Bob Dylan y sus modales de arrabal | Letras Libres
artículo no publicado

Bob Dylan y sus modales de arrabal

Como el verso de Whitman al que alude en la primera canción, el nuevo disco de Bob Dylan contiene multitudes de géneros musicales, poemas, novelas, cine y teatro; toda una experiencia humana en diez canciones.

Un clásico es el que remata una tradición y la deja inservible.
Jorge Ibargüengoitia

 

“Contengo multitudes”, afirma Walt Whitman en su Canto a mí mismo. Bob Dylan también contiene multitudes. Ningún otro artista en la historia reciente se ha reinventado tantas veces. La primera canción de su nuevo disco, Rough and rowdy ways, se llama, por supuesto, “I contain multitudes”, y contiene frases como “Me acuesto con la vida y la muerte en la misma cama”.

Varias canciones después, Dylan canta: “Me paré entre el cielo y la Tierra y crucé el Rubicón”. Se dice que alguien “va a cruzar el Rubicón” cuando se encuentra en una situación complicada e irreversible. La expresión tiene su origen en el año 49 a.C., cuando Julio César decidió cruzar la frontera entre la Galia Cisalpina, provincia de la cual era gobernador, e Italia, con lo cual desató una guerra civil que terminó por convertirlo en dictador.

Uno de los errores más frecuentes al escribir sobre Bob Dylan es buscar mensajes ocultos en sus letras; yo voy a cometer ese error en este momento: las últimas dos líneas de “Crossing the Rubicon” dicen así: “La escarcha mortal está en la tierra y las hojas del otoño se han ido / Prendí una antorcha y miré al Este y crucé el Rubicón”. En inglés, “escarcha” es “frost”. Los nueve álbumes anteriores a Rough and rowdy ways fueron producidos por el propio Dylan, bajo el seudónimo “Jack Frost”. Los últimos tres –Shadow in the night, Fallen angels y Triplicate– contienen títulos que forman parte del llamado Gran Cancionero Americano, quizá la única rama de la música popular estadounidense que Dylan no había abordado (todas las canciones de esos tres discos fueron grabadas antes por Frank Sinatra, a quien admiraba profundamente). El momento central en los conciertos de Dylan, durante la década pasada, era cuando cantaba “Autumn leaves”: nunca nadie se imaginó que podía cantar así: su voz, descrita por David Bowie como “de arena y pegamento”, se hacía de terciopelo en “Autumn leaves”, culminado con el vibrato sostenido y triunfal de un do de pecho. Lo que seguía, siempre, era un aplauso de pie

Sin embargo, la penúltima línea de “Crossing the Rubicon” dice, de manera contundente, que la época de “Autumn leaves” ya se acabó. Y también dice literalmente que Jack Frost –“the killing frost”, “Frost, el asesino”– está en la tierra. El nuevo álbum no lo produce Jack Frost, sino Bob Dylan. ¿Por qué? En este caso, la explicación más sencilla es que Dylan se hartó del seudónimo y punto. Pero los dylanianos, dylanólogos o bobcats sabemos que, tratándose de él, la explicación más sencilla nunca es la más divertida.

Aquí va una explicación menos sencilla: “Frost, el asesino, está en la tierra”, pero con un cuchillo enterrado en la espalda. O tal vez está “en la tierra”, pero tres metros abajo de la superficie. Dylan desprecia a los productores. Dice que destruyen sus canciones y no saben grabar su voz. Hace 20 años decidió prescindir de ellos, inventar a Jack Frost y tomar el mando. El primer resultado fue “Things have changed”, canción con la que ganó el Oscar. Desde entonces, en los conciertos hay una reproducción de la estatuilla sobre su amplificador, a manera de amuleto. Como artista, Dylan no tiene piedad y Jack Frost ha muerto.

Desde el título, Rough and rowdy ways –cuya traducción podría ser “Costumbres rudas y pendencieras” o “Modales de arrabal” o, mejor aún: “Conductas de rompe y rasga”– es evidente que estamos en un tugurio donde los mal amados, en vez de llorar mientras escuchan a Frank Sinatra, van y acuchillan a quien burló su honor. En el disco hay por lo menos tres amenazas con arma blanca. Y está lleno de fantasmas: Lee Harvey Oswald, Jack Ruby, John Wilkes Booth y Bruto, el asesino de Julio César: el nombre del juego en este disco es magnicidio.

La última canción, que fue la primera que se dio a conocer, es “Murder most foul”: dura 17 minutos, narra el asesinato de John F. Kennedy desde el punto de vista de los asesinos, del propio presidente y de otros personajes. Pertenece al género de las murder ballads, que son canciones narrativas, como los corridos, cuyo tema es, por supuesto, el asesinato. En “Murder most foul”, Dylan lleva al máximo algo que inventó en su disco de 2001, Love and theft: robarse frases de novelas, diálogos de obras de teatro y de películas que ama, para construir sus canciones. “Amor y robo”, se llama el disco; sobre aviso no hay engaño.

