Coronavirus: sus otros síntomas | Letras Libres
artículo no publicado

Coronavirus: sus otros síntomas

Si la literatura nos enseña que la enfermedad del cuerpo puede ser una metáfora de la enfermedad del espíritu, tal vez haya que prestar atención a los síntomas que suceden entre las líneas de los encabezados diarios: el alarmismo, la maldad, la ignorancia.

Dubai. Enero 2020.

Aterricé en Dubai en medio de la alerta en China del Covid-19. Semanas antes se habían detectado diversos casos en la provincia de Wuhan, la más poblada en el centro de China, pero fueron ignorados por negligencia del Comité Central. Cuando la crisis estalló a comienzos del año, la ciudad cerró el aeropuerto y canceló las celebraciones del Nuevo Año Lunar, en un intento por limitar el contagio, pero ya era demasiado tarde.

Fuera de la presencia de varias personas con cubrebocas en los pasillos del aeropuerto, todo luce normal. Ya en el taxi, le pregunto al conductor si está preocupado por el virus y su impacto en el turismo, pero no me contesta –tan solo en 2019, Dubai recibió cerca de un millón de turistas provenientes del gigante asiático, y se espera que el número crezca en los próximos años

El turismo representa entre el 15 y el 20% del PIB de dicho emirato.

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Miro la ciudad desplegarse en esa mezcla entre lo nuevo y lo inacabado (¿no es ésta una definición de la esperanza?): decenas de grúas y edificios a medio terminar esperan su conclusión de cara a la Expo 2020. En mi celular, sin embargo, aparece la nota de un hombre fallecido en Filipinas debido al coronavirus. Es el primer deceso fuera de China.

 

Dubai. Enero 2020.

Pandemia. Peste. Leo que ambas palabras refieren a enfermedades infecciosas que se extienden a gran parte de la población, aunque la segunda tiende a utilizarse para nombrar a los padecimientos relacionados a la Yersinia pestis, bacteria que en la Edad Media ocasionó la peste bubónica –tras el descubrimiento de una cepa en los restos de pobladores suecos del neolítico, se cree que la primera peste sucedió en el año 5000 A.C., aunque a nivel histórico se considera a la Plaga de Justiniano (sucedida entre 541 y 543 D.C.) como la primera pandemia.

Procopio de Cesárea, en sus Historias de las Guerras, documenta la peste de la siguiente manera:

Por este tiempo se declaró una epidemia de peste que estuvo a punto de acabar con toda la raza humana. (…) Al segundo año, a mediados de la primavera, llegó a Bizancio, donde casualmente estaba yo residiendo en aquel entonces. Y ocurrió de la siguiente manera. Muchos vieron unas apariciones fantasmales con forma de seres humanos de diverso aspecto y todos los que se las encontraban creían que eran golpeados por ese hombre que les salía al paso en cualquier punto de su cuerpo. Y, nada más haber visto la aparición, al momento eran atacados por la enfermedad. (…) Lo cierto fue que, en cuanto se vieron libres de la enfermedad y sospecharon que ya estaban salvados y seguros, porque el mal se había trasladado a otros pueblos, se produjo en ellos una inmediata mudanza hacia lo peor, superándose a sí mismos en maldad y en cualquier otra clase de delito”. (Libro II, Historias de las Guerras: Guerra Persa)

En uno de mis grupos de Whatsapp, mis contactos en Dubai bromean sobre la escasez de cubrebocas. Uno de ellos ha comprado más de diez cajas: planea venderlas en línea.

 

Dubai. Febrero 2020.

Se ha confirmado el primer caso de coronavirus en Dubai: una familia china que se encontraba de vacaciones en la ciudad. Si estamos ante una pandemia, tal vez haya algo que aprender de lo que se ha escrito sobre ellas.

