¿Será que somos esnobs? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Será que somos esnobs?

Hasta hace muy pocos años, un cierto director mexicano con 36 largometrajes a cuestas llegaba a las oficinas de Imcine y pedía apoyo para filmar un guión. “Vete”, le respondía, arrogante, Imcine. “Aquí sólo financiamos proyectos de calidad.” Arguyendo necedades del tipo (“Aquí sólo premiamos películas de calidad”), la no menos soberbia Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas se había negado a reconocer su obra en la forma de un Ariel. Nada para El sexo me da risa; nada para El vampiro teporocho, nada para Picardía Mexicana, la uno, la dos y la tres. Nada para las veinte películas protagonizadas por el Potro Mayor. En la historia oficial del cine mexicano, ni premios ni oportunidades para Rafael Villaseñor Kuri. ¿Un complot contra el cine alegre? ¿Desplantes de un grupo de dizque guardianes de la calidad?

Villaseñor Kuri se hizo las mismas preguntas –por qué el desaire, por qué el prejuicio–, y se las tomó en serio. El tema de los Arieles parecía quedarle claro: la Academia –ha dicho– simplemente no toma en cuenta películas taquilleras. Las suyas son taquilleras, por lo tanto no aspiran a premios. Hay quien podría cuestionarle si no será que más bien son malas, y que, aunque no ganaran un peso, tampoco serían nominadas. A esas personas Villaseñor les contestaría que el gusto es propiedad del público y no de la maldita Academia. Puede que tenga razón, pero entonces algo ya no encaja: ¿para qué refugiarse en teorías conspiratorias, si al final considera que los premios no tienen valor? Pero eso compete a la lógica. Y la idea, justamente, era huir de la pretensión.

Quedaba enterrada una espina: la negativa de Imcine de financiarle un guión. “Lo que molesta –declaró Villaseñor (Perla Ciuk, coord., Diccionario de directores del cine mexicano, México, Conaculta, 2000, 739 pp.)– es que tú llegues y te pares con un libreto en las oficinas que producen el cine oficial, y que por el simple hecho de haber dirigido veinte películas de Vicente Fernández, que ni siquiera han visto, te descalifiquen.” En algo tenía razón, y su queja podría extenderse a los espectadores que se negaran a ver la película que surgiera de una nueva intención. A diferencia de los dadores de Arieles, incondicionales de los Ripsteins y Fons, el comité de selección de proyectos de Imcine no debería juzgar un guión por su dudoso pasado, sino evaluar cada nueva propuesta y depositarle toda su fe. El punto era mucho más legítimo; la insistencia de Villaseñor redituó.

O bien alguien en las oficinas de Imcine se cansó de ver llegar al hombre del libreto (sic) bajo el brazo, o bien su nuevo proyecto convenció por méritos propios al comité de Fidecine, uno de los fondos de apoyo creados en 2001 por aquel organismo estatal. En el año 2003, el guión Bienvenido-Paisano, de Rafael Villaseñor Kuri, fue aprobado para su realización.

“Más lágrimas se derraman por las plegarias atendidas que por las que se quedan sin responder.” La palabras de Santa Teresa de Ávila que usó Truman Capote como epígrafe de su último libro pueden ahora servir de epitafio para la carrera de Villaseñor Kuri, quien acaba de estrenar la película que suponía su reivindicación. Podría formularse también como “Ten cuidado con lo que deseas porque se te puede cumplir”, pero esta versión refranera dejaría fuera las condiciones providenciales –casi benditas– que rodearon el estreno reciente de Bienvenido-Paisano, película que suponía su regreso al cine, con todo y su comparsa Rafael Inclán. Por un lado, la adquisición de la película por parte de Artecinema, distribuidora que apuesta por el cine mexicano y extranjero de calidad (¡por fin alguien se daba cuenta!) Por otro, la coyuntura increíble: por los días del estreno, periódicos, televisión y radio debatieron el tema de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos a propósito de las iniciativas de ley en el Congreso estadounidense. Si bien Bienvenido-Paisano no pretendía denunciar las condiciones de vida del ilegal mexicano en Estados Unidos ni su importancia en el sostén de la economía de ese país (eso lo hizo Un día sin mexicanos, de Sergio Arau), su premisa era una vuelta de tuerca al alegato de que en Estados Unidos un mexicano siempre vivirá muy mal.

