Sundance y el apocalipsis | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Cortesía Sundance Institute

Sundance y el apocalipsis

La pandemia está presente en esta edición del reconocido festival de cine, tanto en su organización virtual como en las películas seleccionadas, en las cuales impuso temáticas, condiciones de filmación y temores apocalípticos.

Pandemia obliga, así que el Festival de Cine de Sundance que, como todos los años, se lleva a cabo a finales de enero en Park City, en las montañas de Utah, decidió abrir en este 2021 todas sus secciones –las competitivas y no competitivas, de ficción, documental y cortometrajes– a cualquier cinéfilo que, dentro del territorio de Estados Unidos, quisiera ver en línea las películas, con el pago de una entrada virtual de por medio. La crítica internacional también tuvo acceso irrestricto desde cualquier parte del mundo a todo el cine programado, y los negocios de compra/venta de filmes siguieron su curso natural. Pareciera entonces que, con todo y las condiciones en las que se encuentra la industria cinematográfica mundial, Sundance funcionó normalmente.

Sin embargo, como sucedió en Toronto 2020, la pandemia estuvo presente no solo en la organización virtual del festival sino en la programación misma, tanto de forma directa, en piezas como el documental In the same breath (2021), que entrega una crónica muy crítica del manejo de la pandemia en China, como indirecta, en varias películas de ficción que se realizaron durante el año pasado, cuando la covid-19 ya avanzaba en todo el planeta. Se trata, para efectos prácticos, de la primera entrega importante de cintas inspiradas por la pandemia o, en su defecto, realizadas durante ella.

Esto último es la única gracia de How it ends (EU, 2020), una blandísima comedia indie dirigida a cuatro manos por Zoe Lister-Jones y Daryl Wein. Un meteorito está a punto de acabar con la vida en el planeta y la protagonista, la solitaria treintañera Liza (la codirectora Lister-Jones) acompañada de su alter ego juvenil (Cailee Spaeny), que puede ser vista por todo mundo, dedica el último día de su vida a visitar a todas las personas con las que se encuentra distanciada: sus padres, exparejas y su antigua mejor amiga. La cinta fue realizada en el verano del año pasado, bajo estrictos protocolos sanitarios, por lo que los personajes nunca están fisicamente cerca, no se abrazan ni besan, aun cuando el fin del mundo es esa misma noche. En la presentación virtual de la cinta, Lister-Jones y Wein afirmaron que su película podía funcionar como un testimonio del tipo de cine que se hizo en medio de la pandemia. Y, en efecto, acaso como documento histórico podría tener algo de importancia, porque cinematográficamente hablando la historia no se desarrolla bien, está realizada apenas funcionalmente y el protocolo sanitario, que es muy obvio al ver la película, distrae al espectador –o al menos distrajo a este espectador.

También filmado durante el verano pasado, In the Earth (GB, 2020), el largometraje más reciente de Ben Wheatley, se realizó con todos los protocolos sanitarios habidos y por haber, con apenas media docena de actores y un equipo técnico reducido que trabajó, además, en locaciones al aire libre durante casi todo el rodaje. La historia misma hace alusión a una pandemia que ha provocado que todo el mundo se quede en su casa y ,aunque nunca se menciona a la covid-19, vemos cómo, al inicio de la cinta, nuestro protagonista, el biólogo Martin Lowery (Joel Fry) llega a un campamento científico en donde se lava las manos con gel, todo su cuerpo es desinfectado y hasta le hacen una prueba rápida con hisopo para descartar contagios.

De cualquiera manera, en In the Earth los peligros de la pandemia son los menos importantes. Lowery está en ese lugar, ubicado en algún sitio de la campiña británica, porque su antigua compañera, la doctora Lendle (Hayley Squires) ha desaparecido en la espesura del bosque y hace tiempo que no se sabe nada de ella. Lowery, acompañado de una asistente, va en busca de Lendle, quien tiene años investigando las maneras en las que los árboles, plantas y hongos se comunican entre sí. Como ha sucedido en su mejor cine –especialmente en Kill list (2011), su obra mayor–, Wheatley logra crear un ambiente genuinamente ominoso con recursos mínimos –cuatro actores, la perturbadora música sintética de Clint Mansell y la fotografía expresionista de Nick Gillespie–, al tiempo que demuestra un vigor admirable para el horror gore más desatado.

En cuanto Lowery y su asistente Alma (Ellora Torchia) entran al bosque, uno se olvida de la pandemia: hay peligros más grandes que acechan en la oscuridad de la noche, entre los árboles y los arbustos, en la extraña energía que parece provenir de una piedra que puede ser el portal ocultista/animista a través del cual podemos comunicarnos con la naturaleza, si es que esta quiere comunicarse con nosotros y no destruirnos.

El apocalipsis adquiere otra dimensión, casi melancólica, en el extraordinario filme brasileño A nuvem rosa (Brasil, 2021) que, contra lo que uno podría suponer, fue escrito en 2017 y realizado en 2019, antes de la pandemia. Lo notable de esta ópera prima de la cineasta Iuli Gerbase, es que se trata, con mucho, de la mejor película que he visto sobre la pandemia, aunque haya sido concebida antes de su aparición. Pero no hay nada de extraño en eso: la imaginación suele ser más poderosa que la realidad.

Giovana y Yago (Renata de Lelis y Eduardo Mendonça) son dos jóvenes que, como sabremos después, acaban de conocerse. Se encuentran en la amplia casa de la madre de ella cuando se enteran, por los noticieros y las redes sociales, que una nube rosa cubre todo el planeta. Sin mayor explicación científica, en el mejor estilo de los más terribles escenarios apocalípticos, se sabe que la nube rosa del título causa la muerte de cualquier ser humano que se exponga a la intemperie durante diez segundos.

De improviso, el mundo entero ha cambiado: nadie puede salir a la calle, el gobierno envía alimentos a través de drones, todos los niños y jóvenes estudian por Zoom y la gente que trabaja lo tiene que hacer desde su hogar. Así, Giovana y Yago, que solo se conocían de la noche anterior, se ven obligados a convivir mientras la susodicha nube desaparece. El problema es que pasan meses, luego un año, luego más tiempo y los dos jóvenes, que iniciaron su relación como amantes de ocasión, continuaron como compañeros y siguieron como buenos amigos, ahora se han convertido en marido y mujer, hijito incluido, pese a que ella en un principio no quería formar una familia.

La relación entre la inconformista Giovana y el siempre razonable Yago pasa por los estadios previsibles de cualquier pareja (dis)funcional. Cuando finalmente tienen a su hijo –que Giovana se ve obligada a parir con la ginecóloga dándole instrucciones vía Zoom– pareciera que todo ha terminado de asentarse: la nube rosa llegó para quedarse y las nuevas generaciones se han acostumbrado a vivir dentro de las cuatro paredes en donde quedaron atrapados sus padres. A medida que avanza el filme, la historia escrita por Gerbasi va mostrándose más inquietante: por un lado, se muestran los estragos más terribles del confinamiento, por el otro, la infinita capacidad de adaptación del ser humano. Giovana y Yago se encuentran en medio de esos dos extremos, entre dos maneras de ver la vida y de vivirla. Y, a final de cuentas, entre dos maneras de morir, en una lucha por la sobrevivencia que dura hasta el último instante.