Entre 1346 y 1353, la Peste Negra fue responsable del fallecimiento de entre 30 y 60% de la población en Europa (se necesitaron alrededor de cien años para volver al nivel de población previo anterior a la epidemia). El Decamerón, obra de Giovanni Boccaccio, cuenta cómo diez hombres y mujeres huyen de una Florencia aquejada por dicha enfermedad:

¿Qué más puede decirse (…) sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida? (El Decamerón, Primera Jornada)

Para entretenerse inventan un juego en el que cada uno de ellos elegirá un tema diario (el amor, la inteligencia y la fortuna, principalmente) sobre el cual el resto contará una historia. “Hemos de vivir festivamente, pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir”, dice uno de los personajes.

Pienso en esta frase mientras miro a mi alrededor: es fin de semana y hemos venido a un brunch, que en Dubai no es otra cosa que un buffet con alcohol ilimitado en alguno de los tantos hoteles de la ciudad. La mayoría en la mesa se encuentran borrachos. Frente a nosotros, en la pista de baile, un hombre cae al suelo riendo.

Vivir festivamente es un tipo de optimismo, pienso.

O, acaso, una variante del cinismo.

 

Barcelona. Febrero 2020.

En Soy leyenda, Richard Matheson narra la vida de Robert Neville en un mundo el que una pandemia ha transformado a los seres humanos en criaturas similares a vampiros. Durante el día, Neville recorre una ciudad vacía buscando comida, gasolina o a Ben, un excolega que cada noche lo visita con el deseo de comérselo. En las primeras páginas leemos la siguiente descripción:

Cuando entró en el silencioso almacén sintió de pronto el fétido olor de los alimentos putrefactos. Empujó rápidamente el carrito a lo largo de los silenciosos y polvorientos almacenes. Por fin encontró las botellas de agua. En el fondo, una puerta se abría a unos pocos escalones. Metió las botellas en el carrito y subió. El propietario del mercado debería estar en el piso de arriba. Eran dos. En el vestíbulo, recostada en un sofá, había una mujer de unos treinta años, enfundada en una bata roja. Respiraba lentamente, tenía los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el estómago. Neville buscó el martillo y la estaca. (Soy leyenda, Enero de 1976, capítulo 2)

En la literatura, la quintaesencia de una pandemia es una ciudad deshabitada (Procopio termina su relato como Matheson comienza el suyo). Barcelona, en este sentido, no llega a transmitirme ese dejo apocalíptico, pero luce vacía para esta época del año en la que normalmente se realiza el Mobile World Congress (MWC), evento de tecnología que reúne a operadores de telecomunicaciones, empresas de tecnología y fabricantes de dispositivos móviles a nivel mundial.

En esta ocasión, sin embargo, el evento ha sido cancelado debido a la amenaza del virus. Se estima que la derrama económica por el MWC es de aproximadamente 500 millones de euros, por lo que su cancelación deja un boquete importante en las finanzas de Barcelona.

Esto no solo afecta a la Ciudad Condal: el coste global podría ser de casi 3 billones de dólares debido, principalmente, al decremento en las exportaciones, la caída en las principales bolsas financieras, la interrupción de distintas cadenas de producción y, finalmente, la contracción del turismo a nivel mundial. Más aterradora, sin embargo, es la desigualdad evidenciada por el coronavirus: falta de flexibilidad para trabajadores en sectores de servicios o con contratos temporales que los obligan a trabajar en condiciones que para otros son de riesgo. Los trabajadores autónomos y negocios pequeños son otro segmento que se verá severamente afectado: una amiga que trabaja como diseñadora independiente y maestra de baile en Alemania me cuenta que todas sus clases y presentaciones han sido canceladas por los próximos meses. “No sé qué vamos a hacer”, remata con obvia desesperanza.

 

Ciudad de México. Marzo 2020.

Llego a la Ciudad de México un miércoles en la noche. En el taxi hago las preguntas de rigor: “¿cómo está el país? ¿Cómo va la cosa con López Obrador?”. La conversación nos lleva, invariablemente, hacia el coronavirus.

