Una separación, de Asghar Farhadi | Letras Libres
artículo no publicado

Una separación, de Asghar Farhadi

Una pareja discute frente un juez de divorcios. Es ella quien inició el trámite: alega que tras año y medio papeleo para conseguir una visa, su marido se niega a salir junto con ella del país. Él, abatido, da sus razones: quiere quedarse a cuidar a su padre, un anciano con Alzheimer. La mujer quiere llevarse con ella a la hija de ambos, de once años; le explica al juez que preferiría que creciera “bajo otras circunstancias”. El padre no quiere firmar el permiso: está muy unido a su hija. En todo caso, no se opone a que su esposa se vaya. “Si no quieres quedarte –le dice– no puedo tenerte aquí por la fuerza.”

La escena tiene lugar en el Teherán del presente. Esto explica, aunque no se menciona, la urgencia de la mujer por evitarle a su hija un futuro en esas circunstancias. Pero, ante todo, muestra una relación de pareja que un espectador occidental –con nociones limitadas sobre la sociedad iraní– no ve con frecuencia representada en el cine. Una en la que es claro que el vínculo es amoroso y no de posesión (ella se refiere a él como un hombre “bueno y decente”) y en la que ambos miembros despiertan empatía: son sensatos, sensibles y, aunque sus deseos chocan, cada uno defiende un interés moralmente encomiable. Si este prólogo ya plantea dilemas endemoniados, piénsese que solo toma cinco minutos de la película. Lo que sigue es un desencadenamiento de giros y complicaciones nunca previstos por el espectador: situaciones en principio simples, que según la variable que rocen son intrascendentes o terminan por arruinar una o varias vidas. Lo más extraordinario en la historia de Nader y Simin, protagonistas de Una separación, no es la historia misma sino cómo el director Asghar Farhadi monta la puesta en escena para que el espectador descubra los vericuetos al lado de los personajes. Nada nuevo, dirían algunos. En Una separación, sin embargo, estar “al lado” no significa estar dentro de su cabeza. En el camino uno descubre que no son del todo confiables: puede ser que oculten algo o que digan verdades a medias. O que, como el espectador mismo, no recuerden exactamente qué hicieron o qué dijeron en un instante determinado, porque nunca se imaginaron que de eso dependería su vida.

Una separaciónha sido considerada por muchos la mejor película del 2011, y sigue recogiendo premios en lo que va de este año. Esto es, en buena parte, por recordarle al público que, en un relato, los silencios y la incertidumbre pueden ser más poderosos que una simple resolución. ¿Puede atribuirse tanto a una mera cuestión de estilo? En una declaración famosa, Jean-Luc Godard dijo que no le importaba si tenía que elegir entre estética y ética, porque sabía que al final del camino se encontraría con la opción que desechó. Si se piensa que el cine iraní, más que cualquier tradición nacional de cine, refleja en su puesta en escena las tensiones de su sociedad, el punto de vista vulnerable de Una separación es también una declaración política por parte de su director. No es que este sea su objetivo o su prioridad, pero sí es un trasfondo honesto para la historia que quiere contar. Una forma de mostrar un contexto conflictivo, pero sin ser condescendiente o juzgar.

A pesar de la Revolución islámica del 79 –o más bien, espoleados por ella–, una proporción grande de realizadores iraníes se dieron a la tarea de hacer un cine que, desde dentro, cuestionara las restricciones del régimen. Para no tener que expatriarse ni correr el riesgo de ir a la cárcel (como, hace poco, fue el caso del director Jafar Panahi) estos cineastas han perfeccionado un lenguaje cinematográfico filoso y sofisticado. Su cine ha logrado resonancia alrededor del mundo, menos por solidaridad ideológica que por sus virtudes intrínsecas. El director Werner Herzog, alguien para quien el cine es un fin en sí mismo, menciona a la cinematografía iraní como una de las “más artísticas” de todos los tiempos.

