Buscando a El Diego | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Donna Hilton, CC BY-SA 3.0 <http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/>, via Wikimedia Commons

Buscando a El Diego

Ha sido equiparado con los dioses del Olimpo griego, falibles y rencorosos, pero quizá Maradona se acercaba más a los Césares del imperio romano, nacidos humanos, deificados por el pueblo, cuyo estatus les permitía justificar sus excesos.

¿Cómo escribir un texto balanceado sobre el mito más importante del deporte en el siglo XX? ¿Cómo humanizar al ídolo y matizar a un ser humano definido por sus excesos? ¿Cómo poner en escala de grises a la persona que dijo, sobre sí mismo “yo soy blanco o negro, gris no lo seré jamás”?

En las horas posteriores a su muerte, parecería un pecado capital escribir algo que no sea una elegía a su talento en el campo de juego. Los muertos ilustres tienen esa aura inviolable, justificada además, que les suele durar días, semanas o meses, dependiendo de su tamaño, en la que es más relevante que nunca el dicho que reza: “si no tienes algo bueno que decir de una persona, mejor no decir nada”.

Maradona es diferente. En pocos personajes es tan difícil desasociar al hombre del profesional. Uno alimentó al otro, desde su debut hasta su muerte. Su increíble talento le permitió conocer la fama desde los 12 años y le abrió las puertas del Olimpo de los grandes ídolos, pero al mismo tiempo, lo hizo beber del cáliz envenenado del escrutinio eterno, de la invencibilidad efímera y de las expectativas de todo un país.

Y esa carga, casi inaguantable para cualquier ser humano, resultó una losa imposible para aquel niño que creció sin agua y electricidad en la recóndita Villa Fiorito. Lo dice Jorge Valdano, que lo conoció como el que más: “por su condición de genio, [Maradona] dejó de tener límites desde la adolescencia… En una personalidad adictiva como la suya, aquello fue mortal de necesidad”.

“Salvador” de un país entero, “refundador” de una ciudad siempre oprimida por sus pares más ricas, El Diego fue mucho más que solo un jugador de futbol. No es inocente que sus admiradores lo llamaran Dios. Maradona fue capaz de alegrar la vida de aquellos que nada tenían por encima de cualquier divinidad eterna. En una disciplina trivial, quizá, pero Diego era algo tangible, proveedor del alimento espiritual que cada fin de semana permitía a su rebaño sobrevivir la dureza de los otros seis días.

Pero no por ser Dios dejaba de ser terrenal. Galeano lo equiparaba a los dioses del Olimpo griego, falibles y rencorosos, pero quizá se acercaba más a los Césares del imperio romano, nacidos humanos, deificados por el pueblo, cuyo estatus les permitía justificar los excesos más extravagantes en vida.

Maradona tuvo algo de Calígula. Fue magnánimo con algunos de sus cercanos y ayudó una y otra vez a todos y cada uno de los integrantes de su entorno. Al mismo tiempo fue cruel y rencoroso con otros. Participó en bacanales con líderes de la mafia en distintos países. Evadió millones de dólares en impuestos. Engañó una y otra vez a su ex mujer. Se negó por décadas a reconocer a un hijo fuera del matrimonio. Fue grabado en video golpeando a su novia. Todo esto mientras acusaba a ese sistema, que le permitió todos sus excesos, de estar en su contra.

Y esos excesos, para bien y para mal, lo acompañaron en el terreno de juego. Como Nerón, campeón olímpico de carreras de caballos cuando era emperador romano, tuvo el talento para erigirse por encima de los mortales. Pero, si nos atenemos a las confesiones que algunos de sus excompañeros de 86 hicieron a Ramón Raya sobre el uso de captagón, y a las palabras del propio Diego sobre los “cafés veloces”, sus triunfos no fueron solamente el resultado de sus capacidades naturales.

A la “Mano de Dios” le siguió el gol más hermoso de todos los tiempos. A la gloria de México 86 le siguió la épica y el “hijos de puta” de Italia 90. Al regreso triunfal en 94 le siguió la suspensión por doping. El 10 no pudo librarse nunca de esos claroscuros, ni dentro ni fuera de la cancha.

Como a aquellos emperadores romanos, esa vida de excesos terminó por pasarle factura. Para los humanos convertidos en dioses, el Olimpo solo puede ser alcanzado por el más efímero de los momentos. Diego lo tocó en 86, pero en la cima del cielo ya estaban sembradas las semillas de la tragedia. Para entonces ya era adicto a la cocaína, y después lo fue al alcohol y a la comida. Cuando se retiró del futbol, lo hizo profetizando su propia desgracia: “la pelota no se mancha”, dijo, sabiendo que el resto había sido cubierto de lodo y limpiado varias veces en su vida.

Lo sería varias veces más. Subió de peso hasta quedar al borde de la muerte. Se operó, perdió 50 kilos y se reconvirtió en exitoso conductor de televisión. Volvió a quedar al borde de la muerte. Dos años después era el técnico de Argentina en un Mundial. Así siguió, a cada escándalo le seguía un renacimiento. A cada alegría una decepción. Incluso en sus últimos días, tras sobrevivir casi milagrosamente a una delicada operación, falleció de un paro cardiaco. Claroscuros hasta el final.

Era, quizá, de esperarse. El cuerpo humano no está diseñado para sobrevivir a tanta intensidad, por más divino que sea. Lo dijo Alejandro Varsky, quien lo entrevistó varias veces en sus últimos años: “sesenta años de Maradona son como ciento cuarenta de cualquier otra persona”. Debe tener razón. Los ídolos suelen morir jóvenes pero vivir más intensamente. Quizá lo sorprendente es que el 10 haya durado tanto, que no se haya ido antes.

Aunque quizá sí lo haya hecho. Cuando anuncié en redes sociales que escribiría este texto “balanceado”, esperando que no fuera muy polémico, varias personas me respondieron que para evitarlo, me ciñera solo al Maradona futbolista, al que corría en el rectángulo verde.

Eso me hizo pensar que Diego murió dos veces. La primera en 1994, cuando caminaba de la mano de la enfermera Sue Anderson, rumbo al examen antidóping en Estados Unidos. La segunda ayer, de un paro cardiaco en Argentina. Y cada quien puede elegir la que mejor le parezca. A final de cuentas, los ídolos lo son por lo que generan en quienes los admiran. Y los detalles de su vida terminan difuminados por el peso de su leyenda.

Descanse en paz, Diego Armando Maradona, mito humanizado, dios terrenal.