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Clubes de lectura: leer como experiencia compartida

En Argentina, la situación excepcional planteada por la pandemia ha propiciado un auge de los clubes del libro y las suscripciones literarias. De ese modo la práctica de la lectura, esencialmente solitaria, se ha transformado en una experiencia colectiva.

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Leer es una práctica que, en nuestra cultura y desde hace siglos, se ejerce en silencio y en soledad. Por lo general, para leer nos vamos a lugares tranquilos y apartados, o procuramos, en todo caso, crear en torno a nosotros una especie de “cápsula” imaginaria para estar solos (con un libro) aunque estemos rodeados de gente. Sin embargo, en tiempos de aislamiento forzoso como los actuales se produce un choque de fuerzas: ese anhelo de soledad confronta con la necesidad de construir puentes, reforzar los vínculos, tender lazos hacia los demás, aunque sea a través de las pantallas y la virtualidad.

Esa es una de las posibles explicaciones del fenómeno de los clubes de lectura, las suscripciones literarias y otras formas de lectura compartida que se experimenta en la Argentina en estos días. No es algo nuevo, por supuesto, pero en tiempos de pandemia y restricciones sociales se ha producido un pequeño pero significativo boom.

“La lectura funciona como punto de encuentro en tiempos de incertidumbre y aislamiento”, opina Bianca Mera, responsable de Notingil, una de las plataformas de suscripción que se han lanzado recientemente. Y añade que “los clubes de lectura actúan como el marco de contención necesaria entre la práctica solitaria de la lectura y el intercambio con nuestros pares”.

Sebastián Lidijover, creador y director de Club Carbono, afirma que estos espacios “funcionan como un empujoncito para encontrar momentos para leer. Y, por otro lado, me parece que leer es una de esas actividades que se contagian (qué difícil usar esa palabra en una pandemia). Cuando tenemos cerca gente que lee y comenta libros, nos dan más ganas de leer”.

“De alguna manera, estas prácticas de lectura colectiva recuperan algo del espíritu original de la lectura en voz alta: durante muchos siglos, la lectura era una experiencia compartida por los miembros de una comunidad –enfatiza por su parte Ana Brandstadter, la persona detrás de Bukku, otro sistema de suscripción–. Tal vez se trata simplemente de la necesidad de intercambiar las sensaciones y opiniones que nos produce una historia bien contada”.

 

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Pero ¿de qué hablamos exactamente cuando decimos “lectura compartida”? Existen modalidades diferentes. Algunas consisten en una suscripción al estilo de los clásicos círculos de lectores: a cambio de un pago fijo, cada socio recibe en su casa un libro cada mes. Así funcionan los ya citados Notingil y Bukku, y también otros como Escape a Plutón. El también citado Club Carbono no incluye el envío de ejemplares, sino que propone lecturas y envía mails con análisis y reflexiones sobre esos textos. Y otros, como por ejemplo Pez Banana, combinan las dos variantes: la suscripción y los comentarios.

Escape a Plutón, que funciona desde 2012, es el más antiguo de los clubes actualmente en actividad. “Pero en estos últimos meses hubo un crecimiento exponencial de miembros”, destaca Martín Jali, su coordinador. Hoy por hoy, el número de suscriptores ronda los 400. De todos modos, no es la pandemia, desde luego, la única causa del éxito de estas iniciativas. “La masificación cada vez mayor del comercio a distancia y del modelo de negocio de las suscripciones, que permite diagramar un vínculo y una asiduidad con los lectores”, es otro factor fundamental, destaca Jali.

También las redes sociales –en particular las cuentas de Instagram que hablan de libros, los llamados bookstagrammers– y los newsletters literarios han propiciado en los últimos años que muchas personas quieran compartir lo que leen. Ahí está por ejemplo La gente anda leyendo, el espacio de lecturas y libros coordinado por Maru Drozd que casi 70 mil personas siguen en Instagram.

Cada una de estas propuestas brinda, además, una herramienta que se torna sumamente valiosa ante la vastedad de los libros que se publican: las recomendaciones. Florencia Ure cuenta que tanto ella como Santiago Llach, debido a sus carreras profesionales –ella con muchos años de trabajo en editoriales, él como poeta y tallerista–, eran “recomendadores seriales”, constante fuente de consulta para gente que quería saber qué libro leer o regalar.

