente los expertos tienen opiniones autorizadas.

La lectura crítica es una actividad donde se comparten y contrastan diferentes puntos de vista y no es exclusiva de la academia. Por tal razón, los esfuerzos de difusión de la literatura en canales de videos, blogs y podcasts no deberían prescindir de la reflexión, examinación e interpretación. El gusto que un libro provoca es un motivo perfectamente válido para hablar de él, pero dejar el comentario en ese plano no ayuda a que más lectores se interesen en ello, ni a extraer de la experiencia de lectura las referencias, detalles e ideas que el libro contiene.

Los modos de apreciar, difundir y compartir la literatura han cambiado gracias a la tecnología. Pero, dentro de estas dinámicas donde la inmediatez de la información se privilegia por encima del conocimiento y el placer, es esencial despertar un interés por formar lectores más críticos que no se conformen con responder ¿de qué trata el libro?, sino que sean capaces de construir discursos en torno a la obra que les permitan responder a preguntas que no tenían previstas.

 

¿Adiós a Tierra Adentro?

Algunas cosas se saben: se anunció que la Dirección General de Publicaciones se fusionará con el Fondo de Cultura Económica; tendrá una reducción presupuestal de diecisiete millones de pesos. Pero no hay muchos más detalles. Ante las incógnitas sobre el futuro de colecciones, fondos editoriales y demás, en Twitter varios usuarios iniciaron un movimiento para pedirle a Paco Ignacio Taibo II mantener el Programa Cultural Tierra Adentro, integrado por una revista y un fondo editorial.

Isabel Zapata, Julián Herbert, Karen Villeda y Pedro Ángel Palou fueron algunos de los escritores que compartieron sus cinco libros favoritos del catálogo para defender al Fondo Editorial Tierra Adentro.

A su vez, Mauricio Montiel Figueiras creó el hashtag #YoSíQuieroTierraAdentro para impulsar la campaña a favor del programa.

El FETA surgió en 1990 como una extensión a la labor de divulgación de las obras de escritores menores a 35 años que la revista Tierra Adentro realizaba. La colección no solo se distingue por las propuestas innovadoras en diferentes géneros, que abarcan desde el teatro hasta la novela gráfica, sino por sus portadas, escaparates para artistas plásticos emergentes. Como se lee en su sitio web, se trata de un “proyecto editorial sin precedentes” que ha contado con el apoyo de “diversas instituciones culturales en la coedición de premios literarios y novedades”.

No es la primera vez que el programa cultural Tierra Adentro se ve amenazado. Desde hace algunos años, sus titulares se han enfrentado a las bajas ventas, los problemas de distribución y los altos costos de las ediciones. A pesar de eso, sigue ocupando un lugar único como plataforma de jóvenes talentos.

Ni quien, según se ha anunciado, será el director del FCE ni la secretaria de Cultura han dado información acerca del destino que le depara al proyecto cultural, pero las convocatorias a los premios del siguiente año siguen abiertas. Un proyecto de esta importancia merece, más que su eliminación, un impulso decidido.