Una historia negra esperando a ser descubierta | Letras Libres
artículo no publicado

Una historia negra esperando a ser descubierta

En su opera prima documental, Andrés García Franco hace un recorrido por su historia familiar, que corre paralela a la del cine mexicano.

Estrenada casi clandestinamente –o, si se quiere, sin pasar por el duopolio Cinépolis/Cinemex– a fines del año pasado gracias a la Comunidad de Exhibición Cinematográfica, La historia negra del cine mexicano (México, 2017), opera prima documental de Andrés García Franco, está disponible para su revisión durante todo el mes de mayo gracias a la generosidad del propio cineasta debutante, en esta liga.

Se trata de una suerte de fascinante travelogue fílmico-histórico en el que García Franco se embarca en tres niveles complementarios: la historia del cine mexicano, la historia de un cineasta en particular y la historia de los orígenes de su propia familia a lo largo de cuatro o cinco generaciones. Echando mano de todos los recursos cinematográficos que tuvo a su disposición –fotos de archivo, películas caseras, innumerables fragmentos de cintas nacionales y extranjeras, recortes periodísticos, segmentos animados, ingeniosas recreaciones silentes, varias entrevistas con irrebatibles cabezas parlantes (Jorge Ayala Blanco, Eduardo de la Vega Alfaro) y extrañadísimas voces lúcidas (la de Gustavo García, nada menos)–, García Franco nos lleva de la mano por la historia de nuestro cine, desde sus tambaleantes inicios silentes hasta los posibles caminos del inminente futuro en los medios de comunicación (con aparición infaltable de Naief Yehya), pasando por los grandes momentos industriales y creativos de la Época de Oro y la decadencia que ya se asomaba en los años 50.

El hilo conductor de este viaje del héroe (cinematográfico) es la vida y obra del michoacano Miguel Contreras Torres (1899-1981), uno de los auténticos pioneros del cine nacional, quien inició su carrera fílmica en plena Revolución como hombre orquesta del corto institucional del gobierno obregonista, para luego convertirse en actor, productor y director de varias decenas de filmes silentes durante los años 20 y, con la llegada del cine sonoro, dar los primeros pasos de un cine épico, histórico y, ni modo, muy solemne (Juárez y Maximiliano, de 1934, Simón Bolívar, de 1942, El padre Morelos, de 1943). Al mismo tiempo, en contraste, le daba la primera oportunidad de lucimiento a cierto cómico carpero llamado Cantinflas (No te engañes corazón, 1937) y la oportunidad de protagonizar su mejor filme a otro cómico carpero llamado Manuel Medel (La vida inútil de Pito Pérez, 1944).

El tío Miguel, como lo llama García Franco desde el inicio –pues resulta que el cineasta pionero es su tío bisabuelo, muerto el mismo año que el director debutante nació–, aparece aquí como una figura que podría resultar polarizante en el terreno estético –“el Griffith que nos merecemos”, dice Ayala Blanco; “pésimo cineasta”, dictamina Carlos Monsiváis–, pero que también es una de las piezas fundamentales para entender cómo se dieron los primeros pasos en la industria fílmica hispanoparlante más exitosa de los años 40 cuando, como recuerda Gustavo García en alguna entrevista, las películas nacionales se pagaban solas no solo antes de estrenarse sino, incluso, antes de hacerse. La historia de Contreras Torres es la historia de la familia materna michoacana de donde proviene García Franco, de sí mismo como estudiante de cine y, finalmente, como orgulloso reproductor de su propia estirpe, pues hacia el final vemos el paso natural de la vida –la muerte de la abuela casi al mismo tiempo que el nacimiento del primer hijo del director–, no como un lamento sino como una afirmación, como una apuesta.

Estructurada a lo largo de siete episodios, más el prólogo y un epílogo, La historia negra del cine mexicano toma su nombre del libro homónimo escrito por Contreras Torres en 1960 sin “amargura”, “rencor” ni “despecho”, en el que el cineasta, ya de salida de la industria que él mismo ayudó a fundar, hace la crónica pormenorizada del principio del fin del cine mexicano industrial, cuando el empresario estadounidense William Jenkins (1878-1963) –al lado de sus dos socios mexicanos, Manuel Espinosa Iglesias y Javier Alarcón– se convierte en dueño del 80% de las salas de cine en nuestro país, bajo la sombra cómplice/protectora del avilacamachismo, el alemanismo y demás “ismos” sexenales. El libro –publicado en una edición de autor– es una extensa y apasionada filípica escrita en contra de los depredadores intereses extranjeros representados por Jenkins. Y, aunque el filme de su sobrino nieto funciona, en ciertos momentos, como una suerte de adaptación cinematográfica, la realidad es que la cinta es mucho más que eso.

Como señalé desde un inicio, tanto la vida y obra de Contreras Torres como su propia reflexión indignada en papel no son el objetivo final, sino apenas el punto de partida de García Franco para este notable sobrevuelo sobre el cine mexicano que sigue vivo y campante, tanto en esos atesorados fragmentos del cine de Contreras Torres como en el hecho de que este documental haya sido distribuido gratuitamente por el propio cineasta y en una plataforma digital. El cine es cine cuando encuentra a su público. La historia negra del cine mexicano está esperando ser descubierta. Y vaya que lo merece.