Entonces llegó un día en que se plantearon: “¿Qué pasa si esta curaduría, que vivimos haciendo ‘de onda’, la hacemos en un club del libro?”. Así fue como, a principios de este año, nació Pez Banana, obviamente en homenaje a J. D. Salinger. Ure y Llach ahora no solo sugieren qué leer: a cambio de una suma mensual, sus recomendaciones llegan por correo a casa de sus 700 suscriptores.

También Ana Brandstadter pone el foco en la curaduría. Los envíos de Bukku llegan en una bonita caja que contiene, además del libro, cada mes un regalo diferente: un cuaderno, un señalador, un par de calcetines con “ilustraciones literarias”, etc. Brandstadter explica que una de sus fuentes de inspiración fue el club del vino, donde el conocimiento y el cuidado en la selección de los productos genera un valor agregado y, en consecuencia, “una experiencia de compra y consumo totalmente diferente”.

 

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Además de los lectores, el auge de las suscripciones literarias tiene otra parte muy beneficiada: las editoriales independientes. Si bien hay algún club como Notingil, que ofrece un servicio de curaduría personalizada (cada suscriptor puede elegir entre cuatro categorías: clásicos, contemporáneos, románticos o policiales), la mayoría propone la lectura de libros de esas editoriales pequeñas, que hoy por hoy se cuentan por decenas y que constituyen el ámbito donde se cuece mucho de lo mejor de la nueva literatura argentina. Las suscripciones les permiten, a muchas de ellas, tener un alcance mucho mayor que el habitual.

Bukku, por ejemplo, tiene en la actualidad –explica Ana Brandstadter– más de 2,400 suscriptores. Esto quiere decir que, de cada libro elegido, la editorial vende de antemano, antes de ser impresos, 2,400 ejemplares. Y a eso le debe añadir los ejemplares que distribuirán a través del circuito normal de librerías. Si tenemos en cuenta que las tiradas de muchas de esas editoriales son de 1,500 ejemplares, o mil, o incluso menos, el libro elegido a través de estas plataformas puede alcanzar una circulación realmente excepcional.

Y no se trata solo una cuestión de cantidad. La Argentina es un país excesivamente centralizado: un tercio de su población vive en la ciudad de Buenos Aires o en su área metropolitana, y por supuesto la gran mayoría de las editoriales pequeñas está radicada allí. La existencia de los clubes hace que muchos libros lleguen a sitios adonde de otro modo no llegarían.

Florencia Ure lo grafica con el caso de tres suscriptores de Pez Banana que viven en Los Cocos, una ciudad de 10 mil habitantes en la provincia de Córdoba. A ellos, muchos libros les quedan demasiado lejos. No es que en Los Cocos no haya librerías: las hay, pero en ellas abundan los títulos de Planeta y de Penguin Random House, y brillan por su ausencia los de Metalúcida, 17grises o Gogymagog (por citar solo tres editoriales pequeñas). Para encontrar estos últimos, la gente de Los Cocos tiene que hacer una hora de auto hasta la capital provincial. Un obstáculo que no imposibilita estas lecturas, pero sí que las desalienta mucho.

 

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¿Qué pasará después de la pandemia? En tiempos tan extraños como los que vivimos, resulta difícil hacer vaticinios. Pero los coordinadores son optimistas. Los clubes “no solo van a seguir, sino que van a tener más posibilidades de crecer –se entusiasma Sebastián Lidijover, de Club Carbono–. Las lecturas siempre se enriquecen cuando se comparten con los demás”. Bianca Mera, de Notingil, también cree que “los clubes de lectura llegaron para quedarse, se han ganado un lugar en el corazón de los lectores”.

Esta perspectiva esperanzada acerca del futuro de los clubes de lectura es, también, una visión optimista del futuro de la lectura en sí misma. Martín Jali dice que en su club Escape a Plutón ve “un modelo para pensar la circulación, la lógica de lectura, las experiencias y los vínculos entre los lectores de cara al futuro”. Algo que, me parece, se puede extrapolar al conjunto de todos estos emprendimientos de lectura compartida.

Agrupados, los lectores de cada país podríamos conformar un barrio, o un pueblo, o incluso una ciudad. Y los clubes de lectura representan una manera de ponernos en contacto, un intento de trazar el mapa de esa ciudad virtual. “¿Cuántos lectores hay? –se pregunta Jali–. ¿Diez mil, veinte mil, treinta mil? ¿Es posible pensar una comunidad imaginaria entre estos lectores, más allá del lugar físico donde vivan? ¿Hay, o se pueden proponer, nuevas maneras de leer?”. Si, como dicen, todo vuelve, tal vez la lectura como experiencia no solitaria sino compartida sea lo que está por venir.