Contra la higiene mental

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Hace cuatro siglos, cuando la mercadotecnia del espectáculo estaba en pañales, los escritores de genio podían seducir al público masivo sin sacrificar la altura poética de un drama. La clientela a quien Lope de Vega y Shakespeare debían complacer por imperativos comerciales no era más inteligente ni más educada que el teleauditorio de nuestros días. Sin embargo, aquel público irritable y zafio tenía una ventaja sobre el actual: su disposición a estremecerse con el destino de los héroes trágicos. Los intelectuales de cenáculo creen que la masa está condenada a consumir subproductos culturales por su ineptitud para desentrañar el sofisticado lenguaje del arte moderno. Pero la rusticidad del público no es un obstáculo invencible para los novelistas, cineastas y dramaturgos que conciben el arte como una forma elevada de entretenimiento. El escollo más difícil de superar, el virus que embota la sensibilidad del espectador y le impide tener horizontes culturales más amplios, es el letargo inducido por la falsa cultura del bienestar que ha predispuesto a millones de espectadores contra la catarsis dolorosa de la tragedia. "Yo voy al cine a pasar un buen rato, no a deprimirme", responden nueve de cada diez adultos cuando alguien les recomienda una película triste o perturbadora. El argumento es difícil de rebatir porque parece fundado en el sentido común y no en consideraciones estéticas. ¿Para qué sufrir con las desgracias ajenas, si la vida ya nos agobia lo suficiente con las propias? La tragedia es una confrontación con la muerte, y en una cultura que pretende ignorarla, eludir esa confrontación se ha convertido en un principio de higiene mental. Pero algunas formas de higiene empobrecen la vida a fuerza de anestesiarnos, y en vez de prevenir las enfermedades provocan efectos secundarios de mayor gravedad.
     Quienes creen que lo trágico sólo es un regodeo masoquista en el dolor, una fuente de aflicción que no aporta nada positivo a la existencia, defienden su equilibrio emocional a cambio de restarle valor a la vida, puesto que no les inquieta demasiado la posibilidad de perderla. A juzgar por la preponderancia del modo de vida cool en los países desarrollados, parecería que el estoicismo reina en el mundo y por fin el hombre ha podido superar el miedo a la muerte. Pero como revelan los cuentos de Raymond Carver, el inventor de la tragedia deshidratada, la falta de dramatismo en el comportamiento humano muchas veces oculta un terrible desasosiego, pues el miedo a morir va ganando terreno en el inconsciente cuanto más nos empeñamos en minimizarlo. El espectáculo de Medea arrancándose los cabellos contraviene el discreto optimismo y las buenas maneras de una sociedad que castiga la exteriorización de los sentimientos. Pero la angustia reprimida desencadena una explosión más violenta: la del ciudadano impasible, centrado, amante de la vida hogareña y enemigo de las películas deprimentes, que acumula tensiones sin permitirse nunca el menor desahogo —salvo manejar el selector de canales a una velocidad esquizoide— hasta que una voz interior le ordena asesinar a sus hijos con una escopeta.
     Víctima de los estragos causados por la inhibición de las emociones, en 1904 Franz Kafka aconsejó a su amigo Oskar Pollak: "Necesitamos libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos duele como un mazazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros". Por desgracia, los libros desoladores no llegan a quien más los necesita y, a finales de siglo, millones de seres recurren a las drogas para quebrar el "mar helado" de la ataraxia, principalmente en las clases sociales que tienen la vida resuelta. Con su tobogán de subidas eufóricas y caídas en el abismo, el consumo de drogas mantiene vigente el espíritu de la tragedia, si bien ahora la acción dramática se ha mudado al cerebro del adicto. Depender de una sustancia para soportar la vida equivale a sustituir la fuerza del destino por una fatalidad artificial, como si el hombre agobiado por un exceso de libertad necesitara encomendar a la droga la función sojuzgadora que en tiempos de Esquilo desempeñaban los dioses. Eugene O'Neill describió esa adulteración del sentimiento trágico en el El largo viaje hacia la noche, pero sólo ahora, cuando la abdicación de la voluntad se ha convertido en el deporte favorito de la humanidad, vislumbramos los alcances de su profecía.
     Mientras los psicólogos del primer mundo no aclaren por qué los países anglosajones, donde la gente es menos propensa a desmelenarse de júbilo o de dolor, tienen los mayores índices de drogadicción en el mundo (para no hablar de su liderazgo en materia de psicópatas y serial killers), los pueblos temperamentales deberíamos ponernos en guardia contra sus normas de higiene mental. Quizá la más nociva y repugnante de todas es la receta "sonría, por favor", que si bien reconoce las propiedades analgésicas del humor, pretende banalizarlo y convertir la risa en un gesto mecánico. Por lo común, la gente que recomienda enfrentar los sinsabores de la vida con ánimo risueño tiene un sentido del humor anodino y sólo sabe contar chistes prefabricados, como la mayoría de los comediantes televisivos. Por el contrario, los grandes humoristas de la literatura, los observadores más agudos de la ridiculez humana, mojan la pluma en su propia sangre cuando su ingenio relampaguea, porque la frivolidad sólo tiene valor y nobleza cuando nace de la desesperación. De manera que si el objetivo es preservar el humor como tabla de salvación, la impopular consigna "llore, por favor" tendría un efecto mucho más saludable. –

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(ciudad de México, 1959) es narrador y ensayista. Alfaguara acaba de publicar su novela más reciente, El vendedor de silencio. 


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