Pero Una separación no tiene el tono contemplativo y minimalista de, digamos, el cine de Abbas Kiarostami –el director iraní más conocido en el mundo–. La anécdota se desarrolla en medio del ajetreo urbano de Teherán, y las conversaciones entre personajes no son breves ni contenidas. Y, sin embargo, el desencuentro entre Nader y Simin se complica exponencialmente cuando un tercer personaje introduce en la historia silencios que ocultan hechos, ausencias que no quiere explicar y malas decisiones tomadas a la sombra del miedo. Se trata de Razieh, la cuidadora que contrata Nader para ocuparse de su padre cuando Simin, molesta, regresa a vivir con sus padres. Un día Nader vuelve del trabajo y encuentra que Razieh dejó a su padre solo y atado al poste de su cama. Naturalmente se enoja y, cuando Razieh vuelve, la hace salir de su casa.

No puede decirse más sin revelar aquello que Farhadi, el director, quiere que el espectador note en el instante en que ocurre. O, incluso, que no lo note y, como el resto de los personajes, tenga problemas para asegurarlo (en el caso de ellos, en una corte sharía, lugar al que los lleva la complicación del asunto). No es un jueguito de estilo, sino la forma de hacer respirar el aire enrarecido que se cuela hasta en los espacios más íntimos de la vida en Irán. La elusividad de Razieh no es un rasgo de temperamento ni tiene una intención perversa: es un escudo contra la muy posible reprimenda por parte de su marido, su sacerdote y su comunidad. Un miedo inoculado pone límites a su libertad, y ocasiona que al final incluso los hombres estén al borde del encarcelamiento.

Si bien la vocación crítica bajo un régimen represivo ha convertido a los directores iraníes en amos de la metáfora, también es cierto que esto se ha convertido en un cine “de festival”. Otra de las razones por las que Una separación es notable es porque rompe con esta tendencia. Su tono coloquial y prosaico (al contrario de poético) ha conseguido lo que pocas películas: arrasar lo mismo en festivales y en premios otorgados por asociaciones de críticos (su foro y público naturales), como en foros menos selectivos (o, si se quiere, “comunes”). Va un ejemplo relámpago de la diversidad de criterios que logró unificar: si en los Oscar Una separación fue elegida como mejor película extranjera por el mismo panel que premió a El artista, en la encuesta de críticos de la revista Sight & Sound resultó la más votada después de El árbol de la vida. Una separación le pisó los talones a, en el primer caso, la película quintaesencial de Hollywood y, en el segundo, a la que representa todo lo antiHollywood y antientretenimiento.

Se dice que un relato tiene gancho universal si se apega a la estructura del mito: confrontación entre el Bien y el Mal, personajes que encarnan la lucha, resolución a favor del héroe y la certeza de que nuestra empatía siempre estuvo del lado correcto (un principio que se cumple, de manera u otra, lo mismo en El artista que en El árbol de la vida). Pero en el caso de Una separación, con todo y que está situada en un tiempo y lugar en los que estos componentes se presentarían en bandeja, Farhadi hace todo lo posible por volverlos difusos. Ni el hombre y la mujer iraníes son por default el verdugo y la víctima –ya no se digan Nader y Simin– ni hay resolución del conflicto y, mucho menos, un personaje al que llamar héroe. Lo más desconcertante de todo: no es posible, como en otros casos, asumir que el “lado correcto” es, por supuesto, Occidente.

Que, a pesar de tanto obstáculo, Una separación cale en la sensibilidad colectiva puede atribuirse a que el director sitúa estas confrontaciones en la conciencia de los personajes. Todos actúan desde sus convicciones y en defensa de motivos nobles. Si algo los atormenta es el daño que sus acciones pueden causar a otros, convirtiéndolos en traidores involuntarios de sus propios principios.

Personajes cuyas vidas se rigen por una legislación que comete atrocidades son, por otro lado, cercanísimos al espectador en sus deseos y necesidades diarias. Una separación no subraya las diferencias entre individuos de una u otra cultura, aun en su interacción social. Si acaso, las reduce al mínimo. Un espectador queda más afectado por revelaciones como esta que por historias maniqueas que, una y otra vez, lo empapan de superioridad moral. ~