“Murder most foul” tiene más de 150 líneas, y por lo menos la tercera parte incluye frases tomadas de películas, como “Frankly, Miss Scartlet, I don’t give a damn”, de Lo que el viento se llevó, y de canciones, como “Tommy can you hear me” y “The acid queen”, de la ópera rock Tommy, de The Who. El clímax verbal de la canción llega cuando la voz cantante le pide a Wolfman Jack, el locutor radiofónico clave de rock & roll de los años 60, que ponga canciones de Glenn Frey y Don Henley, de The Eagles; de Lindsay Buckingham y Stevie Nicks, de Fleetwood Mac; de Tom Jones y hasta de Queen, cuyo éxito “Another one bites the dust” resulta escalofriante al pensar en Kennedy. Con “Murder most foul” ocurren dos cosas: 1. La técnica del “amor y robo” alcanza la perfección, y 2. Dylan cierra el género de las murder ballads. Después de esta, no tiene sentido componer ni una más, del mismo modo que dejó de tener sentido componer disaster ballads desde que en 2012 apareció el disco Tempest, que incluye una canción del mismo nombre y narra el hundimiento del Titanic en 14 épicos minutos.

La melodía más bella del disco es “Key West (philosopher pirate)”, que describe a Cayo Hueso, Florida, como el cielo en la tierra. Hay bugambilias y flores de jamaica, pero también hay brotes de plantas tóxicas y orquídeas venenosas. Y nuestro anfitrión no es de fiar: “No amo a nadie, dame un beso”, le dice una jovencita que, un rato antes, pidió “su último deseo”. ¿Quién es este personaje? La respuesta está en las primeras dos líneas de la canción: “McKinley gritó, McKinley aulló / El doctor dijo: McKinley, la muerte está en la pared”. Otro magnicidio. Otro presidente norteamericano: Robert McKinley. No se vuelve a hablar de él, pero es probable que el autor intelectual de su asesinato haya sido el hombre de Cayo Hueso, aunque McKinley haya muerto hace 118 años. 

Muchos han comparado a Bob Dylan con Shakespeare. En Rough and rowdy ways, la comparación es válida: las canciones son ríos de sangre y los reyes son asesinados. A lo largo del disco se hace referencia a cuatro personajes shakespeareanos, magnicidas o víctimas del magnicidio: Ricardo III, quien mató a la mitad de su familia para alcanzar el poder; Hamlet, cuyo padre, rey de Dinamarca, fue asesinado por su propio hermano; Lady Macbeth, quien indujo a su marido a matar para convertirse en monarca, y Julio César, cuyas heridas son descritas por Shakespeare, en la voz de Marco Antonio, como “bocas mudas que entreabren sus labios de rubí”. Los labios de rubí aparecen también en “Crossing the Rubicon”: “El Rubicón es un río rojo que fluye apacible / Más rojo que tus labios de rubí y la sangre que fluye de la rosa”. La canción “My own version of you” es la historia de un hombre que intenta recrear a su amada con miembros y órganos de cadáveres. Cuando tiene dudas, este hombre se pregunta: “¿Qué haría Julio César?”.

Y ya que estamos con preguntas, ¿a qué suena este disco de sangre y muerte? Mi respuesta más sincera es que se trata de un sonido nuevo, único, pero de múltiples raíces: “I put a spell on you” de Screamin’ Jay Hawkins viene a la mente: Dylan también quiere hechizar a las mujeres que ama, aunque sean la maldad encarnada: “Te necesito tanto como mi cuello necesita una soga”, le canta a una “mujer transparente con vestido transparente” en “Goodbye, Jimmy Reed”, un homenaje al legendario bluesero. Y ya que hablamos de blues, Rough and rowdy ways también suena a Robert Johnson vendiéndole su alma al diablo en “Cross road blues”, a Blind Willie McTell matando a su amada en “Little Delia” y al Skip James de “Devil got my woman”.

Pero la descripción sigue incompleta, porque el disco también suena a la música de las películas de suspenso de serie B y a las de El Santo, a la música ambiental de los programas de radio de Vincent Price y a algunas sonatas de Chopin y Beethoven. Si pueden imaginar algo con toda esta información y ese algo les provoca ganas de bailar en un tugurio donde más tarde se va a armar la trifulca, van por buen camino.

“Yo soy inmenso… y contengo multitudes” dice Walt Whitman, celebrándose a sí mismo. Bob Dylan también celebra su propio genio. El logro de Rough and rowdy ways es inmenso: es como si todos los géneros musicales y todos los poemas y todas las novelas y todo el teatro y todo el cine habitaran en sus diez canciones, que también parecen contener toda una experiencia humana. Quienes aún dudan que haya merecido el premio Nobel de Literatura se van a ir para atrás. Es uno de los mejores discos de Bob Dylan. Tal vez el mejor. Una pieza fundamental de la literatura y la música. Con esa frase concluyo y cruzo el Rubicón.