Cartas de guerra, el más dramático de los géneros | Letras Libres
artículo no publicado

Cartas de guerra, el más dramático de los géneros

Algunas historias de cartas de guerra: papeles salpicados de sangre, de fango, de metralla, puentes desesperados que quienes están en el infierno tienden hacia el mundo al que anhelan regresar.

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“Estoy cansado de vaciar los bolsillos de soldados que agonizan cuando llegan a la mesa donde opero: todos llevan cartas que habían escrito pocos días antes”. Así comienza un breve cuento de Rubén A. Arribas titulado “Caporetto, 9 de octubre de 1917”. “Son para sus novias —sigue diciendo el relato—, para sus padres, para un tío lejano que cuida de los hijos y de la mujer, para un amigo que perdió una pierna y que regresó del frente. Son cartas sin enviar, casi todas manchadas de sangre, algunas de ellas incluso perforadas por la metralla”.

El cuento tiene forma de carta, y responde a la consigna de darle vida a un soldado que murió en la Primera Guerra Mundial y del que no quedaron más que un puñado de fotos, una de las cuales incluye una dedicatoria autógrafa del combatiente retratado. La dedicatoria está fechada el 16 de marzo de 1916, y gracias a ella conocemos su nombre: Cecelino. A partir de esas fotos, el español Jesús Zomeño propuso a quince escritores que inventaran una historia, una vida para Cecelino. Arribas se lo imaginó médico.

“Entre los pliegos de papel —continúa la carta—, suelo encontrar fotografías de soldados que lucen sonrientes y con orgullo el uniforme. Sobre las instantáneas siempre figuran dedicatorias breves: te amo, regresaré pronto, me acuerdo mucho de ti, saluda a los muchachos de mi parte. Algunos días ni siquiera puedo leer las cartas; me basta una de esas dedicatorias para sentirme como si tuviera una esquirla incrustada en el pecho”.

No existe género literario más dramático que el de las cartas de guerra. En ningún caso la idea de que el medio es el mensaje resulta más real. Sin importar lo que cuenten, todas ellas gritan una misma verdad: “Estoy vivo, sigo vivo, espérenme, viviré”. Son puentes desesperados que quienes están en el infierno tienden hacia el mundo al que desean regresar. Papeles salpicados de sangre, de fango, de metralla, que lo único que anhelan es vivir para contarlo.

 

“Se me anuda el estómago cuando me escucho en voz baja decirme que ese quizá sea también nuestro destino, que puede que la última noticia que recibas de mí sea un pedazo de papel y un retrato de cuando aún sonreía”, anota el Cecelino imaginado por Arribas en el cuento, publicado en 2006. “Cuando termine de escribirte tomaré mi foto y la tuya, las envolveré con este papel y lo guardaré todo en un sobre. Hasta que pueda enviarlo, lo llevaré en uno de mis bolsillos. Si me hieren […] confío en que alguien se apiade de nuestra desdicha y te mande esto que te escribo pocas horas o pocos días antes de separarnos para siempre. Eso hice yo al menos por los soldados que he visto en la misma situación”.

 

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En varios pasajes del primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi, Ricardo Piglia habla de su abuelo, veterano de la Primera Guerra. Herido en el Frente Italiano —como Hemingway—, fue destinado a una oficina postal, donde era su deber lo que el Cecelino de Arribas hacía por humanidad: “Juntar los objetos personales de los muertos o desaparecidos en combate (el reloj, el anillo de bodas, las fotos familiares, las cartas no enviadas o a medio escribir) y enviárselos a sus deudos, acompañados de una carta de pésame”.

“¿Qué obligación puede ser más opresiva que la de clasificar cartas muertas y contestarle a la madre, al hijo, a la hermana?”, se pregunta Piglia/Renzi. Y sigue: “Cartas inconclusas, interrumpidas por la muerte, mensajes de los desaparecidos, los aterrados, los que murieron en la noche sin conocer el alba, decía el Nono, piedad para quienes cayeron ateridos, solos, hundidos en el fango. ¿Cómo podemos darles voz a los muertos, esperanza a los que murieron sin ninguna esperanza, alivio a los fantasmas que vagan espantados entre las alambradas y la luz blanca de los reflectores…?”

Después de varios meses de clasificar y enviar los objetos personales de los muertos, el hombre empezó a enloquecer. Dejó de enviar las cartas, se las guardaba para él. Acabada la guerra, se instaló en Argentina y se llevó las cartas consigo. “Eran para él, imagino —anota Piglia/Renzi—, un testimonio de la insoportable experiencia de las interminables batallas heladas, un modo de honrar a los muertos. Las tenía con él, como quien conserva letras escritas de un alfabeto olvidado”.