“Está muy sospechoso, joven”, me dice el conductor mientras saca el celular de su bolsillo y busca un mensaje entre sus chats. “Yo creo que los gringos le quieren dar en la madre a los pinches chinos. Mire, a ver qué le parece”.

Me pasa su teléfono con un video que narra (con una voz parecida a la de un robot) una teoría conspirativa sobre el diseño del virus en un laboratorio británico. Me llama la atención un detalle: la baja tasa de mortalidad (TM) del Covid-19 como supuesta prueba de que fue diseñado: la del coronavirus es baja: entre el 2 y el 3%

El número sigue cambiando por varias razones, aunque una cosa es clara: el Covid-19 tiene un mayor factor de riesgo en la población arriba de los 60 años.

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, en comparación con el 10% y 35% del SARS y el MERS, respectivamente.

De ser así, ¿por qué nos asusta tanto lo que está sucediendo alrededor del Covid-19? Giorgio Agamben, filósofo conocido por sus escritos sobre el “estado de excepción” como mecanismo para limitar garantías y libertades, ha criticado la respuesta ante el coronavirus como un montaje más de esta maquinaria estatal. Otras voces apuntan a teorías igual de inadmisibles: la guerra comercial entre China y Estados Unidos o el episodio de una guerra biológica, como si la mutación de un virus conocido fuera una idea demasiado descabellada como para ser cierta.

Lo que la mayoría ignora es que el riesgo de una epidemia no reside únicamente en su tasa de mortalidad, sino también en la rapidez del contagio, el desconocimiento de la enfermedad (una fracción de las personas contagiadas por el virus no presenta síntomas) y el impacto en los sistemas productivos y de salud de un país (en Wuhan, muchas personas que murieron por el Covid-19 podrían haber sobrevivido si hubieran tenido acceso a una infraestructura de salud pública más robusta).

Albert Camus, en su novela La peste (que, por cierto, ha tenido un repunte de ventas en estas fechas), explica nuestra incapacidad de encontrar respuestas adecuadas de la siguiente manera:

Las plagas, en efecto, son una cosa común, pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. (…) Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estúpido”. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si dejara de pensar siempre en sí mismo. (La peste, primera parte)

 

Dubai. Marzo 2020.

He regresado a Dubai después de más de dos semanas fuera. Al aterrizar, una estación itinerante nos espera para tomarnos la temperatura a todos los pasajeros. Aquellos con fiebre serán enviados a una estación secundaria, donde les tomarán distintas muestras y los harán firmar una carta que los compromete a una semicuarentena voluntaria. Las escuelas, por su parte, han decidido suspender clases por las próximas cuatro semanas y los lugares de trabajo han activado diversas políticas de labor a distancia.

Por mi parte, regreso a la lectura de Procopio de Cesárea: su texto no solo relata los síntomas de la peste (“repentinamente les daba fiebre”), sino también el desconcierto (“no había ninguna causa de esta enfermedad que pudiera ser comprendida por el razonamiento humano”) y el pánico social (“hacían por no oír ni siquiera la llamada de sus amigos y los dejaban encerrados en sus habitaciones”) que aquejó a Bizancio en esa época. Por alguna razón, dichos párrafos no suenan demasiado distinto a lo que estamos viviendo ahora: en Birmingham, por ejemplo, un hombre golpeó a una mujer tras acusar a su amiga de ser portadora del virus, mientras que en Londres un joven de Singapur fue atacado en un incidente relacionado al coronavirus.

Al escribir estas líneas no hay desenlace visible para el Covid-19 (hay más de 125 mil casos registrados a nivel mundial y el número sigue creciendo). Pese a esto, la literatura nos enseña, en múltiples instancias, que la enfermedad del cuerpo puede ser una metáfora sobre la enfermedad del espíritu. De ser así, tal vez haya que prestar igual atención a esos síntomas que suceden entre las líneas de los encabezados diarios, aquellos que señalan no la fiebre, sino el alarmismo; no el resfriado, sino lo peor: la maldad, la ignorancia y el cinismo.