Siempre tendremos Lake Tahoe | Letras Libres
artículo no publicado

Siempre tendremos Lake Tahoe

Hace apenas cuatro años una película mexicana sobre adolescentes que perdían el tiempo en un departamento de la Unidad Tlatelolco recolectó más de veinte premios dentro y fuera del país. Temporada de patos llegó a conocerse como una película “sobre nada”. Era, más que eso, una polaroid generacional.

A diferencia de tantos otros defensores del anticlímax, su director, Fernando Eimbcke, había recurrido a un estilo de dirección minimal (gestos mínimos, tiempos muertos, a la manera de su admirado Jim Jarmusch) no para contagiar el tedio de sus personajes sino para revelar que bajo su apatía hervía un caldo de hormonas, temores y desencantos precoces. Esa revelación se desprendía de lo nunca dicho, de lo no evidenciado, de aquello que los personajes no sabían o podían expresar. Desde aquella, su primera película, y ahora, en la recién estrenada Lake Tahoe, Eimbcke demuestra ser de los pocos directores mexicanos capaces de dar sentido al silencio y a la inacción.

La anécdota de sus dos películas transcurre en, más o menos, un día. Sus personajes, sin embargo, rara vez lo experimentan así. Con un pie puesto en el recuerdo y otro en la expectativa, el tiempo corre distinto para cada uno de ellos. De ahí que la ausencia de drama pase a un segundo término o bien apunte hacia el tema más filosófico que parece interesar al director: la diferencia entre los hechos y la percepción que se tiene de ellos. Al estar inevitablemente limitados por la segunda, resulta absurdo pensar en la noción de una vivencia objetiva, ya no se diga igual a la de los demás. Y así como cada nueva experiencia moldea nuestro temperamento, todas las anteriores iluminan o ensombrecen lo que todos los días definimos como realidad.

Si Temporada de patos tenía a sus personajes sobre la cuerda floja que va de la niñez a la adolescencia, el protagonista de Lake Tahoe, Juan (Diego Cataño), se resiste con todas sus fuerzas a cruzar el umbral de la adultez. Y no le falta razón. Tiene sólo dieciséis años y acaba de morir su padre. Con la madre hundida, al parecer, en una depresión y un hermanito naturalmente incapaz de dimensionar la pérdida, Juan ha decidido “congelar” el dolor.

De entre todas las definiciones de duelo, Eimbcke eligió la que menos se prestaría a un tratamiento cinematográfico común. En Lake Tahoe hay muy pocas lágrimas; ya no se diga rituales. Lo que hay es la sensación que tiene el protagonista de que el mundo podrá ser el mismo, pero todo lo que ocurre en él ha perdido su valor.

El público es el que primero percibe esa fractura de la realidad. Los planos fijos y abiertos de una ciudad calurosa son de pronto atravesados por una figurita pequeña, ensimismada y ajena. Hay algo que no encaja bien. Pronto se entera de que el personaje ha estrellado su coche. Verá cómo, en su búsqueda de un taller mecánico, el personaje de nombre Juan entrará en contacto con un viejo y su casi humana perra bóxer; una madre adolescente con aspiraciones de roquera; y un muchacho entregado en cuerpo y alma al kung-fu. Un muestrario completo de pasiones, obsesiones y vínculos.

Ninguna de estas personas interesa o intimida a Juan; a ninguno le intriga su vitalidad de piedra. Durante una primera media hora somos testigos de este choque de ánimos; disfrutamos del absurdo pero no lo desciframos bien. Un poco más adelante sabremos de la tragedia en la vida del protagonista: su segunda ronda de encuentros, igual de raros pero más cercanos, cobrará un sentido distinto. Cuando, por fin, Juan dice en voz alta qué es aquello que ha alterado su vida, el sonido de sus propias palabras lo despierta del letargo. Con las heridas al aire, encontrará que las pequeñas alegrías y dolores ajenos han dejado de ser un enigma. Una vez adquirida la conciencia de lo irreversible, encuentra en las emociones de otros las claves para ajustar su reloj.

Las calles de Puerto Progreso, el calor y la humedad tangibles, y los sonidos inconfundibles de una ciudad costeña se oponen a los lugares comunes sobre la muerte y la depresión. La brillante (en todos sentidos) fotografía de Alexis Zabé insiste en el contrapunto: tanto los colores vivos como las líneas definidas y limpias que componen los planos también parecen hostiles a la confusión e inestabilidad de Juan. Así, el punto queda más claro: quizá lo intolerable del duelo son las disonancias entre paisaje exterior e interior.

¿Y en dónde quedó el lago Tahoe? Igual que los patos en vuelo de aquella primera película, este puede mirarse desde una ventanita que ofrece a los personajes el consuelo de una dimensión más. Ni tan triste como los recuerdos ni tan voluble como la realidad. ~