En 1960, más de cuatro décadas después del final de la guerra, el hombre le asignó un trabajo a su nieto, el joven Ricardo Piglia: ayudarlo a clasificar las cartas que había traído del infierno. Cartas “escritas con trabajosas letras de campesino”, a las cuales “muchas veces las interrumpía —y las manchaba de sangre— el estallido de una granada o una bala invisible y mortal”. Y no solo cartas: “Algunos soldados escondían plata, otros guardaban tarjetas de racionamiento… Nadie piensa que va a morir”.

De hecho, dice el diario de Piglia, el tema más persistente en las cartas de los soldados muertos es el próximo fin de la guerra. “Estaremos juntos en Navidad, espérenme para la próxima cosecha, la guerra no durará más que hasta el fin del verano”. “Todos querían que la guerra terminara —añadía el abuelo—, pero nadie sabía cómo hacer para ponerle fin”.

 

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“Una carta muy linda”, dice Osvaldo Ardiles, y es difícil entender que se pueda usar ese adjetivo en una situación así. Pero, desde su lugar de familiar, Ardiles (exfutbolista argentino, campeón mundial en 1978, primer extranjero en la liga inglesa, ídolo del Tottenham Hotspur) está autorizado a hacerlo. Su primo José Leónidas Ardiles era piloto de la Fuerza Aérea; el 1 de mayo de 1982, durante la guerra de Malvinas, su avión fue alcanzado por un disparo inglés.

“Siempre había una pequeña posibilidad de que no estuviera muerto”, cuenta Ardiles en el documental 74 días: Malvinas, realizado por el programa de TV español Informe Robinson en 2015. “Pero después recibimos una carta del piloto que lo había derribado —explica Ardiles, y es entonces cuando dice que es ‘una carta muy linda’—, básicamente para que mi tío no siguiera buscando. Le explicaba en la carta que él era quien lo había derribado, el avión había explotado y el piloto no había tenido tiempo para saltar”.

No obstante, la más conmovedora de las historias narradas en ese documental, enfocado en la relación entre el fútbol y la guerra de Malvinas (de cuyo inicio ayer se cumplieron 37 años), es la de un muchacho llamado José Luis del Hierro. Tenía diecinueve años y, junto con su padre y sus dos hermanos, iba a viajar a España a ver el Mundial. Pero en vez de ir al Mundial, fue a la guerra.

“Él fue el encargado de hacernos las chapitas identificatorias, de esas [con las que te reconocen] si te matan, y no se hizo para él”, cuenta Juan Colombo, quien lo conoció y se hizo amigo suyo en el frente de batalla. Los compañeros le decían que, como no tenía chapita, lo iban a identificar gracias a las cartas. “Porque le mandaban infinidad de cartas, y él andaba con todas las cartas encima, no las dejaba en el pozo [la trinchera], andaba con todas las cartas así —y Colombo hace un gesto para indicar que tenía el pecho inflado—, le decíamos que parecía una paloma buchona”.

Para las familias de los soldados, el horror de Malvinas no acabó el 14 de junio de 1982, día de la rendición argentina. Semanas después, cientos de hombres y mujeres acudían al puerto de Buenos Aires, sin saber si sus hijos vivían o habían muerto, soñando con verlos bajar de alguno de los barcos que llegaban desde las islas. Eso hicieron los padres de José Luis. Pero José Luis no volvió.

Qué había ocurrido con el muchacho lo supieron recién en marzo del año siguiente, cuando el padre pudo viajar a Ginebra, hasta las oficinas centrales de la Cruz Roja. Allí le informaron que su hijo había muerto en las Malvinas en la madrugada del 14 de junio, horas antes del alto el fuego. Sus restos yacían en el cementerio argentino de Darwin, en las islas. Los habían hallado en octubre, junto a muchos otros cuerpos, cuando la primavera derritió la nieve. El suyo no tenía chapita identificatoria. Lo reconocieron, como le habían anticipado sus amigos, gracias a las cartas que llevaba pegadas al pecho.

En 2007 el diario argentino Perfil difundió la última carta de Del Hierro para su familia, fechada el 7 de junio del 82, un día antes de cuando debía viajar a España con su padre y sus hermanos a ver el Mundial, una semana antes del fin. Escribió: “Cada vez tenemos más ganas de volver cada uno a su casa sea como sea, ganando o perdiendo, pero volver y pronto”. Y escribió: “Espero yo llegar de esto antes que la carta, así no los preocupo más”. Y se despidió: “Los quiero mucho. Chau”. Firmado: “José Luis”.