Cuando el río suena | Letras Libres
artículo no publicado

Cuando el río suena

Si usted está leyendo esto en la ciudad de México a ras del suelo, es muy probable que 15 metros debajo de usted pase una tubería de drenaje. Y hay, lo admito, una extraña tranquilidad en poder desentenderse de lo que no se ve: cientos de metros cúbicos de mierda y suciedad que ahora mismo corren por debajo de nuestros pies. Pero si usted vive en Valle de Chalco Solidaridad, en el Estado de México, la situación cambia pues es complicado no enterarse de las aguas negras que, basta cruzar la carretera, pueden no sólo mirarse, sino olerse, ya que fluyen a pleno cielo abierto, 15 metros por encima de la planicie de Valle de Chalco.

Valle de Chalco tiene un problema serio y no me refiero al conflicto territorial que arrastra desde 1994, cuando Emilio Chuayffet, siendo gobernador del Estado de México, reasignó tierras entre Chalco e Ixtapaluca para convertir a Valle de Chalco Solidaridad en el municipio número 122 del Estado de México. Ni tampoco a que el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social lo haya calificado el año pasado como uno de los municipios con mayores índices de marginación. No. El mayor problema que enfrentan los 500 mil habitantes de este valle es el riesgo de que la próxima inundación acabe por convertirlos en un municipio cenagoso.

 

Cuídate del agua mansa

De acuerdo con Dalia del Carmen Ortiz Zamora y Adrián Ortega Guerrero, geofísicos que desde el Instituto de Geografía de la UNAM documentaron en 2006 el “Origen y evolución de un nuevo lago en la planicie de Chalco”, en la parte central de la planicie del antiguo lago de Chalco se están formando zonas de acumulación de agua evidentes desde 1988. “El área de influencia se ha incrementado progresivamente y en la actualidad se tienen alrededor de 1000 ha cubiertas por lagos someros.” Sumado a eso están los hundimientos de hasta 40 cm por año generados por la extracción de agua subterránea y, por supuesto, aunado a lo anterior está el riesgo de que el Canal de la Compañía (que ha tenido que ser elevado al ritmo de los hundimientos) se desborde como ya ocurrió en el año 2000 y como volvió a suceder entre el 4 y el 15 de febrero de este año. El diagnóstico de los geofísicos es desalentador: la extracción de aguas continuará y los hundimientos se profundizarán; las aguas residuales se acumularán y desbordarán y los lagos someros se extenderán para dar forma al nuevo lago de Chalco que, renacido y vengador, reclamará para sí varias colonias de Valle de Chalco y Tláhuac. Sorprende que frente a este diagnóstico las autoridades involucradas (DF, Estado de México y la Comisión Nacional del Agua) prefieran acogerse a la benevolencia de Chac y Tláloc.

 

Camino a San Isidro

Ha pasado un mes desde las inundaciones que afectaron a Valle de Chalco. Y aunque el Servicio Meteorológico Nacional insiste en que la temporada “atípica de lluvias” llegó a su fin he elegido, por precaución, un día particularmente soleado para visitar Valle de Chalco. Esa mañana un ligero error de cálculo llevó primero mis pasos a Chalco y en el paradero donde me detuve para pedir nuevas instrucciones los trabajadores, al borde de la indignación, no podían comprender cómo es que yo pude haber confundido Chalco con Valle de Chalco, siendo las diferencias tan claras: “¡Si hay niveles!”, “¡allá están refregados!” y, la principal, “ni que aquí también nos inundáramos”. Aclaradas y aceptadas las diferencias entre estos dos municipios vecinos, don René, un microbusero ya entrado en años ofreció llevarme a San Isidro, una colonia de Valle de Chalco ubicada a la altura del kilómetro 27 de la carretera México-Puebla, justo enfrente de donde se había fracturado el Canal de la Compañía la madrugada del 5 de febrero.

