Y la culpa no era mía... | Letras Libres
artículo no publicado

Y la culpa no era mía...

El tema de la agresión hacia las mujeres permeó en las distintas secciones de la primera emisión del Festival Internacional de Cine de Tulum, que se llevó a cabo a principios de diciembre.

Y LA CULPA NO ERA MÍA…

En un momento clave de Lillian (Austria, 2019), la joven rusa del título (impresionante debutante Patrycja Planik) quien, en un impulso inexplicado, ha decidido regresar a su patria caminando desde Nueva York, pasando por el Medio Oeste americano, Canadá y Alaska, se encuentra en alguna carretera en medio de la nada, cuando empieza a ver infinidad de carteles en donde aparecen los rostros de mujeres desaparecidas. “Ya basta”, dice algún letrero. Pareciera que no solo en nuestras devastadas tierras nacionales las mujeres peligran: en esos idílicos pueblitos campiranos también acecha el peligro para ellas.

Aunque este no es el tema central de la notable primera película de ficción del documentalista Andreas Horvath, la realidad es que el tema de la agresión hacia las mujeres permeó en las distintas secciones de la primera emisión del Festival Internacional de Cine de Tulum, que se llevó a cabo en la pequeña ciudad turística del sureste mexicano entre el 4 y el 8 de diciembre. A través de varias secciones del festival –Hemisferio, centrado en filmes internacionales de temáticas coyunturales; Sideral, con películas comerciales identificadas como “exigentes”; y Pulsar, en la que se programaron películas arriesgadas que desafían los más populares géneros cinematográficos– apareció el mismo tema: la reflexión y la denuncia de la violencia en contra de las mujeres, a partir de narrativas más o menos arriesgadas, más o menos convencionales.

Además de la digresión ya descrita en la absorbente cinta minimalista Lillian, el maltrato en contra de la mujer es el tema fundamental de The body remembers when the world broke open (Canadá, 2019), un vibrante melodrama femenino en el que dos jóvenes mujeres se encuentran en una calle de Vancouver para pasar una tarde juntas y entender que, con todo y sus similitudes –las dos son nativas canadienses, las dos están embarazadas–, hay abismos sociales infranqueables que las separan. Realizada prácticamente en un par de tomas –uno de ellos un largo plano secuencia–, las codirectoras y coguionistas Kathleen Hepburn y Elle-Máijá Tailfeathers presentan, sin tremendismo alguno, la dificultad que tiene cualquier mujer –incluso en el primer mundo– para salir de un círculo de abuso en el que ya se ha acostumbrado a vivir.

Quien sufre de otro tipo de abuso es la protagonista de Seberg (EU-GB, 2019). Me refiero a la malograda estrella fílmica Jean Seberg (1938-1979) quien, desde fines de los 60 hasta inicios de los 70, fue no solo espiada por el FBI debido a su abierta simpatía por los Panteras Negras, sino que, a partir de esta militancia política, su vida y su carrera en Hollywood fueron destruidas a través de una serie de incriminaciones que dañaron tanto su reputación profesional como su vida personal. Protagonizada por una extraordinaria Kristen Stewart, Seberg funciona, también, como un capcioso ejercicio metacinematográfico: una joven estrella de cine contemporánea (Stewart) que ha sufrido en carne propia el acoso de la prensa amarillista, interpreta a otra estrella de cine (Seberg) destruida tanto por la prensa puritana estadounidense como por su propio gobierno, quien la empujó al destierro europeo, a la paranoia, a la depresión y, a la postre, al suicidio.

Sin embargo, la mejor película femenina/feminista que vi en Tulum 2019 fue una que ni siquiera planeé verla: me la encontré programada en una función nocturna en la playa y, sin saber nada de ella, me senté frente a la pantalla portátil. Qué suerte tuve. Se trata de Flatland (Sudáfrica-Luxemburgo-Alemania, 2019), tercer largometraje de la joven escritora, fotógrafa y cineasta sudafricana Jenna Cato Bass. Una originalísima mixtura en la que caben lo mismo el western clásico, el thriller urbano, el woman’s film tradicional y hasta los desafueros melodramáticos de “la telenovela de la noche”, Flatland nos presenta la vida de tres mujeres cuyas vidas se entrecruzan en la Sudáfrica contemporánea a la cual a sus problemas raciales sin resolver –el racismo omnipresente– habría que agregarle también la discriminación y el maltrato criminal en contra de las mujeres, sean blancas o negras.

La capitana policial de irresistible nombre Beauty Cuba (Faith Baloyi) ha esperado durante catorce años la liberación de Billy (Brendon Daniels), el hombre con el que se casó y que en plena noche de bodas fue detenido por la policía, mientras que, en ese mismo día, en el poblado desértico de Beaufort West, Natalie (Nicole Fortuin), una jovencita huérfana, se está casando con un bruto pero bienintencionado sargento de la policía local (De Klerk Oelofse) que, en la noche de bodas, termina violando a su joven esposa. Natalie sale huyendo de su nuevo hogar para terminar refugiándose con Poppie (Izel Bezuidenhout), su blanca “hermana de leche”, quien fue amamantada por la fallecida madre de Natalie. Tomando como medio de transporte el adorado caballo de Natalie, Oumie, las dos mujeres se van por el desierto cual Thelma y Louise sudafricanas. Llegado el momento, la vida de las dos muchachas se cruzará con la correosa capitana Beauty, que va tras ellas por sus propias razones, no exactamente profesionales.

La única de las tres que es blanca y afrikáner es Poppie, pero la muchacha, embarazada de un chofer trailero y mujeriego, no parece tener demasiadas ventajas sobre la dura capitana Cuba o la frágil muchachita Natalie. Después de todo, las tres son mujeres en un país violento y machista. Al final de la película, enlazadas y resueltas las tres líneas narrativas que corresponden a cada mujer, el trío de protagonistas habrá tomado las riendas de su propio destino, sin necesidad de bules masculino para nadar o, en su defecto, con algún bule elegido, pero con plena conciencia. Beauty, Natalie y Poppie: las heroínas de Tulum 2019.