Tiger King es la parábola más precisa del mundo de Trump | Letras Libres
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Tiger King es la parábola más precisa del mundo de Trump

La serie documental de Netflix es un álbum de seres repugnantes, rapaces y perversos, obsesionados con proteger sus propios intereses. Tal vez esa falta de claroscuros está detrás de su éxito.

Desmenuzar el fenómeno que ha sido Tiger King, miniserie documental dirigida por Eric Goode y Rebecca Chaiklin, no es tan sencillo como explicar el éxito de Chernobyl, por poner un ejemplo. Escrita y dirigida con ingenio y arrojo, caleidoscopio de las víctimas y victimarios de aquel desastre nuclear, sin miedo a desviar su narrativa del conflicto central para enfocarse en dramas litorales e íntimos, Chernobyl parece el producto audiovisual emblemático del trumpismo: una parábola de la incompetencia y sus costos, aún más relevante ahora que cuando HBO la estrenó el año pasado. Dicho eso, lo cierto es que Chernobyl tenía villanos, pero también reconfortaba presentándonos a un trío de científicos y burócratas que daban la vida por comunicarle al público la verdad sobre la tragedia. La miniserie estaba repleta de pasajes oscuros, pero había luz al final del túnel. No dejaba de ser una ficción.

Tiger King no tiene esos remansos. En el documental hay víctimas y villanos, pero ni un solo héroe. Su narrativa aborda la pugna entre dos oscuros personajes: Carole Baskin, una mujer dedicada a rescatar tigres en cautiverio para después lucrar con ellos, acusada desde hace décadas de matar a su marido, y Joe Exotic, megalómano aspirante a la presidencia de Estados Unidos y después a la gubernatura de Oklahoma, dueño de un zoológico en el que los visitantes pueden acariciar cachorros de tigre, fanático de las armas, paranoico y drogadicto. A lo largo de sus siete inquietantes episodios, Tiger King ofrece escasos contrapesos: de vez en cuando se cuela una voz sensata, pero lo que mayormente vemos es la vorágine de violencia, dinero y psicosis que rodea a Joe Exotic: empleados que pierden extremidades en las fauces de un felino, chicos ingenuos a los que el Rey de los Tigres seduce con drogas, empresarios transas, matones a sueldo, animales en la miseria.

Tiger King presenta una suerte de estereotipo en esteroides del votante republicano actual, y eso quizás explique, en parte, su resonancia. Vaya, no es difícil ver el ambiente en el que se desarrolla e imaginar que cada uno de esos personajes votó por Trump. Pero dudo que ese sea su gancho principal. Una de las series, si no es que la serie más comentada durante la pandemia actual, es el retrato de un asesino en potencia, obsesionado con criar felinos para después venderlos al mejor postor. ¿Por qué?

Hay que decirlo: Tiger King es envolvente. Su mundito resulta increíble, pero es más que eso: la trama está minada con giros de tuerca inesperados, a veces trágicos, casi siempre indignantes. Es difícil dejar de verla, por más que su contenido nos produzca asco o que sus personajes, con su absurda parafernalia, nos agoten. Su peculiaridad es una virtud, en tanto que azuza el morbo: lo más probable es que muchos de nosotros jamás hayamos conocido a nadie similar a Joe Exotic; a su colega Doc Antle, quien utiliza a sus propios felinos para atraer chicas y crear un harén en Oklahoma; a la propia Baskin, cuya sonrisa siempre parece ocultar algún impulso siniestro, y a Jeff Lowe, el dizque empresario que se asocia con Joe y después forma parte de un complot para destruirlo. Aquí, a diferencia de Chernobyl, no hay balance alguno entre bondad y maldad. Tiger King es un álbum de seres repugnantes, rapaces y perversos, obsesionados con proteger sus propios intereses. Las únicas auténticas víctimas son los animales, a quienes los personajes utilizan sin pudor para ganar dinero y seducir al prójimo.

Tal vez es esa falta de claroscuros lo que está detrás del éxito de Tiger King. La miniserie es la antípoda de esos clips vilipendiados en los que una retahíla de celebridades nos cantan “Imagine” de John Lennon. Tiger King no retrata, vende o sugiere un mundo alentador, ni deja resquicio alguno para imaginarlo, como incluso Chernobyl hizo, aunque fuera a cuentagotas. Obsesionado con su imagen, sus negocios y sus patéticas vendettas, interesado en incursionar en la política solo para aumentar su popularidad y la de sus empresas, no es difícil hallar en Joe Exotic ecos de otro megalómano que hoy en día ocupa un importante cargo popular en Estados Unidos. Aunque quizás no lo parezca, Tiger King es la parábola más precisa del mundo de Trump.