Una familia de inmigrantes legales –una pareja nacionalizada, dos hijos nacidos allá– viaja desde Estados Unidos hasta la ciudad de Jerez, Zacatecas. Apenas pisa territorio nacional, la familia descubre la inoperatividad y corrupción del Programa “Bienvenido Paisano”, creado para proteger a los inmigrantes que regresan a México, así como el racismo del mexicano hacia el chicano, y el infierno de ilegalidad de este lado de la frontera.

Plegarias atendidas y lágrimas derramadas. Si Capote concluyó su opus magnum a cambio de su degradación moral (las lágrimas las ahogó en alcohol), Villaseñor Kuri contó con el apoyo de Imcine, de una distribuidora de arte y de una campaña de publicidad gratuita a nivel nacional apenas superada por las que convoca la Iglesia, sólo para revelar la triste y sospechada verdad: que su cine ya no pasa siquiera la prueba de la sensibilidad kitsch.

Sin los cantos de Vicente Fernández ni las bellas de la sexycomedia, Bienvenido-Paisano se queda en un limbo entre la agudeza y la procacidad. Es lenta, aburrida e ingenua. Un remedo “región 4” de las películas de vacaciones de Chevy Chase, lo peor de Bienvenido-Paisano no es que se pretenda cómica (“No se dice cucarachos sino cucarachas”), ni que esté confundida en sus zarpazos políticos (zapatistas, el Che y los torturados de Abu Ghraib, pásenle todos a mi película sobre migración), ni siquiera que un chiste recurrente dependa de un frasco de Pepto Bismol. Tampoco que María Sorté haga caras de María Sorté (los muchos dientes blancos, la párpados a medio abrir), ni que el resto de los actores despliegue técnicas de cine mudo o de cásting de publicidad (cara de mucha tristeza cuando dicen que están muy tristes, cara de mucha rabia cuando dicen que sienten rabia, cara de felicidad cuando algo los hace felices; Inclán, en comparación, es el rey de la actuación minimal). Más que su humor tontito, denuncia política esquizoide y personajes que consiguen poner nuestras simpatías del lado de la Border Patrol, lo peor de Bienvenido-Paisano es el retraso de su narrativa visual. El tufo a la era del churro, que habla de flojera pura a la hora de filmar.

¿Para qué filmar varios planos si se puede filmar uno solo? Los cuatro miembros de la familia discuten, pero el cuadro los muestra alineados, uno junto a otro, de frente a cámara. Hombro con hombro, silla con silla, apenas confrontando miradas, como si ésta fuera la historia de una escolta familiar. Por no hablar de los close ups cerrados, arriesgados hasta para Bergman, ya no se diga si se cuenta con actores de tan contenida gestualidad. Y, al final, pero no en último lugar, la secuencia que delata la raigambre de su director: en una cantina aparece un mariachi y la familia pide una canción. El mariachi canta, las trompetas suenan. Es el turno del acordeón. Un detalle muestra una manita en pleno dominio del instrumento. Es la toma videoclip ranchero engendro del cine ranchero, ese que Villaseñor clamaba haber dejado atrás.

Henos todos de regreso a una película del canal 5, pero habiendo pagado boleto y concedido el beneficio de la duda a un director que emerge de la era más oscura del cine nacional. Uno querría abandonar la sala, pero se da cuenta de que la pena ajena es más fuerte que la indignación. ¿Será que somos esnobs? Nada contra Vicente Fernández ni los chistes de Pepto Bismol. Mucho contra la malhechura que reclama legitimación. ~