Camino a San Isidro, don René me contó que él y su familia, vecinos de la colonia La Providencia, no se vieron tan afectados por las inundaciones porque “afortunadamente” donde viven no hay calles pavimentadas ni drenaje. La miseria vista así jamás había sonado tan dichosa. También me contó que cuando comenzaron las labores de limpieza un día las “personas enviadas por el gobierno” pasaron toda una jornada echando cal en las paredes y recogiendo escombros en los alrededores de su colonia. Para cuando llenaron el primer camión de desechos don René y sus amigos cercanos habían nombrado a un vocero encargado de saciar la curiosidad del resto de los avecindados “¿Por qué chingaos andan ustedes echando cal y recogiendo mugre de la calle? ¡Si aquí no pasó nada! ¡El agua no llegó hasta acá! Y toda la mugre que se va a llevar ha estado aquí siempre.” Don René me explicaba entre contagiosas carcajadas que esa cuadrilla de limpieza creyó durante todo el tiempo que los dejaron trabajar que estaban echándoles la mano a unos damnificados de la inundación. Quién sabe, quizá de haber podido acabar con sus labores la cuadrilla planeaba estrechar un par de manos y recitar la conocida cantaleta de “para que vean que el gobierno sí les cumple, para que nos sigan ustedes apoyando”. Don René se ahogaba entre sus risas: “Tarugos, si así hemos estado siempre.” Su anécdota revelaba una realidad terrible: Valle de Chalco está tan jodido que la diferencia entre ser o no ser un damnificado puede pasar inadvertida.

 

Ahogarse en San Isidro

Entrando a San Isidro no hace falta pedirle a nadie que te cuente hasta dónde llegó el nivel de agua desbordada, la marca es evidenciada por una mugrosa línea horizontal que en algunas cuadras alcanza hasta dos metros de alto. Me mido junto a una de estas líneas y de la acera de enfrente el hombre que atiende un taller de refacciones me grita socarronamente: “Te hubieras ahogado, chaparrita.” Y sí, tenía razón.

Nelly es dueña de una casa de dos pisos en San Isidro. En la planta baja tiene una miscelánea con la que se sostiene su familia. La madrugada del 5 de febrero escuchó a través de los megáfonos a la policía gritar que el canal se había reventado. Pero para cuando salió de la cama y bajó a revisar su negocio el agua ya le llegaba a las rodillas, en pocas horas el agua le llegaría al cuello. Nelly y su esposo, temerosos de que los saqueadores vieran en su miscelánea un botín en potencia, decidieron no irse a los albergues y pasaron diez días en la planta alta de su casa esperando los rondines de las autoridades del Estado de México, que una vez al día les proveían de comida y botellas de agua. Diez días de suciedad, peste y hastío.

A diferencia de Nelly, los vecinos de la casa de enfrente se marcharon en cuanto pudieron dejando atrás a dos cachorros abandonados en la azotea. Nelly me contó que durante los rondines ningún policía quiso ni ayudar ni alimentar a los perros. Antes del séptimo día, los animales se lanzaron al agua. Nelly los siguió con la mirada un par de calles: “A mí se me hace que se aventaron a propósito. Se suicidaron los pobrecitos.” No pudieron asirse a nada. Se perdieron a lo lejos.

Gran parte del malestar de los vecinos de San Isidro es que los diez días que duró la inundación fueron sólo la primera mitad del desastre. La otra mitad vino con el recuento de los daños y las gestiones para que las autoridades se responsabilizaran y absorbieran los gastos de sus pérdidas. Una de las quejas más sentidas es que para brindarles apoyo las autoridades les exigieron que limpiaran sus casas para que los funcionarios pudieran entrar en ellas “sin riesgo de enfermarse” y cerciorarse de las pérdidas. “¿Cómo íbamos a limpiarlas si no teníamos agua, ni detergente?”, se quejaba Tere, otra vecina de San Isidro. Finalmente la burocracia que habría de censar los daños tuvo una revelación mística y pidió a los vecinos que si no podían limpiar sus casas entonces colocaran en las fachadas una cartulina donde se indicara el número de adultos, el número de niños y el tipo de negocio que resultó afectado por la inundación.

A un mes de las inundaciones “los apoyos” prometidos por la autoridades estatales y federales (por casa: $10,000 en una tarjeta que sólo permite comprar muebles en tiendas autorizadas + $10,000 líquidos y libres en otra tarjeta + $5,000 en material de construcción + $ 25,000 por negocio afectado) recorren caminos sinuosos para llegar a manos de los damnificados. Algunos ni siquiera saben si serán acreedores de estos apoyos pues no tienen certeza de que la información que colocaron en la cartulina haya sido tomada en cuenta. El tema de los negocios es más oscuro todavía: todas las personas con las que hablé afirmaron que estos 25,000 pesos no eran para todos sino que se iban a rifar sólo entre algunos negocios. ¿Bajo qué reglas? Nadie lo sabía.

A las 6 de la tarde unas amenazadoras nubes se posan sobre Valle de Chalco. Maldigo al Servicio Meteorológico Nacional y comienzo a despedirme de los vecinos. Antes de irme les pregunto a los cuatro ahí reunidos si aceptarían ser reubicados lejos del canal. La respuesta unánime e inmediata es “No”. Extraño embrujo ejerce el Río de la Compañía sobre los habitantes. ~