Sumarios de crímenes | Letras Libres
artículo no publicado

Sumarios de crímenes

En dos cintas recientes, el cineasta Joe Berlinger retrata, desde el documental y desde la ficción, al asesino en serie Ted Bundy.

La escena debió haber ocurrido a inicios de los años 90, porque las revistas que tengo todavía conservan las etiquetas del precio en viejos pesos: 6,900.00, nada menos. En el desayuno familiar, mi mamá aventó a la mesa uno de los ejemplares de Sumario del Crimen, la revista española editada en 1990 y que en 1991 o 1992 se vendió como pan caliente en todo México. Cada fascículo tenía 32 páginas y estaba centrado en algún criminal célebre, generalmente algún asesino serial. Yo compraba cada revista semanalmente –la colección está formada por cien–, la leía y luego se la pasaba a mi mamá, quien la devoraba de inmediato.

Pero sucede que la noche anterior al susodicho desayuno, mi señora madre había leído alguno de los ejemplares –no recuerdo cuál, la verdad sea dicha– y se había despertado súbitamente en la madrugada,  con pesadillas. “Desperté y vi una mujer enorme que me caía encima. ¡Es tu culpa, Ernesto! ¿Para qué compras esas cochinadas? ¡Las leo y no puedo pegar los ojos después! ¡He tenido varias pesadillas últimamente”. Antes de que yo contestara algo para tratar de defenderme, mi hermano mayor levantó la vista: “Bueno, mamá, yo no sé por qué tu hijo compra esas revistas, allá él. Pero tú, ¿para qué las lees?”. Mi mamá parpadeó, calló un par de segundos y luego dijo, tranquilamente: “Bueno, es que sí es interesante leer de todos esos asesinos y enfermos, la verdad”. Mi hermano volteó los ojos al cielo.

Mi mamá no está sola. Si uno busca en la página web de la Internet Movie Database (IMDB), el género del “crimen” es el que tiene más títulos enlistados (nada menos que 271,935 cintas y series de televisión), muy por encima de géneros aparentemente más populares como el drama (163,100), el cine de acción (51,783) o, incluso, la comedia, de la que solo hay 36,711 títulos identificados. Por supuesto, no todos los 271,935 filmes o programas televisivos etiquetados por la IMDB tratan de asesinos seriales, pero es un hecho que la fórmula ha resultado lo suficientemente atractiva y redituable como para que,  por ejemplo –otra vez según la IMDB–, haya 117 títulos relacionados directa o indirectamente con el primer serial-killer de la historia, Jack el destripador.

Hay algo culposamente fascinante –y, lo acepto, también bastante perturbador– en querer adentrarse en las vidas de estos auténticos monstruos, sean ficticios, como Hannibal Lecter –creado por Thomas Harris y encarnado por Anthony Hopkins, Mads Mikkelsen, Gaspar Ulliel y Brian Cox en distintos filmes de muy variada calidad y en alguna serie televisiva– o reales, como Ted Bundy (1946-1989), uno de los más perversos asesinos seriales del que se tenga memoria y que mereció –es un decir– no solo el inevitable ejemplar de Sumario del Crimen –el número 9, titulado “Los asesinatos de estudiantes”– sino, muy recientemente, sendas versiones de su vida y de sus atroces actos: el largometraje de ficción Ted Bundy, durmiendo con el asesino (E.U., 2019) y Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy (E.U., 2019), un documental televisivo de cuatro episodios, ambos dirigidos por Joe Berlinger y distribuidos por Netflix.

Berlinger es mucho mejor documentalista que cineasta de ficción. En su trilogía Paradise lost (Paradise lost: The child murders at Robin Hood Hills (EU, 1996), Paradise Lost 2: Revelations  (EU, 2000) y Paradise Lost: Purgatory (EU, 2011), por la que recibió cinco nominaciones al Emmy (resultando ganador en una de ellas) y el Oscar a mejor largometraje documental en 2012, Berlinger no solo realizó un puntilloso recuento del terrible asesinato de tres niños, cometido, supuestamente, por tres adolescentes de la comunidad de West Memphis, en Arkansas; además, siguió el juicio de los muchachos y, en la última parte, su virtual –que no legal– exoneración, pues aunque los tres acusados fueron liberados después de pasar 20 años en prisión –liberación que se logró, en parte, porque los documentales hicieron visibles las múltiples inconsistencias del caso–, lo cierto es que, para la ley, los tres muchachos siguen siendo culpables, aunque sea obvio –hasta para el mismo juez al que ven los acusados al final– que los tres son inocentes y que el culpable de la mutilación y el asesinato de los niños sigue libre.

Este mismo cuidado en el detalle domina en Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy que, como el largo título en español indica, tiene como hilo narrativo grabaciones de largas pláticas que el periodista Stephen Michaud tuvo con el asesino cuando este, sentenciado a muerte, esperaba la ejecución mediante la silla eléctrica. Aunque la realización de la serie documental televisiva es, estilísticamente hablando, muy convencional –no faltan las cabezas parlantes, los fragmentos televisivos de la época, las fotos de las víctimas de Bundy, los testimonios recientes o lejanos, los mapas que muestran de qué manera Bundy se movió entre varios estados de la unión americana para asesinar más de treinta mujeres–, Berlinger tiene un irrebatible as bajo la manga: la propia voz de Bundy que, aunque nunca acepta su culpabilidad, sí empieza a “especular” sobre las razones que tuvo el “verdadero” asesino –o sea, él– para hacer todo lo que hizo.

Cuando Bundy habla con Michaud, muy tranquilamente, de ese “anónimo” asesino serial y se refiere a él en tercera persona, lo más perturbador no es que el criminal niegue su evidente culpabilidad, sino escuchar la torcida necesidad que tiene de hablar de lo que hizo, de explicar sus motivaciones, de articular –sin arrepentimiento alguno– ese oscuro y compulsivo impulso por la violencia y la destrucción.

Este asomarse al infierno acompañado por la voz del demonio mismo no se compara, ni de lejos, con la discreta biopic dirigida por el propio Berlinger, la mencionada Ted Bundy, durmiendo con el asesino, que se estrenó en México hace unas semanas.

Aunque tanto el filme de ficción como la serie documental cubren más o menos el mismo terreno, es evidente que Berlinger se siente más seguro tratando con los hechos que recreándolos. Es ahí, con la voz de Bundy como telón de fondo, confrontando datos, cruzando información, entrevistando especialistas, donde Berlinger se mueve como pez en las oscuras aguas del crimen y del horror. Y lo mejor –o lo peor– es que, como diría mi señora madre, no podemos dejar de leer, o más bien, despegar los ojos de la pantalla. Aunque luego no peguemos los ojos en la noche.