Contra el olvido | Letras Libres
artículo no publicado

Contra el olvido

Señor director:

Hace casi un siglo, José Vasconcelos y Carlos Pellicer realizaron varios viajes a Colombia y Venezuela para establecer relaciones entre los jóvenes de ambos países mediante la Federación de Estudiantes. En el lejano 1928, Venezuela estaba sometida a los deseos de un solo hombre llamado Juan Vicente Gómez. El papel que ambos mexicanos representaron en la condena contra la dictadura gomecista fue contundente.

Vasconcelos, en sus memorias, consigna: “Y el caso de Venezuela, ya casi en el sueño, me produjo dolor físico del corazón […] Y en el semisueño en franca pesadilla, se me aparecieron los presos de la Rotunda, rebeldes bajo grilletes y diciendo: ‘Irás mañana a la farsa de un Continente que se dedica a fiestas y alabanzas de su pasado, pero no es capaz de hacer su presente digno de las glorias que ensalza.’ Y una especie de compromiso se selló en mi voluntad. Costase lo que costase y sin consulta de nadie, al día siguiente aprovecharía la ceremonia pública para denunciar la tiranía desdichada de Juan Vicente Gómez.”

Ya habían transcurrido muchos años de autoritarismo y de silencio, y tras esas visitas los ánimos se enardecieron y los estudiantes y activistas políticos salieron a las calles a decir en voz alta lo que la mayoría de la gente pensaba y no se atrevía expresar. Muchos fueron encarcelados.

La reacción de un grupo de ciudadanos no se hizo esperar. Trabajadores, funcionarios, empleados, comerciantes y gente común salieron a la calle a reclamar la libertad de expresión y a exigir la liberación de los estudiantes presos. La protesta terminó disuelta y sus participantes arrestados también. Entre esos manifestantes, casi todos muy jóvenes, se encontraba un empleado del Banco de Venezuela: Rafael Alemán, mi abuelo.

El acontecimiento tuvo resonancias más allá de las fronteras y poco a poco, muy lentamente, los estudiantes fueron puestos en libertad. Mi abuelo y otros compañeros permanecieron varios años encarcelados, con grilletes, en aquella famosa prisión llamada “La Rotunda”.

Hoy todo un país vuelve a estar bajo los designios de un solo hombre. Vemos cómo se reprime y se ejerce el poder de manera arbitraria, intransigente y unívoca, con la salida del aire del canal de televisión más antiguo de Venezuela, y con la desacreditación de las manifestaciones que se suscitaron de manera espontánea y conciente entre los estudiantes venezolanos. No se trata de reivindicar los valores o las ideas de un grupo mediático y sus intereses: podemos estar o no de acuerdo con su programación y con la manera, bastante cuestionable, de ejercer su oficio. Pero en un una sociedad que se dice demócrata, es y será siempre preferible que existan opiniones y medios que disientan del gobierno.

Quizá ahora que hay 182 personas detenidas, de las cuales 107 son menores de edad, sea oportuno recordar aquel momento de ebullición en 1928, y los viajes de Vasconcelos y Pellicer. Ambos animaron el intercambio y la organización de los grupos estudiantiles en los países latinoamericanos. Los dos transitaron el camino de las ideas y de la poesía. Y tras su paso sucedieron acontecimientos determinantes para nuestras historias, que dejaron una marca física en la sociedad: nunca vi las cicatrices de mi abuelo, pero ahí estaban, y los acontecimientos recientes despiertan esa herida y animan un profundo rechazo a una historia a la que los venezolanos no quieren regresar. Por respeto a la memoria de los estudiantes y los ciudadanos presos y silenciados en ese entonces, y por los ciudadanos y los estudiantes que se revelan hoy, por mí y por muchos que como yo sienten a México y Venezuela unidos por el vínculo de la lengua, la historia y la cultura, me atrevo a escribir estas líneas y a pedir que se defienda, desde todos los frentes, el derecho a la palabra.

Por muy irritantes que sean ciertas voces, siempre será mucho más deseable que exista la pluralidad a que carezcamos de ella. Resulta inadmisible que un gobierno silencie una voz porque le es incómoda, pero todavía es más difícil de aceptar que reprima y amenace a sus ciudadanos, a sus jóvenes. Un gobierno que se dice demócrata y plural no debe amedrentar, golpear, desacreditar ni sembrar la desconfianza en el impulso vital del país del cual es sólo su administrador temporal.

Abramos un espacio a la crítica, que no es otra cosa que el diálogo. Permitamos que se exija, desde el reconocimiento al “otro”, el respeto a la libre circulación de las ideas, aunque sea sólo porque nos obligan a no olvidar. ~